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Solo el fin del mundo

Por Alejandro Arranz

-Hasta ahora la excentricidad de Dolan había divido al público, pero esta película apenas puede agradar a los fanáticos sin criterio. Parece hecha por un chaval de secundaria con excesivas aspiraciones y no demasiados talentos.
-Una película artificiosa, sofocante y exacerbada; la ingenuidad se apodera de ti esperando que en algún momento llegue alguna recompensa.

A pesar de tener 27 años, Xavier Dolan es uno de los cineastas más considerados del cine actual. Los premios, los excesivos elogios de la crítica o el estatus de culto que ha ido adquiriendo su cine junto a la arrogancia que ha ido desarrollando él. Ahora regresa con su película más ambiciosa, y como siempre hasta el momento, retrata un núcleo familiar frente a unas circunstancias inesperadas. En esta ocasión adapta la obra de teatro homónima de Jean-Luc Lagarce, Juste la fin du monde. Es su segunda adaptación teatral tras Tom à la ferme. El reparto coral lo componen: Gaspard Ulliel , Léa Seydoux, Nathalie Baye, Vincent Cassel y Marion Cotillard. Con esta película Dolan parece querer ser más Tennessee Williams que nunca, algo en lo que fracasa estrepitosamente.

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La vuelta a casa de ese hijo enfermo para reencontrarse con su hostil entorno familiar y demostrarse a si mismo que él escribe su historia, es una de las películas más decepcionantes y pesadas del año. El rencor, los improperios, el calor asfixiante y una puesta en escena subyugada por un constante uso del primer plano con el que aprisiona a sus personajes, con ello no solo elimina cualquier rastro de continuidad en un montaje que es una auténtica cascada, sino que elimina la interacción entre sus personajes/intérpretes; algo terrible. La cinta es todo insultos y excesos (formales, dramáticos, interpretativos) en un intento de que los espectadores pierdan los nervios. Es muy difícil acceder al fondo de esta historia, porque el cineasta hace esfuerzos por sacarte; pero cuando lo consigues eres consciente de que esta es una película contada a base de silencios, de miradas significativas, aunque a menudo no tengan lugar al que llevarte. Aún así, el problema es que la superficie está llena de verborrea e histeria. Y Dolan a falta de cualidades visibles, regresa a sus habituales momentos de subir la música, que funcionan más o menos bien en dos ocasiones, pero resultan feos, innecesarios y efectistas, en las demás. En cuanto al reparto, está totalmente desperdiciado, Cotillard ofrece un registro diferente y funciona bien, Ulliel contrasta por su actuación contenida y el muy sobreactuado Cassel tiene destellos de autenticidad en una actuación muy paródica, como la propia película, que traspasa esa línea en más de una ocasión. Es cierto que Dolan mantiene la teatralidad de este melodrama familiar haciendo variaciones para renovar el género, pero somos los espectadores los que hacemos el esfuerzo. La pasión y la emoción brillan por su ausencia, la excentricidad en esta ocasión, deriva en ruido.

El cineasta sigue siendo un provocador nato aunque aquí está más vanidoso que antes, le han alimentado el ego y éste te acaba vomitando en la cara a falta de nada más que ofrecer. Sin apenas un punto de fuga que nos libere en 95 minutos, al final todos somos ese pájaro moribundo, aunque quizás solo aturdido, listo para volver a su casa, sentarse frente al teclado y otorgarle un merecido suspenso a la película del mismo “enfant terrible”, pero con menos talento o cosas que decir. Dolan consigue crispar al espectador, pero está muy lejos de hacer una buena película.

Alejandro Arranz

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