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Teatro llevado al cine por un pacato Washington

Por Enrique Fernández Lópiz

Apenas comenzar la película Fences, durante media hora más o menos, Denzel Washington se enzarza en un cuasi monólogo apenas interrumpido por la Davis y poco más; es el tiempo más pesado que hacía mucho veía-escuchaba en el cine. Desde luego está claro, como ahora explicaré, que la película no oculta los orígenes teatrales del texto, y el recital Washington abunda en picos de exceso que resultan insostenibles en una pantalla.

El film resulta de la adaptación cinematográfica de la obra teatral del mismo título escrita por el dramaturgo August Wilson en 1983. En su momento Wilson ganó el Pulitzer y dicen, pues yo no he visto la obra, que fue su trabajo más célebre en su ciclo de Pittsburgh, una obra que califican de vibrante, enérgica y con un importante componente racial. También es sabido que tanto Denzel Washington como Viola Davis interpretaron en Broadway la obra con gran éxito, lo cual les valdrían sendos premios Tony en 2010 por sus trabajos. Hasta aquí todo OK: ¡viva el teatro!

Pero está claro que Wilson, en clave narcisista de dramaturgo afamado, quiso llevar el escenario teatral al cine con un discutible guión, desde mi modo de ver (aunque en el guión participa también el dramaturgo y guionista Tony Kushner, si bien no está acreditado). Este libreto, cuya sustancia dejó escrita Wilson en 2005 antes de su muerte, sirve en plan texto sagrado inamovible, a un nobel director Washington, que parece se impuso respetar a toda costa las palabras del autor de la obra. Y no le salió bien la jugada. La dirección de Denzel es bastante simple; además de la veneración ad pedem litterae, escena a escena de la obra teatral, se une que el manejo de la cámara es sencillamente naif, y menos mal que no se excede con los primeros planos; como tampoco se entiende bien por qué cambia en ocasiones de enfoque. Vaya, que se nota y mucho la bisoñez de Denzel en el campo de la realización y también, su tendencia a hacer una “una película cuyo tono acaba siendo teatral, en el sentido más verboso, y menos cinematográfico, de la palabra” (Yago García). El cine no son actos, uno tras otro, de quince minutos (más o menos) cada uno, con diálogo a todo trapo y en el mismo escenario, en bastantes y sucesivas ocasiones, verborrea intrascendente para el desarrollo de la historia. Este aspecto parece querer servir más bien al lucimiento de los actores, sobre todo de Washington que se rueda a sí mismo y habrá dicho: “¡pues aquí estoy yo: dejadme solo!” El cine debe saber equilibrar y poner en valor también los silencios y sobre todo las imágenes, pues lo que ha hecho Denzel, se habría podido conseguir yendo al teatro, representando la obra y rodándola desde la platea. Como dice Salvá: “no es tanto una película basada en una obra teatral como una obra de teatro filmada, un pedazo de ficción honorable y valioso pero del todo desubicado en un medio, la pantalla grande, al que obviamente no pertenece”.

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En lo esencial lo que Fences cuenta es un entramado familiar en crisis. Un matrimonio cuyos cónyuges se respetan pero donde ya no hay chispa ni amor. También el típico conflicto generacional que enfrenta al padre con el hijo adolescente. Y algo de “racismo”, sí, poca cosa para tanta propaganda con este asunto, pues para hablar de racismo Hollywood ha alumbrado docenas de películas mil veces mejores. Sirvan algunos ejemplos que he comentado en estas páginas y que abordan este prejuicio mucho mejor como: en 1962, Matar a un ruiseñor; de 1967, Adivina quién viene esta noche; en 2010, Hombres de honor; 2013, El mayordomo; o, por no extenderme, en 2014, 12 años de esclavitud. Después de haber visto y de recordar estas películas (y hay docenas más sobre el tema) ¿dónde está aquí el asunto del racismo? Aquí de racismo lo preciso, además, no se subraya mucho que estamos en los años cincuenta. Y para terminar con los asuntos del film, referido al conflicto matrimonial, los hijos, etc., son también temas manidos a los que esta película no quita ni añade nada que el cine no haya ha auscultado de casi todas las formas posibles. O sea, que esta cinta hace aportes originales.

