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Sobre la muerte versus la pulsión de vida

Por Enrique Fernández Lópiz

En Mi vida sin mí se cuenta la historia de Ann, una joven de 23 años, con dos hijas y un marido que está casi siempre parado. Tiene Ann una madre siempre con mal humor y es toda una misántropa; un padre que hace ya diez años que está en la cárcel. Y ella tiene un duro y esclavo trabajo como limpiadora nocturna en una Universidad, institución a la que nunca podrá asistir durante el día. Viven pobremente en una caravana en mismo jardín de la casa de su madre, en el extrarradio de Vancouver. Toda esta vida gris da un radical cambio después de un reconocimiento médico en el que le diagnostican a Ann un cáncer terminal; apenas le quedan tres meses de vida (https://www.youtube.com/watch?v=a5a3D2aj43Y). Tras la terrible noticia, Ann cambia su percepción del mundo en un instante, y se hace más viva, paradójicamente, con el anuncio de la muerte. Descubre la opción y las oportunidades para una vida placentera y hermosa, empujada por un singular impulso de vida. En esta onda, elabora un listado de cosas que desea hacer antes de morir.

La mirada de Ann se ha transformado en la de una poeta inspirada por cuanto ve, por la lluvia bajo la cual queda absorta o las puestas de sol. Observa las cosas, asombrada, como si fuera la primera vez que las ve o como si todo fuera a desaparecer en un segundo. Camina sola por la calle, se deja llevar; a veces se une a la muchedumbre, y otras veces se aparta de ella en sus soliloquios. Capta los placeres que la sociedad de consumo ofrece a través de los escaparates o anuncios, o al entrar en un supermercado, con formas curiosas de ensoñación donde ve a la gente danzando al modo de un musical. Todo el mundo es feliz y los productos del supermercado la seducen y parecen alejarla de la muerte.

Resulta estremecedor ver la mirada macilenta de Ann, sus párpados ahogados por el trance, todo ello acompañado por las melodías intimistas de Alberto de la Iglesia y la recurrente imagen del quebradizo vidrio, material del que se obtiene una sorprendente música. Y Ann está en ese límite donde todo parece sublime y a la vez espantoso. Todo puede ocurrir, sobre todo y de forma segura, la muerte.

En ese estado surge el amor. Ann y Lee, un joven al que conoce en la lavandería, se enamoran hipnóticamente, un amor mostrado con numerosos silencios y las vivas miradas vivas de quienes intuyen que cada momento es irrepetible. Hay fatalidad, encuentros ondulantes con canciones como “Senza fine”. Pero mientras para él la imposibilidad del amor radica en que ella está casada, para ella la imposibilidad es auténtica, pues sabe de su inminente final. Por lo demás, la cotidianeidad de Ann y su familia es idílica y en buena sintonía. Y también como contrapunto, Ann tratará de ver lo mejor que hay en sus ásperos padres y les habla y les cuenta y les dice palabras de esperanza, incluidas cartas póstumas muy interesantes.

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La gran directora que es Isabel Coixet, construye un film conmovedor, un bello melodrama que huye de la lagrimeo fácil y que a cambio, nos introduce en una hermosa historia que es un canto a la vida y a las ilusiones. Como escribe Rodríguez-Marchante: Una obra liberadora, sensibilísima, de una reparadora tristeza.” Y lo hace con mucha solvencia, pues la Coixet es una directora que siempre imprime su sello, su personalidad, la de quien sabe qué quiere y adónde pretende llegar. La Coixet de interesantes películas como: La vida secreta de las palabras, 2005; Mapa de los sonidos de Tokio, 2009; Ayer no termina nunca, 2013, o Aprendiendo a conducir, 2014, entre otras.

Y continuando, diré que el ritmo de la obra ayuda a percibir la existencia en toda su plenitud, con sus formas de disfrute y su melancolía inevitable. Las miradas de Ann-Polley con el espectador como único cómplice de su periplo, se yuxtaponen con otras escenas y personajes exteriores (el amante, amigos, padres), que sirven de contrapunto al drama.

Tiene la película un excelente guión de la propia Coixet, adaptación de un cuento de la novelista norteamericana Nanci Kincaid, Pretending the Bed Is a Raftde 1997 (Simulando que la cama es una balsa), el último de los relatos contenidos en un volumen con idéntico título. El guión está muy bien construido, sin apenas fisuras. En palabras de Kurt, Coixet escribe una historia: Conmovedora hasta el aliento, hermosísima de principio a fin, la historia de una joven que exprime la vida ocultando al mundo su destino, es un deslumbrante ejercicio de sutileza, un impagable despliegue de emociones sin parangón en el cine reciente”. ¡Qué más se puede decir!

La música de Alfonso de Vilallonga es excelente, junto a una esplendente y sugerente fotografía de Jean Claude Larrieu. Esta película fue coproducida por España-Canadá. Productora El Deseo SA (Almodóvar) y Milestone Productions Inc.

