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Tesis sobre un homicidio

Por Enrique Fernández Lópiz

El filme Tesis sobre un homicidio de Hernán A. Goldfrid está dirigido impecablemente. Como ocurre en el cine argentino por lo común, las actuaciones son soberbias: Darín en estado de gracia borda el papel y el resto de personajes (Alberto Ammann, Arturo Puig o Mara Bestelli) hacen otro tanto. Igualmente es destacable la fotografía de Rodrigo Pulpeiro.

La película es un thriller psicológico con un elevado grado de suspense que narra una historia cuyo final es el mismo filme y no el final propiamente dicho de la película. Así, no acuerdo con algunos críticos que dicen que cuando llega su pretendidamente original desenlace se quedan con gesto de estupor. En absoluto lo veo así, como tampoco que la intención del director sea dejar un final abierto o que la cosa no quede clara sin, al final, saber quién es el asesino del crimen de una camarera de una cafetería cercana a la Facultad de Derecho donde el protagonista imparte clases. No. Se trata de una película psicológica en la que desde casi el principio llaman la atención asuntos diversos.

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La historia cuenta la vida de un cualificado profesor de derecho (Darín) que da clases en un Máster PERO que NO ejerce la profesión (algo extraño en un abogado, más aún en un letrado argentino). De otro lado, el tal abogado es un individuo quisquilloso que subraya a sus alumnos de la importancia de los DETALLES en cada caso a investigar por un juez. Se une a todo eso que tiene como alumno a un joven que conoció veinte años antes, cuando era niño y cuando tenía él alguna relación con su madre, a la sazón felizmente casada. El protagonista (Darín) es un individuo engreído, esténico, que se impone, fuerte, y sobre todo bastante paranoide, o sea, desconfiado y suspicaz que ve indicios o “detalles” de forma azarosa y poco contrastadas. A todo esto, como decía antes, se produce un crimen delante de la ventana del aula donde imparte clases y él, con todo su ahínco, sus fuerzas y su inteligencia –que es mucha- se empeña en inculpar a su flamante y recién llegado alumno como supuesto asesino, por ciertos indicios que él percibe como probatorios, como en una especia de “delirio” sistematizado, elaborado y racionalizado, a la manera en que suele ocurrir en muchos enfermos paranoicos. Ciertamente el guionista, Patricio Vega, basándose en una novela de Diego Paszkowski, nos describe al alumno como un joven presuntuoso y soberbio que, aparentemente, es sospechoso pues va dejando claves o pruebas que podrían imputarlo en el asesinato de la joven camarera. Pero en realidad, visto desde fuera del principal personaje, tal el caso de una doctora, de un policía, de un juez, etc., la tramoya se va revelando más fruto de la fantasía del abogado-profesor que de lo que en la realidad se va comprobando de manera fehaciente.

Efectivamente, al final no sabremos si el joven es realmente un asesino, y el protagonista abogado acaba en la cárcel por agresiones a su alumno, amén de haber destrozado con patológico ahínco su casa en busca de pruebas incriminatorias contra el mismo. Y lo cierto es, para mí, que no importa si el joven es asesino o no. Lo importante es que el abogado-profesor protagonista es un enfermo paranoide. Y como decía un importante profesor de psiquiatría en relación a los enfermos paranoides con delirios de celos: «Ojalá que el celotípico fuera meramente un carnudo.» Y aquí ocurre igual: el protagonista, aunque tuviera razón, lo cual es bastante de dudar, lo que resulta ser es un gran delirante, o sea, un enfermo mental, un individuo cuya patología se refleja en toda la película, incluyendo su llamativa afición por el deporte, evidentemente violento, del boxeo. Por eso digo, el filme hay que verlo en su total trayectoria, el camino que traza los rasgos patológicos de un engreído y narcisista profesor, y no a la espera de un resultado final, pues todo es un delirio. La meta final del filme, lo que se ha de esperar de la película es, pues, el mismo filme, la cinta al completo.

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