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There’s a part of me that’s always true… always

Por Anna Montes Espejo

Let’s get lost (Bruce Weber, 1988) nos ofrece la oportunidad de adentrarnos en  las rendijas del último año de vida de Chet Baker, hecho que no conocía el equipo en el momento de grabación del documental. Considerémonos afortunados.

Weber utiliza una fotografía oscura, de pocos matices, el negro encharca la pantalla continuamente, y las caras se abordan sin tapujos, de hecho, en muchos momentos recuerda a un Bob Fosse en estado de gracia, los cantantes, los músicos, los bailarines, el ritmo… Pero ¿de qué otro modo podría abordarse la figura de Chet Baker?

Montones de hijos quejándose de su padre, exmujeres difamando a Baker y colgando al resto de las esposas la culpa de la desgracia del músico, una madre que es incapaz de admitir en qué se convirtió su pequeño niño, admiradores fatuos que idolatran a la leyenda sin ver la persona… Y solamente un hombre, Chesney Henry Baker. El “James Dean del jazz”, el hombre que lo tuvo todo: talento, belleza y éxito, pero que se malbarató por culpa de la droga, por su propia culpa, aspecto que queda bastante suavizado y disimulado en el documental. Sin embargo, la tristeza que planea sobre él y la demacración de Chet son extremadamente reveladoras, el mito no cae, pero se puede ver tras la bruma, qué importa ya cómo perdió los dientes…

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En esa fascinación de Weber, acompañaremos al músico en el estudio de grabación y a un concierto en el Festival de Cannes de ese año. De los prometedores inicios a la condena del anonimato, al público feliz en el lodazal de su ignorancia que ni se molesta en escucharle. Ya nadie recuerda sus películas o ¿quién sino estaba detrás del protagonista de All the fine young cannibals (Michael Anderson, 1960)? Ya ni se molestan en diferenciarlo de Miles Davis.

El desencanto desborda Let’s get lost, pero puede que esa sea la principal característica de la música de Chet. Melodías de una elegancia exquisita que se ajustaban a representar un estilo de vida más propio de la Rat Pack que del estadounidense medio. Riqueza, lujo, extravagancias, pero viviendo en la desilusión, en la suspicacia, en la media sonrisa maliciosa y la mirada perspicaz.

Fue precioso conocerte, Chet.

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