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Spectre

Por Alejandro Arranz

-Pura acción, pura emoción, pura tensión, pura diversión, puro Bond. Spectre es un regalo para los fans de 007 y Sam Mendes se despide por la puerta grande haciendo que cada escena sea mejor de lo que se espera de ella.
-Comenzando con una magistral escena inicial que da lugar a un intermedio tan intenso como absurdamente entretenido y nostálgico para concluir en un inteligente desenlace. Gracias a Craig y a Mendes por firmar la mejor etapa Bond.

El agente secreto más famoso del mundo lleva con nosotros mucho tiempo, ha cambiado de cara muchas veces y con él todos los entrañables personajes que le acompañan en sus misiones. Para algunos -entre los que me encuentro- Pierce Brosnan protagonizó un periodo infame de 007 (1995-2002), la peor con diferencia y es que apenas podría salvar Goldeneye de la guillotina. Pero después del estirado Brosnan llegó el inefable Daniel Craig, un señor rubio de ojos claros (para que se pudieran quejar los más puristas) que a priori sólo cumplía unos pocos requisitos pero que fue tras verle en Casino Royale cuando defintivamente hizo renacer aquel icono que muchos añorábamos haciéndolo incluso mejor a sus antecesores. Seamos claros, aunque fue gracias al infravalorado Timothy Dalton (el Bond más fiel a Fleming hasta Craig) que se llegara a los filmes de Craig, con la llegada de este último se llevo al espía a unas cotas de seriedad y fidelidad con las escrituras que no era ni creíble tras reformulaciones como la de la etapa Roger Moore. Muchos decidieron opinar que ese no era Bond, buena parte de ellos porque el inolvidable Sean Connery marcó época con su estilo y carisma inigualables, pero si han leído un poco a Fleming sabrán que Craig es Bond, tal y como lo concibió el novelista inglés. Ahora bien, tras la cinta de Martin Campbell, tuvimos que dar radical marcha atrás con Quantum of Solace, que convertía a nuestro de nuevo querido Bond en un Charles Bronson que reventaba todo lo que encontraba a su paso a ritmo de Michael Bay, algo que no se asemejaba ni de cerca a 007, ni siquiera al más vengativo. Así pues fue Sam Mendes (Camino a la perdición) el encargado de hacer renacer de nuevo al personaje con un clásico instantaneo que reformuló las reglas de la franquicia al tiempo que marcó el límite máximo en el estandar de calidad que podría dar esta saga. Skyfall aunaba lo moderno y lo clásico con excelencia y se convertía por méritos propios en la mejor película Bond hasta la fecha. Han pasado tres años desde aquello, pero con Sam Mendes de nuevo a los mandos y Craig repitiendo por cuarta vez consecutiva el rol, esperábamos grandes cosas de Spectre, sobre todo porque su título ya adelantaba que MGM había podido recuperar los derechos de la malvada asociación de villanos que tras años poniéndole las cosas difíciles a Bond, había estado otros muchos en poder de Danjaq, la empresa matriz de Eon Productions. Ahora que he puesto los cimientos para hablar de esta 24ª aventura oficial del famoso agente con licencia para matar, sólo queda citar a los que acompañarán a Craig en esta palpitante secuela de la extraordinaria Skyfall. Repiten -entre otros- Ralph Fiennes, Naomie Harris o Ben Whishaw a la vez que se suman no pocas caras conocidas como: Christoph Waltz, Monica Bellucci, Léa Seydoux y Dave Bautista. Sólo queda preguntar… ¿Está a la altura este Bond?

