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The D Train

Por Alejandro Arranz

-Película extraña, sombría, amarga, ciertamente arriesgada y en ocasiones hilarante. Es un debut plausible y a la vez decepcionante, se atraganta en ocasiones y en otras se vuelve fascinante. No falta interés en la propuesta.
-Jack Black da un recital interpretativo con su bizarro estudio del personaje y se convierte en lo mejor de esta radiografía social y psicológica.

Jarrad Paul y Andrew Mogel se deciden a debutar en la dirección con esta comedia independiente sobre las reuniones de compañeros de la escuela, un tema recurrente en el género que los guionistas de Di que sí utilizan para llevar a cabo su análisis de la sociedad americana al tiempo que tratan otros temas como el inconformismo, la búsqueda de la popularidad que prosigue después del instituto, las apariencias, las mentiras que contamos a los demás y a nosotros mismos y un largo etcétera. Así pues la primera mentira de la película es considerarse una comedia cuando realmente es un drama. Aunque el humor negro esté presente de forma permanente su género principal no es otro que el drama. Los directores escriben -como era de esperar- el guión y el reparto está protagonizado por Jack Black y James Marsden, a los que secundan otros actores como Kathryn Hahn y Jeffrey Tambor.

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The D Train tiene un comienzo totalmente convencional y un final muy tópico y traicionero, sin embargo las sorpresas aguardan en el nudo. Si bien el filme empieza como una típica comedia de reencuentro con ese personaje nada popular (tan aparentemente simple como complejo en realidad) y todos los elementos propios de ese tipo de cintas y pronto se desvía hacía la comedia de enredo al uso, lo que viene a continuación es todo menos predecible. Tanto esta nueva apuesta independiente como su Jack Black recuerdan a “Bernie”, pues estamos ante un filme no del todo fácil de clasificar y ante un Jack Black brillante, con una sólida combinación de comedia y drama, dando forma a ese Dan, un personaje que se ve tan triste y fracasado que no se da cuenta de lo que tiene, que busca incansablemente la aprobación de otros, olvidando por completo a las personas que ya se la han brindando. Un hombre que no ve más de lo que quiere ver, que no quiere darse cuenta de que ese ex-compañero idealizado es igual o incluso más perdedor que él mismo, que se arriesga a perderlo todo sólo para ser amigo de ese chico que antaño era el más popular del barrio, haciendo lo que haga falta para conseguirlo. La idea primordial de la película, manifestada por un personaje terciario al final del segundo acto; un sentimiento que se ve tan honesto, tan vivo, que resultaría imposible no empatizar con ello.

Los directores Paul y Mogel dan forma a un romance para nada usual: lleno de interés, de complejidad emocional-psicológica y de “bizarradas”. No obstante se encuentran con no pocos obstáculos en su particular historia. Entre ellos la dificultad de tratar con esas mismas emociones complejas que plantean y más tarde concluir debidamente. Pero no es el único problema, la película se atasca en demasiados momentos y llega a hacerse muy cuesta arriba, aunque siempre esté Jack Black para sostenerla con su excelente actuación. El resto de actores también hacen un gran trabajo y ayudan al estupendo trabajo de los guionistas a la hora de construir a los personajes (se nota la desigualdad entre principales y secundarios). Pasados 35-40 minutos se sucede el giro de guión que conlleva todas las decisiones inesperadas posteriores hasta llegar al tramo final, y es en algunas de esas elecciones donde esta propuesta se presenta tan arriesgada y original, pese a no serlo en su conjunto. El humor negro es correcto y ayuda para con la narración, el drama se hace algo tosco y es una de las razones por las que el filme se atraganta, el espectador medio desistirá con facilidad. Sin embargo el mayor problema de la película está en su final, no sólo por acudir a tópicos y convencionalismos, sino porque realmente se revela como un desenlace equivocado, totalmente contrario a lo que hemos visto en los 40 minutos previos. Una conclusión ingenua, fallida y falsamente conformista que dilapida un drama de mucho interés.

Jarrad Paul y Andrew Mogel debutan con un aprobado, convirtiendo la típica historia de reencuentro estudiantil en un drama tan raro como interesante y con generosas dosis de comedia negra, al menos durante una gran parte de su duración. Jack Black completa un trabajo fabuloso y no pasa desapercibida su química con Marsden. No obstante el filme se enfrenta a demasiados problemas y su inadecuado desenlace ensucia sumamente las buenas decisiones precedentes. En conclusión, The D Train es una obra extraña, negra, amarga y repleta de adjetivos opuestos que la convierten en algo si cabe más interesante, y de este modo ofrece algo etéreo que no se ve todos los días en el cine, un pedazo de realidad tan demente como corriente, tan básico como menospreciado; en dos palabras, la vida.

Alejandro Arranz

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