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Skyfall, un clásico moderno

Por Adrián Pena

Skyfall, la entrega número 23 del agente 007, no es una película más de la saga. Sam Mendes, MGM y Daniel Craig, entre otros, se propusieron hacer el mejor trabajo de James Bond hasta la fecha. Y probablemente lo sea, Skyfall está en el top de películas sobre el agente secreto. Su conjunto es un equilibrio perfecto entre acción, drama, buenas actuaciones y una gran dirección.

Y es que pocas veces hemos visto una estrategia tan inteligente por parte de la productora a la hora de hacer una entrega de Bond. Pocos han sido los directores de renombre que se han arriesgado a asomar en la saga del espía de Ian Fleming. La elección de Sam Mendes como director no sólo es buena sino que es un plus que asegura que el espectáculo no va a defraudar. Durante los últimos 20 años ningún director, salvo Martin Campbell en Casino Royale, ha conseguido dar con la tecla de un producto sólido además de entretenido. En ese apartado es donde Sam se desmarca del resto, el entretenimiento es mejorado gracias a su visión como director y a un plantel que hace un buen trabajo. Daniel Craig y Judi Dench no se ven solos ante el peligro por esta vez, junto a ellos hay unos buenos Ralph Fiennes y Naomi Harris, y un espectacular Bardem. Por fin un villano a la altura de Bond, un digno enemigo al que enfrentarse, un actor que no sólo hace de malo sino que se lo cree y hace que nos lo creamos.

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A pesar de todo ese dramatismo y oscuridad el espectador no se siente atacado por un nuevo producto -para nada-, el estimulo que provoca este 007 es satisfactorio; y es que no hay nada mejor que ver un trabajo bien hecho. Y esa es la base en cuestión del film. Un trabajo que el director de orquesta se ha encargado de que salga de la mejor manera posible. Para ello Sam Mendes cogió un buen puñado de buena materia prima y la convirtió en un clásico moderno. Hay claros tintes de El Caballero Oscuro en ella, claro que un paso por detrás, pero esas pautas “nolanistas” dan igual si el producto resultante es bueno. Este Bond esta al nivel del mejor Jason Bourne, siendo entretenido y eficaz en cuanto a conjunto. A la dirección y reparto hay que sumarle unas excelentes localizaciones, como es costumbre en la saga; Mendes nos regala unas exquisitas postales de Estambul y Shanghai mientras fluye la acción, para finalmente volver donde todo se inició, a su Inglaterra natal. La Gran Bretaña testigo de tantas cosas, del nacimiento de James Bond entre otras. Ahí es donde se desarrolla el grueso de la trama y ahí es donde todo finaliza, donde comenzó. James Bond vuelve a los orígenes, a eso que hace, mucho tiempo se perdió, vuelve a ser el Bond que todos siempre imaginamos, desde el principio hasta el final.

Mendes, Sam Mendes, recuerden el nombre del director que dio el empujón definitivo a un personaje clásico del cine. Un cineasta con licencia para seguir rodando. La mejor decisión de MGM, que contará con él para la siguiente entrega, sinónimo de que algo ha hecho bien. Si son inteligentes deberían seguir contando con cineastas británicos de su talla, Nolan, Boyle, etc., directores que saben que espectáculo y bien hecho pueden ir de la mano. Una joya para la eternidad.

El Bond de antaño quedó atrás desde la elección de Craig y muy difuso desde que Mendes cogió las riendas. El nuevo agente sigue siendo un galán, pero no es el caballero que fue Brosnan, no hay gracietas ni chistes fáciles. La chica Bond sigue apareciendo pero relegada a un segundo plano. Este nuevo 007 se rige de lo vivido, tiene su corazoncito y sus sentimientos pertenecen a la mujer que perdió en Casino Royale. Todo lo trágico pasado con anterioridad en Bond es lo que hace que esta entrega sea más oscura y dramática que nunca, en la primera entrega ya se veían pinceladas de cómo iba a ser este nuevo agente secreto y aquí se ve el resultado definitivo de un personaje con un carisma especial.

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