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Y la respuesta es sí, sí y sí. Spectre es una apasionante carta de amor a la mitología Bondiana. Tiene prácticamente todo lo que podría desear un fanático de la saga y mejor que en cualquiera de sus antecesores. Es irónico sin embargo que en su objetivo de superar a su predecesora de un paso atrás. Skyfall fue una declaración de intenciones para reformular la saga manteniendo su espíritu intacto (algo así como un punto de inflexión) mientras que Spectre es una película más conservadora, que busca mantener lo que ha conseguido ofreciendo un entretenimiento a prueba de balas. Un Bond que lleva a un nuevo nivel esa fusión entre lo clásico y lo moderno que se planteaba en Skyfall, por tanto una película a medio camino entre la fórmula clásica y la firma perfectamente estampada de la etapa Craig-Mendes. La fidelidad para con el personaje sigue intacta e incluso cumple alguna que otra cosilla en la que Skyfall fallaba. En primer lugar ahora Bond tiene más tiempo para amar y seducir cuando no está en medio de impresionantes escenas de acción, pero bueno, tiempo al tiempo. Empezamos en México D.F., con una escena inicial prodigiosa a todos los niveles (técnico incluido). Queda inaugurada esta con un largo plano secuencia donde la importancia de los cuerpos es evidente, para a posteriori dar lugar a dos escenas de acción cada cual más sorprendente. De esta forma la escena de apertura no entra sólo al top 3 de la saga sino que se encuentra entre las mejores escenas iniciales del género. Frente a otras escenas de apertura que eligen terminar con un golpe de efecto, aquí Mendes acaba en un momento calmado después de uno muy peligroso y que también anticipa y predice un buen número de peligros venideros para Bond. A continuación la intro, que visualmente resulta fantástica pero que pierde enteros por la canción de Sam Smith, un tema que no es malo ni mucho menos pero con un estilo que no concuerda con la personalidad de Bond ni de sus películas, una pena. Ahora entramos en materia, todo el metraje de está vigesimocuarta entrega es un recorrido por los códigos que han conformado la saga (y le han creado una identidad única y reconocible) y en especial por los fantasmas del pasado del Bond de Craig, de forma que Spectre sirve de nexo entre las tres anteriores cintas dotándolas de un sentido narrativo mucho mayor gracias al descubrimiento de la organización y del nuevo villano, Oberhauser. De este modo estamos ante el Bond con más resonancias y easter-eggs a la saga y también ante una nueva forma de Mendes de mezclar lo moderno (incluidas sus señas de identidad) con lo tradicional, convirtiendo a Craig -y el propio filme- en una fusión de los mejores Bonds anteriores sin olvidarse de su propia impresión. En ese paso por todos los elementos, trucos y gadgets de antaño, Mendes cumple otro record, consiguiendo que cada una de esas pautas sea mejor que en ninguna otra película Bond y haciendo que cada escena de acción sea mejor y más grande, cada diálogo más perspicaz y cada momento más disfrutable. No por todo ello estamos ante un producto perfecto, pues las incoherencias, la falta de complejidad y riesgo con respecto a su antecesora y la forma de desaprovechar importantes oportunidades son sólo algunos de los problemas que encontramos en esta nueva aventura.

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No tiene pega la fotografía, la fluída y sólida dirección de Mendes (que juega con algunos paralelismos muy efectivos), ni la interpretación de Craig; pero el guión aún funcionando bien e incluso de forma brillante en algunos tramos, tiene fallos. Por ejemplo, los personajes femeninos no pintan casi nada, Bellucci es un ligue resultón, Moneypenny está absolutamente desaprovechada y se ha eliminado la química con Bond de la ecuación, y por último Léa Seydoux a pesar de su buen trabajo y de que su personaje tiene bastantes más minutos en pantalla, parece bastante perdida. Por otro lado interesa muchísimo como se critica la excesiva -e ilegal- vigilancia gubernamental entre Orwell y Wikileaks, y se agradece que el humor vuelva con mucho más protagonismo a pesar de estar en una de las aventuras más sombrías del agente secreto. Hay diálogos fascinantes e incluso uno que casi logra igualarse al duelo verbal entre Silva-Bardem y Bond-Craig en Skyfall. Pero a la hora de la verdad lo que importa de un Bond es su villano. Y aunque las críticas hayan ido contra Christoph Waltz, rompo una lanza en su favor alegando que el villano de éste funciona con suma corrección. No está a la altura de Bardem y eso no es indigno, el Oberhauser de Waltz se gana al público porque tiene a su favor un arma de gran poder, la nostalgia (lo entenderán cuando la vean), y también porque un Christoph Waltz con el piloto automático sigue siendo mucho Christoph Waltz. El otro villano que pone los músculos en la función los interpreta Dave Bautista y aunque no tiene el carisma del Tiburón de Richard Kiel (que nos dejó el pasado septiembre a los 74 años) ni puede luchar contra años de fascinación que tiene a sus espaldas el Oddjob de Goldfinger, resulta por su físico y su frialdad un enemigo terrorífico que protagoniza dos escenas de acción sencillamente excelentes. Otro de los supuestos problemas que muchos han criticado es la duración, sin embargo creo que es una de las películas de 007 que más rápido se me han pasado. Es pura dinamita que no cesa de entretener ni medio frame, todo al ritmo imparable de escenas de acción que siempre parecen ser mejores que la anterior hasta llegar a un climax final que causará evidente polémica. No obstante, creo que Mendes y sus guionistas han sabido poner el broche de oro a la mejor etapa de la historia cinematográfica del espía británico más canalla, bravucón, mujeriego, machista y eficaz que se recuerda.

Mendes ha sabido jugar con los recuerdos del fan de 007 de una manera demasiado efectiva para ponerle pegas. Ha dado un paso atrás en relevancia y riesgo para a cambio entregar un impagable entretenimiento al que cuesta encontrar problemas cuando lo estás visionando. Durante 148 minutos regresas a tu infancia para disfrutar con aquellas películas de la Eon tan divertidas como faltas de pretensiones. Craig y Mendes han definido una irrepetible época para Bond, una en la que los apasionados del espía hemos podido ver cumplidos algunos de nuestros deseos cinéfilos más arragados. Spectre es un recuerdo, es una despedida y es un nuevo inicio esperanzador para esta saga. Seguro que me he dejado muchas cosas en el tintero pero el hype permanece en mi sangre y debo revisionar esta excitante obra de acción. ¡Larga vida a Spectre y larga vida a James Bond!

Alejandro Arranz

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