El reparto es de excelencia, con más de una decena de magníficos actores y actrices que, como dice Fernández-Santos, son: …todo, un prodigio de unidad colectiva, de delicada interacción.” Destacan las actuaciones de una espléndida, dramática y bonita Sarah Polley en una de las mejores interpretaciones femeninas que se han visto en mucho tiempo, capaz de resultar cotidiana y a la vez excepcional; muy bien Scott Speededman; Mark Ruffalo estupendo; Amanda Plummer excelente; Leonor Watting de diez; y acompañan Deborah Harry, Maria Medeiros y Alfred Molina, entre otros. El conjunto es sólido y sobresaliente.

Entre premios y nominaciones en 2003 tiene: Festival de Berlín: Sección oficial de largometrajes. Premio de Guild of German Art House Cinemas. Premios del Cine Europeo: nominada a mejor película y directora. Premios Goya: mejor guión adaptado y canción. 5 nominaciones. Premio San Jordi a la mejor película. Premio Nacional de Cine y Audiovisual de Cataluña.

El crítico Kurt refiere con acierto, cómo a los amantes del cine nos corre un líquido rojo y espeso: se llama curiosidad. Y es así, cada película que yo veo, antes de visionarla me suscita mucha curiosidad y mi ánimo se carga de interrogantes y el afán, como cuando leo una novela, de entender mejor los ángulos recónditos y en ocasiones oscuros del espíritu humano, y sus avatares. Pues bien, volviendo a Kurt, esta película: ”… es una invasión de respuestas”.

Yo, como digo, tengo especial predilección por esta directora barcelonesa. La película que ahora comento sé que tiene sus defectos, claro. Pero por un lado, la forma de colocar la cámara de la Coixet, la memorable actuación de Polley, amén de un guión genuino e interesante, dotan a esta obra de una enorme intensidad y un realismo atemporal, conmovedor y profundamente melancólico. Es de esas películas que no se olvidan.

Esta película me ha recordado inevitablemente, por una clara asociación mental, a la teoría freudiana sobre los instintos, o mejor sobre las “pulsiones”, dado que la “pulsión” es la representante psíquica del instinto. Pues bien, Freud en su definitiva formulación distingue entre Instintos de Vida (Eros), caracterizados por la disposición en el sujeto para formar unidades siempre mayores, que tiende a conservar la sustancia viva; Eros es siempre apetito de unión y se manifiesta en el amor, la actividad sexual y el afán por mantener la integridad física y psíquica, y a condensarla en unidades cada vez mayores. Pero hay otra fuerza antagónica de ésta, encarnada en el Instinto de Muerte (Thanatos), que se manifiesta en una disposición a la disgregación, a la ruptura de la unidad entre sus distintas partes para volver al estado desorganizado e inanimado; o sea, esa tendencia a disolver esas unidades y a retenerlas al estado más primitivo, inorgánico. Thanatos es siempre un apetito de pasividad, de separación y de disolución, de violencia y destrucción. De modo que, según Freud, además del Eros, hay un instinto de muerte o Thanatos; los fenómenos vitales podrían ser explicados por la interacción y el antagonismo de ambos. La contienda entre Eros y Thanatos es lo que Freud considera el contenido esencial de la lucha de la especie humana y de cada uno en particular. A tal punto que, para Freud, la evolución de la cultura no es sino esta batalla (a partir de cierto hecho cardinal aún desconocido) de la especie humana por la “vida”. También las personas han de plantarle cara a la existencia y batallar por la vida y contra la disrupción y la muerte. Se trata de un auténtico “combate de Titanes”, como decía Freud. Pues bien, para mí, este film es la representación dramática de esta lucha en el plano psíquico. Es cierto que la protagonista está abocada a una muerte cierta, pero en su interior, una enorme potencia de vida le permite gozar plenamente sus últimos días, disfrutar, amar, elevarse sobre la mera biología para dar una auténtica lección de Eros que sobrevuela a Thanatos. Un bello mensaje que a todos nos ha de confortar y mucho. Tal vez, por esta idea de fondo, Boyero dice que esta obra te introduce y te solidariza con: “… el hermoso ritual de una despedida tan realista como poética, tan lúcida como emotiva. […} supone un acto de afirmación en la puta vida.

Yo la recomiendo, como dice Verdú: Nunca he visto una película sobre el tema de la muerte que transmita tanto vitalismo como ´Mi vida sin mí´.” De manera que sí, efectivamente y como decía antes, la muerte biológica es muy dura, pero esta película muestra una alternativa, una opción que no voy a decir que sea común, pero sí plausible. Aporta una mirada desapegada que nos recuerda que debemos mirar al mundo cada día sabiendo que todo es perecedero. Y si al final nos espera la parca, hay que hacer una vida gozosa, amorosa y agradecida. Hace poco le pregunté a un hombre de campo y viejo conocido que “cómo estaba”; y su respuesta me dejó pensando, no me dijo cómo se encontraba de salud ni nada de eso, me respondió: “¡Pos que Dios es bueno y estamos vivos!”. Amén.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=MnRuXmT5m5I.

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