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Te echaba de menos, Max

Por Javier Fernández López

Esta historia comienza en el año 1979. Como nos contaban en Toy Story, lo sideral comenzaba a formar parte de nuestras vidas, con obras como Star Wars: Una nueva esperanza o Alien, el octavo pasajero convirtiéndose en auténticos iconos de la ciencia-ficción y de la cultura popular. Se abrían paso de un modo fantástico en nuestra mente, haciendo que soñáramos con lugares más allá de los horizontes de nuestro mundo. Pero un hombre aún seguía con los pies en el suelo, tanto que pudo ver de primera mano una cara amarga de la realidad trabajando como médico de urgencias. Y como muchas otras veces, experiencias negativas pueden acercarnos a ideas muy grandes. Este hombre, George Miller, de origen australiano, tuvo una revelación, una imagen de cómo podría ser el futuro de toda la humanidad. Las bombas, el auge del capitalismo, el descontrol, la lucha por la supremacía del mundo, los largos diálogos sin fin en los que no se alcanzaba ninguna solución… todo eso dibujado en las caras de los heridos que George Miller se encontraba en su trabajo.

La revelación dio paso a una película, una nueva forma de entender el género western. Por primera vez nos llegaba una imagen de cómo era ese futuro apocalíptico para el hombre, en el que orden y la justicia son una mera sombra y las personas luchan por sobrevivir. La única ley que existe es la ley que impera en la carretera. Todos luchan por cosas tan simples como el agua o la gasolina, y sólo unos pocos se atreven a seguir guardando juramento a la ley y el orden de un mundo ya acabado. Pero la gente ha dejado de creer en héroes y ya no hay resquicios de esperanza, no cuando violan cruelmente a inocentes o cuando asesinan brutalmente a las personas que más amas de este mundo. Esto era Mad Max: salvajes de la autopista, una frenética aventura donde la sangre y el fuego se abrían paso en la carretera, donde la brutalidad era la auténtica protagonista. Con esta cinta, nació el mito que daría paso a otras obras como los videojuegos Fallout. Si bien a la película se le notaba la falta de presupuesto en muchos momentos, nunca deja de ser un lujo poder visionarla. Hasta el título de la película resulta magnífico, haciendo alusión a Max Rockatansky, el protagonista, y al mismo tiempo acompañando a “Mad” para referirse a lo que vemos en todo el metraje: una locura máxima.

Pero la auténtica genialidad, el auténtico desenfreno, llegaría con Mad Max 2: El guerrero de la carretera. Esta vez la visión del futuro de George Miller obtendría un aspecto mucho más enfermizo y cercano a su idea original. Con Mel Gibson de nuevo haciendo el rol principal de la cinta, esta secuela se mostraba más simple pero con más calidad general que la primera. Eso es debido a que al ver esta segunda parte, la original es sencillamente un prólogo para que entendamos al personaje de Max, cómo va cambiando hasta dejar su humanidad de lado, transformándose en uno más de ese mundo loco y caótico. En Mad Max 2, se introduce la idea de Max como antihéroe, alguien que va a lo suyo, pese a que en el fondo es alguien de buenas intenciones. Todo es más extravagante, aparecen los vehículos icónicos de la saga, más allá del siempre glorioso Interceptor V8 de nuestro protagonista. Hay más sangre, aunque ahora todo desde una perspectiva menos dramática, y aparecen personajes secundarios inolvidables, como el hombre del helicóptero o aquel niño salvaje que nos habla de los recuerdos que tiene de Max al comienzo de la cinta con voz en off.

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El problema vino con la tercera entrega, Mad Max: Más allá de la cúpula del trueno, que si bien el primer acto resulta ser muy bueno, al final el cineasta y creador George Miller traicionó a su propia obra por llevarla a terrenos demasiados sentimentales y prácticamente infantiles, con unos compases finales que no dejaron un buen recuerdo a los seguidores originales y a aquellos que vieron las películas más tarde. No ayudó ni la participación de Tina Turner en el film, quien realizó además la canción de la película, ni tampoco el cambio de enfoque en el personaje de Max, mucho más humano de lo que nos tenía acostumbrado.

