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The french connection, un sombrío relato policíaco

Por Íñigo Bolao

Esta película, realizada en 1971, se hizo con muy poco presupuesto, en el Nueva York más sucio y podrido de principios de los años 70. Su director, William Friedkin (29-8-1935), la rodó de modo semi-documental, utilizando casi las mismas técnicas con las que realizaría El exorcista (1973) dos años después. La protagonizaron unos hasta entonces desconocidos Gene Hackman y Roy Scheider (más conocido por su papel de sheriff en Tiburón (1975) de Steven Spielberg). Ostenta el título de mostrar la que probablemente sea la mejor persecución de la historia del cine. Ganó cinco premios Oscar en 1972… y, aunque no lo parezca, fue una cinta muy influyente.

El film en cuestión es The French Connection: contra el imperio de la droga. Éste está basado en una novela de Robin Moore, y a su vez, en la operación llevada a cabo en 1961 por dos detectives del Departamento Federal de Narcóticos del NYPD, Eddie Egan y Sonny Grosso, que supuso la detención de capos y traficantes encargados del tráfico de heroína en la costa este. Aquello supuso el comienzo de una serie de investigaciones policiales realizadas entre los años sesenta y setenta que destejieron toda una red de narcotráfico conocida como “la Conexión Francesa”, y que Ridley Scott mostraría también en American Gangster (2007).

En la película, los personajes principales son ficticios, pero están inspirados en personas reales. Hackman y Scheider interpretan a los duros “PopeyeDoyle y CloudyRusso (Egan y Grosso en la realidad, respectivamente), quienes se encargan de investigar dicho tráfico de heroína, así como de llevar a cabo redadas, detenciones por sorpresa y registros por cada lugar del Nueva York real, el que no se ve en las guías de viajes ni en los anuncios de la televisión, donde todo se decide a cara o cruz, incluso la vida.

Todo comienza con la puesta en marcha de un plan para infiltrar kilos de droga en el país de la mano de un elegante y ladino estibador y traficante marsellés, Alain Charnier, interpretado por Fernando Rey en su mejor papel, sirviéndose del rodaje de un programa de televisión como tapadera. Paso a paso, ambos detectives, a pesar de las dificultades, van consiguiendo su objetivo, hasta llegar la película a uno de los finales menos “hollywoodienses” del cine estadounidense y, en mi opinión, uno de los mejores de toda la cinematografía del país.

Lo que hace buena a The French Connection es cómo se muestran los ya mencionados bajos fondos de Nueva York frente a la pulcra Manhattan. Ahora bien, la mítica ciudad no es la única en aparecer: también lo hace Marsella, muy brevemente, pero representada como un lugar donde las apariencias engañan; ésta aparecería en la continuación dirigida por John Frankenheimer de 1975. También, en unos pocos planos, sale a escena Washington D.C., no solo como la capital de Estados Unidos, sino también como un lugar inerte y desentendido de lo que realmente sucede con el crimen organizado.

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Otro gran punto del film es que, a pesar de no tener un buen guión, Friedkin supo dar autenticidad a los personajes. Los dos detectives protagonistas son auténticos y rudos sabuesos que viven en malas casas, no comen bien y están todo el tiempo en las calles, observando cualquier movimiento de la mañana a la noche. Todo lo contrario que Charnier, que representa la imagen misma del mal: un hombre que aparenta bondad y exquisitez, pero que esconde algo sombrío, el lobo vestido de cordero.

Junto a los progresos en la investigación y la persecución, también es bastante célebre la pregunta que Doyle hace a quienes interroga: «¿Te has hurgado los pies en Poughkeepsie?.» ¿Qué significa Poughkeepsie (pronunciado “pu-kip-si”)? En realidad, es un recurso que el personaje de Hackman utiliza para desconcertar al interrogado y hacer que lo suelte todo. No significa nada y, a la vez, quiere decir algo.

Aún así, ¿qué es lo que la hace una película tan mítica y buena al mismo tiempo? Aparte de la mencionada autenticidad y de su carácter pionero en muchos aspectos, The French Connection fue de las primeras cintas en ilustrar el estado de pesimismo nacional del que se sirvieron las mejores películas de la década de 1970. Su estreno coincidió con el fin del viejo Hollywood y con el estreno de otras dos películas que no hicieron sino secundar el aviso de que lo viejo no volvería, y a la vez, de que el futuro no era tan dulce como se nos suele prometer: La naranja mecánica, de Stanley Kubrick, y Harry el sucio, de Don Siegel.

Aunque los grandes productores y el personal de los estudios de la fábrica de sueños seguirían en sus trece a la hora de hacer grandes éxitos comerciales, con esta película comenzó una nueva tendencia en el cine americano que tendría como rasgos esenciales, en primer lugar, la “apertura de la forma” de los géneros tradicionales a los nuevos tiempos, mezclada, en segundo lugar, con cierto grado de pesimismo (propio de la época). Tanto el cine de acción como los thrillers no serían lo mismo sin The French Connection, una película tan audaz como oscura e innovadora.

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Comentarios

  1. Alberto Gonzalo

    Gracias por escribir este gran artículo, siempre he querido ver esta película porque derrotó ampliamente a la Naranja Mecánica de Kubrick en la edición de los óscars de 1971, ahora tengo incluso más ganas de verla

    • Iñigo

      De nada, amigo. Todavía la puedes conseguir en DVD, está disponible.

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