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Suspense de culto

Por Enrique Fernández Lópiz

Narra El coleccionista (1965), la singular historia de Freddie Clegg (Terence Stamp), un gris empleado de Banca de carácter introvertido y melancólico, cuya afición es coleccionar mariposas (entomólogo), por lo cual es el hazmerreír de sus compañeros de trabajo. Cuando le toca el gordo de la lotería, su vida da un giro muy importante y compra una mansión de campo en las afueras de Londres. Es entonces cuando decide secuestrar a Miranda Grey (Samantha Eggar), una bonita chica estudiante que desde siempre le había gustado. Con las mismas la secuestra y la retiene en la finca de campo durante un espantoso mes en el que afloran sentimientos encontrados y complejos entre ambos personajes.

Se trata de una película de suspense extremo, o también un drama psicológico llevado de manera excelente por su director William Wyller, un director de grandes películas y algunas importantes superproducciones como Jezabel, 1938; Cumbres borrascosas, 1939; Los mejores años de nuestra vida, 1946; La heredera, 1949; Vacaciones en Roma, 1953; Horizontes de Grandeza, 1958; o Ben-Hur; 1959. En realidad Wyller es un enorme director subvalorado por sus colegas o crítica (a pesar de que obtuvo, entre otros, cuatro Oscar), que nunca recibió el reconocimiento merecido a su obra y su talento, y meramente quedó circunscrito a la injusta y parcial condición de ‘buen artesano’ o ‘brillante productor’, como lo calificó Orson Welles. Hago este comentario comparándolo con otros directores de la época idolatrados por Hollywood o la crítica como Aldrich, Ford, Hawks, Ray, Lang, Preminger o Peckinpah, por ejemplo. Pues bien, siguiendo con la película, Wyller hizo una extraordinaria labor en el film y contó con un magnífico guión de Stanley Mann y John Kohn, basado en la primera exitosa novela del escritor británico John Fowles (The Collector, 1963). Con estas mimbres, los guionistas y el director Wyller construyeron una obra de excelencia, conectando el perfil necrófilo del protagonista, sus rasgos esquizoides, o sea su trazado psicológico, con la intriga y la tensión que se puede cortar de puro densa, a lo largo de las casi dos horas de metraje (119 minutos).

El film tiene el aliciente de las películas británicas que, desde mi modo de ver, no son tan tremebundas ni tan silvestres en este tipo de filmes, como las norteamericanas, sino que exponen la angustia y la zozobra de la trama de una manera más sutil y considerada con el espectador. Gran fotografía de Robert Surtees (platós) y Robert Krasker (exteriores), que supieron crear ambientes asfixiantes y amenazadores; el cromatismo y las formas subrayan la claustrofobia y frecuentemente se hace uso de la cámara subjetiva que se inserta en un flashback en blanco y negro sobre el pasado de Freddie. Acompaña una gran música ad hoc de Maurice Jarre cuya banda sonora ofrece composiciones que plasman los sentimientos de incomunicación, intranquilidad, miedo y desesperanza de la protagonista; el leitmotiv es reiterativo e imita las pulsaciones de un corazón humano acelerado.

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Y merecen una especial mención las excelentes interpretaciones de Terence Stamp y Samantha Eggar. Ambos ganaron sendos premios de interpretación en 1965 en el Festival de Cannes. Y es que el reconocido Stamp borda un papel que no es propiamente el de un psicópata vulgar, sino más bien el de un tipo retraído, neurótico y necrófilo (le gusta la entomología, las mariposas muertas y engarzadas en un alfiler, lo cual que pretende transferir a su relación con las mujeres); y de otra parte la bellísima Samantha Eggar que hace una interpretación maravillosa, delicada, generosa en primerísimos planos, llena de sensualidad, llenando pantalla con su gran belleza, y que sabe transmitir el ansia de libertad de la pobre joven encarcelada y sometida por su loco cancerbero.

El resto, montaje y puesta en escena incluida, hace que esta película se vea sin despegar el trasero de la butaca, y además sin el sadismo de otras cintas equivalentes, sin crueldad sangrienta, sin atrocidad, sino más bien describiendo la realidad de dos personalidades enfrentadas y dispares, ella, una bella muchacha normal y estudiosa de arte, y él un enfermo mental acomplejado, siempre con la cabeza ladeada y una gran inseguridad ante la inteligencia y la preciosidad de la Eggar.

Freddie sueña con poder tener a Miranda como a otra de sus mariposas para alegrar su vida con su presencia inerte y esclavizada al varón, enclaustrada para servirle. Esta fantasía masculina que algunos psicoanalistas no dudan en vincular con la necrofilia (amor a los cadáveres o cuerpos inertes), se tiñe de amor, de obsesión por poseer de manera mórbida a otra persona, ilusión y fantasía que el protagonista pretende hacer realidad. Y no creamos que hable de un caso extraño; hay una casuística publicada de muchos ejemplos similares y es más común de lo que pudiera pensarse.

En 1965 consiguió las siguientes menciones y premios: 3 nominaciones al Oscar: Mejor director, actriz (Samantha Eggar), guión. Globos de Oro: Mejor actriz – Drama (Eggar). 4 nominaciones. Festival de Cannes: Mejor actor (Terence Stamp), actriz (Samantha Eggar). No está mal.

Este film es ya un icono del cine de suspense de todos los tiempos, de manera que si no la has visto corre, consíguela y disfrútala. Se puede ver sin salpicaduras de sangre ni balaceras a diestro y siniestro. Es densa y genera inquietud, pero no es descarnada ni sangrienta. Es más psicológica que física y Wyller demuestra cómo, con apenas un solo decorado y dos actores es capaz de hacer una película distinta que logra enganchar y mantener la atención… y la tensión.

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