El resumen es una dirección mediocre de Denzel Washington (“un director pacato”, que dice Salvá) y un guión teatral que no es de cine, de August Wilson q.e.p.d. “En lo puramente cinematográfico, estamos ante un ejemplo en verdad satisfactorio de ese teatro filmado” (Trashorras). Con la guinda además de un lastre que en el cine no se suele perdonar: un ritmo excesivamente lento que “no consigue emocionar fácilmente, antes al contrario, corre el riesgo de dejar al espectador más frío que un carámbano aunque ambos protagonistas se partan el alma entre gritos, acusaciones, hijos desesperados y hermanos enfermos del alma” (Lobo). A esto se le llama: “mucho ruido y pocas nueces”.

Lo que ocurre es que Washington toma todas las riendas de la obra como productor, actor y director de la misma, y es él el conductor prínceps de la película, llevado por “su propio virtuosismo histriónico” (Bermejo); cierto es que lleva a buen puerto y con exactitud a los demás intérpretes, “pero también con algunas limitaciones, como cierta incapacidad para aligerar un texto que no deja un segundo de silencio y el escaso empeño en alejarse de la categoría de ilustración realista o simple teatro filmado” (Bermejo). Sí, en lo que me corresponde decir tras el visionado, Washington es el responsable de un film muchas cuyas críticas se me hacen difíciles de leer y asimilar por su excesiva generosidad. Además, el palmarés de premios y nominaciones creo que es fruto de la sobredimensión de una película que sin duda no vale tanto como dicen.

No quiero olvidar una aceptable banda sonora de Marcelo Zarvos y una fotografía sin mayores alardes de Charlotte Bruus Christensen. Y hay algo de buenos decorados, ambientación y poco más.

Si hablo del reparto, no puedo sustraerme a la totalidad del film. De modo que al haberme parecido tediosa la película, el resto ya lo veo en cierta manera torcido. No voy a descubrir nada si digo que Washington es un actor de categoría; pero aquí hace aquí un trabajo irregular con elementos de sobreactuación en ese padre de familia frustrado y resentido por lo que pudo haber llegado a ser en el deporte y no fue. A Viola Davis sí la he visto en órbita, con encomiable vis dramática; es de admirar un soberbio y contundente monólogo cargado de rabia y mocos justo después de que su maridito le hubiera contado la buena nueva de que tiene otra novia. El resto de actores cumple correctamente su cometido de hijos, hermano demente, amigo extraño y casi silente, etc. Así, Myketti Williamson, Russell Hornsby, Saniyya Sidney, Stephen Henderson, Jovan Adepo, Toussaint Raphael Abessolo, Mark Falvo, Christopher Mele, Phil Nardozzi, Dontez James, Terri Middleton, Malik Abdul y Chris McCail.

Como decía, me resulta llamativo tanto premio y nominación: Premios Oscar: Mejor actriz de reparto (merecido para Viola Davis, a la cual salvo por supuesto). 3 nominaciones incluyendo mejor película y actor (Washington). Globos de Oro: Mejor actriz de reparto (Viola Davis). Premios BAFTA: Mejor actriz secundaria (Viola Davis). American Film Institute (AFI): Top 10 – Mejores películas del año. Critics Choice Awards: Mejor actriz secundaria (Viola Davis). 6 nominaciones. Satellite Awards: 4 nominaciones incluyendo mejor película y director. Sindicato de Productores (PGA): Nominada a Mejor película. Sindicato de Guionistas (WGA): Nominada a Mejor guión adaptado. Sindicato de Actores (SAG): Mejor actor (Washington) y actriz secundaria (Davis).

Cuando salí de la sala, ya hacía una hora que deseaba que acabara la película. Al darme el aire de la calle, agradecí tener por delante la expectativa de poder tomarme una cerveza con una rica tapa y a ser posible en un sitio tranquilo, sin voces ni ruido. Bastante había tenido ya. A decir verdad, por un momento me pareció que a Washington se le iban a caer los incisivos centrales al suelo de tanto vociferar. Amén.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=jj-ZYPVRQbc.

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