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Sobre el perdón y la memoria

Por Jorge Valle

El robo de niños a sus madres por parte de monjas que se enriquecían dándolos en adopción es, lamentablemente, un tema muy actual debido a varios escándalos que han sido destapados recientemente en nuestro país. Durante el franquismo, sobre todo en la década de los 50 y 60, existieron personas que, apoyadas en la amoral doctrina católica, no tuvieron ningún escrúpulo en cometer el terrible e inhumano delito de separar a una madre de su hijo. Una situación similar vivieron muchas jóvenes en los monasterios de Irlanda, en donde eran internadas por haberse quedado embarazadas fuera del matrimonio. Y allí, mientras eran obligadas a trabajar incesantemente, asistían a la compra de sus hijos por parte de pudientes familias americanas. Los niños no eran más que una mercancía en manos de las crueles y despiadadas monjas. Una de esas mujeres fue Philomena Lee, en cuya historia está basada la nueva película del director británico Stephen Frears. Philomena narra la exhaustiva búsqueda que emprendió esta madre durante 50 años con el único objetivo de recuperar a su hijo robado. Steve Coogan y Jeff Pope son los autores de un guión basado en el reportaje que realizó el periodista Martin Sixsmith, a quien interpreta el primero acompañado de la siempre infalible presencia de Judi Dench en el papel protagonista.

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Frears disfraza de comedia una película dura y triste pero que deja un agradable y satisfactorio sabor de boca. El director se apoya en un inteligente guión que dosifica la emoción y bordea siempre con sutileza el melodrama, sin caer nunca en la lágrima fácil y el simplismo emocional a pesar de que la historia parecía destinada a convertirse en una película de esas características. Ayuda también a construir este drama impecablemente acabado una Judi Dench que ofrece todo un recital interpretativo. La actriz británica compone un personaje complejo y muy humano, y está perfecta tanto en los momentos dramáticos -donde presenta sus miedos, su culpa, su remordimiento o su tristeza con ternura y sin caer en el patetismo- como en sus acertadas intervenciones cómicas. Philomena habla, en definitiva, sobre la necesidad de perdonar, que no es más que poder mirar atrás con remordimiento pero sin ira. De nada sirve odiar, aunque existan suficientes motivos para ello, pues el odio nos corrompe, nos aprisiona, no nos deja avanzar. Philomena lo sabe y por eso abraza el perdón en la escena final ante la atónita mirada de su compañero de viaje, que es incapaz de entender cómo esta mujer es capaz de redimir a la persona que más daño le ha causado en su vida. La película también funciona como denuncia de la hipocresía religiosa, representada en esas monjas que incumplen todos aquellos valores que con tanta entereza defienden –bondad, caridad o amor al prójimo-. La historia de esta mujer que no dejó de pensar ni un minuto de su vida en su hijo robado y que pasó 50 años de su vida buscándole supone un emotivo y necesario cuento que nos recuerda que pese a las adversidades que se nos planteen en la vida, siempre nos quedará fuerza y valor para afrontar nuestros mayores demonios. Philomena es el mejor ejemplo de ello.

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