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Sobre la agresión el pretendido mal, y su peor cara: la violencia

Por Enrique Fernández Lópiz

No voy a revelar nada nuevo, pero sí elementos que pueden servir a la mejor comprensión de esta película, que para mi modo de ver es profunda y amarga, y nada tiene que ver con lo divertido como algunos críticos y comentaristas definen este Relatos salvajes.

Como escribe Omar Parra: “Ante todo tener claro que Relatos Salvajes NO es una cinta de terror, pero su violencia, hace obligatorio que os hablemos sobre ella”. Pues sí. Y permitiéndome la licencia, quiero hacer una digresión psicoanalítica, pues quiero hablar de la violencia en los seres humanos antes de empezar la crítica. Quiero empezar diciendo, a fin de ser didáctico, que la compleja teoría psicoanalítica se sustenta en tres grandes pilares. El primero, el Punto de vista Dinámico entiende que el ser humano progresa y se desarrolla como persona empujado por continuos conflictos, por fuerzas antagónicas que debe superar, a ser posible de forma productiva e inteligente, y no con un puñetazo en la mesa, lo cual que sería un primer mensaje de la película, cómo en los tiempos que corren, nuestra cultura favorece estos golpes fuera de tono a la hora de abordar problemas y dificultades.

El segundo pilar es el Punto de vista Tópico, o para que se entienda, topográfico, donde el padre de esta disciplina Sigmund Freud (1856-1939) elaboró dos mapas del aparato psíquico. En el primero (Primera Tópica) distinguió tres instancias, una consciente (que significa la más ínfima parte de nuestro ser); la segunda preconsciente (que tiene cierta forma de acceder a la zona consciente); y la parte inconsciente, donde se ocultan por la fuerza de la represión la mayor parte de nuestras emociones, ideas y determinantes en nuestra forma de ser. O sea, que según esta primera tópica, el hombre es sólo relativamente libre, pues está determinado por fuerzas ocultas que escapan a su control, entre otras grandes cargas de violencia soterrada que pueden emerger de manera inopinada, sobre todo si no funciona la parte más noble del ser humano, lo que también muestra el film. Pero avanzada su teoría, Freud propugnó un segundo mapa, una Segunda Tópica en la que distinguía como componentes del Aparato psíquico un Ello o estructura presente ya en el nacimiento y que es el reservorio de energía que contiene los instintos, las pulsiones (inconsciente), regido por el Principio del Placer o de descarga de tensiones; el Yo, encargado de coordinar funciones psíquicas e impulsos internos, pensamiento racional y regido por el Principio del Placer (consciente-inconsciente), instancia que en tantas ocasiones falla; y finalmente el Superyó, o instancia donde está nuestra componente interna ético, normativa, ideal e ideológica y regida por un Principio Moral interno (consciente-inconsciente), moral que a veces es también tiránica y nociva. La película muestra como en tantas ocasiones, falla el Yo, la realidad es superada, es desbordada nuestra moral interna y las pulsiones agresivas provenientes del Ello nos superan, abocándonos a situaciones límite de violencia exagerada.

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Y por último, el tercer Punto de vista Económico toma en consideración cómo se administra la energía psíquica derivada de las tendencias pulsionales del Ello, energía que es invertida y repartida en los distintos sectores de la actividad mental y empleada en parte en la realización de los fines instintivos, la satisfacción de las necesidades eróticas y agresivas esencialmente, la descarga de tensión en definitiva; o sea, cómo compartimos nuestra existencia bajo las fuerzas de los llamados instintos de vida o Eros (amor, procreación, producción, etc.) y Thanatos o instintos de Muerte, agresividad, destrucción, malignidad, etc. Y en relación a todo esto, ya Freud, en una famosa obra publicada en 1930, obra de corte psicosocial titulada El malestar en la cultura, refirió que la civilización requiere que posterguemos, dobleguemos y en definitiva paguemos un peaje haciendo declinar nuestros bajos instintos, a fin de convertir lo que sería una especie de Ley de la selva, en un mundo civilizado; o sea, abonar un pesado tributo tanto a la sexualidad como a la agresividad, a cambio de un poco de seguridad. El tema principal de este libro es el irremediable antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura. Es por ello que a veces las personas nos sentimos mal y nerviosas (malestar), porque hemos tenido que abonar una factura importante para transitar la Historia en modo conveniente. Pues bien, el film nos pone en evidencia que la selva es posible cuando no podemos o no sabemos o las circunstancias nos empujan, a ser auténticos criminales.

Me decía el otro día una señora: “¡cuánta mala leche hay en la calle!”. Y sí, hay mucha gente estresada, agresiva, en el tráfico, como peatones, en el trabajo, en las cafeterías; gentes prestas a cualquier desmán. Observo personas quejándose a voz en grito y con insultos a la mínima, funcionarios de ventanilla que te tratan con un desprecio intolerable y enervante, niños que berrean o se pelean por cualquier cosa. O sea, la violencia se palpa en nuestras vidas, en la sociedad, en la calle, parece que estemos muy crispados. La violencia se ha instalado en nuestra sociedad y constituye una guerra larvada pero real, en la que el odio restalla como un látigo presto a dispararse en cualquier e inopinado momento. Bueno, pues de esto, pero en un órdago, trata esta película.