Ahora, 30 años después desde la última vez que vimos a Max, vuelve a la pantalla un género que se creía extinto, un una forma de hacer cine que, personalmente, consideraba imposible de hacer. Dijeron los responsables de la cinta que no sabían si el estudio les iba a dar una segunda oportunidad con este proyecto de cara a una posible secuela, y ellos mismos afirmaron que, dada la situación, pondrían todas sus ideas sobre la mesa con vistas a llevarlo todo a la gran pantalla, sin dejarse una gota de sangre o gasolina. George Miller de nuevo al frente del proyecto, esta vez con la oportunidad de redimirse de aquella fatídica tercera entrega, enfrentándose al legado que dejó hace años.

Con el declive del mundo, era difícil saber quién estaba más loco: yo… o los demás.

Con Tom Hardy en el rol de Max y Charlize Theron como Emperatriz Furiosa, nos en encontramos ante una cinta en la que hay mucho más que unas cuantas persecuciones. También vemos la redención de Miller, regalándonos un auténtico homenaje a su obra original, creando una verdadera y magnífica secuela. El film no deja momento alguno para el descanso, todo es directo y rápido, el frenetismo se apodera de la imágenes a una velocidad de vértigo. Los trailers de Mad Max: Furia en la carretera no engañaban a nadie, estamos ante una road movie en el sentido estricto de la palabra, una cinta cargada de adrenalina que hará de las delicias de aquellos que pensábamos que una superproducción de estos niveles no podía ser así. Los estudios ante todo piensan en los beneficios, y eso conlleva en la mayoría de las ocasiones rebajar el nivel de violencia de los productos para que pueda ir un público más amplio a verla. Que nadie se equivoque, el realizador australiano ha creado un producto sólido, cuya belleza la hace aún más grande y poderosa.

Cuando dijeron que Charlize Theron iba a ser una de las protagonistas, lo cierto es que me llevé las manos a la cabeza. Ya la había visto en Hancock y Prometheus, y sinceramente, como espectador la había aborrecido un poco. Crean, no obstante, lo siguiente: Charlize Theron hace aquí el mejor papel de su vida. Sin palabras, no hay nada que objetar, nada que decir. Sólo caben los aplausos y elogios a ella y al equipo que ha diseñado su personaje, y por supuesto a George Miller por haberlo ideado. Theron está espectacular en cada escena de la película.

La fotografía de John Seale es otro de los platos fuertes de este espectáculo sin frenos. En pocas palabras: magnífico. Pero si tengo que aplaudir a alguien es a Junkie XL y a su banda sonora. ¿De dónde ha salido este hombre y por qué no es contratado para más producciones así? Cabe añadir que la genialidad de la banda sonora viene además de una de las sorpresas de la película. Porque hay mucha acción, mucha adrenalina y mucha sangre, pero también hay momentos en los que la locura da paso al descontrol de un modo hasta cómico, y es que ver a un guitarrista en mitad del desierto en un vehículo provisto de un equipo de sonido, y además con su guitarra escupiendo llamas… para quitarse el sombrero.

Mad Max: Furia en la carretera es un soplo de aire fresco en la cartelera, un título alejado de ciertas convenciones que ya estaban dejando un mal sabor de boca. Hay algo en esta película, hay espíritu. Quizá sea que ha logrado recoger el testigo de lo que creó Miller en 1979. Es hasta divertido ver a Max en la cita como una especie de secundario, porque no lleva el peso de la película, aunque sigue siendo el Max que recordábamos todos. Pueda que esta película no sea lo más original del mundo, ni sea algo profundo, pero ni siquiera la trilogía original lo era. Nunca tuvo esa ambición. La profundidad fue agregada posteriormente por las lecturas que hicimos los seguidores de ellas, pero la auténtica belleza de las películas de Mad Max reside en su simpleza. Es un espectáculo audiovisual de primer nivel.

En definitiva, ha sido un verdadero placer, un lujo, poder disfrutar de algo que, sinceramente, pensaba que ya no podía hacerse. Pero toda gran historia guarda siempre dentro de sí esperanza, al menos un resquicio de ella. Y a veces ocurren cosas maravillosas, como Mad Max: Furia en la carretera. Ojalá los estudios miren a esta película como ejemplo a seguir, pero lo cierto es que no hay necesidad realmente. ¿Por qué? Porque Max ha vuelto, y lo ha hecho para quedarse de nuevo con nosotros. Y esta vez le deseo a George Miller toda la suerte de mundo para que las próximas películas de la franquicia sigan teniendo esta calidad. Mi más sincero aplauso, porque salir de una sala de cine entusiasmado, queriendo ver la película de nuevo, es una experiencia más allá de lo sublime. Larga vida a Max.

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