El film se compone de seis historias a cual más cruel, a la vez que aleccionadora, si se quiere escuchar lo que cuentan. Estas historias están inspiradas en una serie televisiva que se tituló Cuentos asombrosos (1985-1987), que fue creada y producida por Steven Spielberg, pero que ahora son recreadas con la imaginación malévola del libretista y director Damián Szifrón, pavorosos y brutales cuentos que vienen a ofrecer una comprensión perspicaz y dura de la naturaleza humana. En esas historias, los personajes se ven impelidos hacia el abismo y hacia cierto innegable placer de perder los estribos, toda vez cruzan la delgada línea roja que separa la civilización y la cultura, de la brutalidad y la barbarie. Luís Martínez escribe lúcidamente: “…el director argentino coloca al espectador ante el espectáculo, digamos putrefacto, de una sociedad enferma de su propia indolencia, anestesiada por su ira, incapaz de entender el origen de la insatisfacción que la habita […] … estamos delante de la una película vocacionalmente violenta, obligadamente salvaje, pero, y sobre todo, deslumbrante en su claridad”.

Estos seis relatos salvajes son así sucintamente y sin desvelar detalles ni tramas para no estropearle a nadie la función si no han visto la película. En el primero, un comandante de una nave aérea, con artimañas logra reunir en su avión a cuantos le han hecho imposible la vida, con la surrealista finalidad de estrellar la nave con todos ellos a bordo. El segundo trata sobre una pobre camarera de un lugar de la Argentina profunda, que identifica cuando llega al rico del pueblo, quien por su ambición provocó que su padre se quitara la vida al no poder pagarle sus deudas. El tercer episodio es el típico enfrentamiento, allá por las carreteras norteñas y despobladas de Salta, de un estúpido conductor pijo y ricachón versus el pobre y psicopatón hombre con un coche de cuarta, que acaba en una sanguinaria tragedia. El cuarto es un ciudadano, como tantos somos, que cansado de la violencia institucional, del hurto del coche por la policía y la grúa, decide hacer volar por los aires el parking donde se guardan los autos incautados, incluido el suyo. En otra historia se narra la violencia que se encierra en la corrupción de un plutócrata que decide encubrir el crimen de su hijo, el dinero como motor de injusticia y fraude. Y el último relato describe una boda donde una novia despechada pasa de la dulzura de recién casada, a la mayor de las vilezas, con un novio y recién marido igualmente bellaco. Los relatos son unos más concisos que otros, pero cada uno está en su punto, no sobra ni falta nada en ellos. Son sencillamente cuasi perfectos. Al final, uno sale de este film, un poco temeroso de la violencia rampante, violencia que no es metafórica, y dándose cuenta de que son acciones que rondan la realidad y que están en el imaginario de muchas personas.

De este modo, lo que la cinta nos enseña es cómo la violencia no es sólo algo que a la mayoría nos desagrada, que atenta contra el buen gusto de quienes programan espectáculos musicales o escriben poesía. La violencia no excluye a nadie, está en todos nosotros. Como la luna que siempre está en el firmamento, la veamos o no, a veces creciente o llena, otras menguante, pero siempre está ahí. Además, la violencia insoportable no siempre son disparos o bombas, puede ser igualmente una actitud, un gesto. Entonces, son violentos los que se hartan de comer y se despreocupan de los que no tienen que llevarse a la boca, los que eluden impuestos en perjuicio del bien común, los que utilizan tarjetas opcasa (¡vaya nombre!), los que roban a hurtadillas los bienes de su empresa o lugar de trabajo sin contar los inconvenientes que eso ocasiona a los contribuyentes, los que abusan del poder con sus empleados, hijos, esposa, etc. E igual está esa violencia que nos preside por doquier, en nuestro interior y fuera de nosotros, esa ira y “malestar” que tanta gente exhibe con exabruptos, insultos, improperios, quejas cargadas de furia o simplemente mal humor (el peor vicio que existe como decía Goethe: “Se predica contra muchos vicios, pero no sé de nadie que haya predicado contra el mal humor“.).  Entonces, esa violencia que campa por sus respetos, está también con nosotros, y lo sabemos, y esta obra acierta a retratarla fielmente, tanto que hay momentos en los que uno tiene que romper a reír. Y es muy catártico eso de reírse, lo que ocurre es que se trata de una gracia muy negra.

El director de este film, el argentino Damián Szifrón, con gran guión también de su autoría, nos retrata la violencia fielmente, nos habla de lo peor, pero expuesto de manera brillante,  a veces es tan manifiesta su exposición que puede que nos dé la risa “nerviosa”, incluso por la indefensión con la que presenta la temática. Película magistral. Un film que parece trazado con un tiralíneas, y tras ese tiralíneas está Szifrón, un director que es a la vez un dibujante caustico de los negros sentimientos e inclinaciones humanas. Retrato de individuos al límite de su capacidad de aguante, al límite de sus fuerzas, de su resistencia, personas en la frontera de la degradación. Pero la verdad, toda esa “mala leche” de la que hablaba antes, Szifrón la sabe gestionar muy bien a lo largo de la cinta.

La música de Gustavo Santaolalla resulta muy efectiva a los fines de la película y la fotografía de Javier Juliá es excelente. En lo que toca al reparto, es mi parecer que Argentina da magníficos intérpretes, y esta película es prueba de ello con un elenco de lujo, algunos como Ricardo Darín, Darío Grandinetti, Leonardo Abaraglia o Érica Rivas son internacionalmente reconocidos. Pero no le van a la zaga un equipo de actores y actrices como Óscar Martínez, Rita Cortese, Julieta Zylberger, Osmar Núñez, Nancy Dupláas, Germán de Silva, María Marull, Marcelo Pozzi, Diego Gentile o María de Onetto. Maravillosos todos.

Película brillante que nos pone frente al espejo de esta sociedad enferma y animalesca en muchos aspectos. Película que sabe arañar las fibras íntimas del espectador, película que transmite, que deja un sedimento importante en quien ve estos Cuentos asombrosos. Recomendación: si puedes, ve a verla, este es nuestro mundo hoy. Aunque en la película aparezca con acento argentino, los personajes somos todos nosotros.

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