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Sinfonías urbanas: El hombre de la cámara

Por Clara Castro

El hombre de la cámara es una película básica no sólo dentro de la historia del documental, sino para la historia del cine. Su artífice, Dziga Vertov, fue un innovador de la forma cinematográfica y sus estudios y teorías sobre el cine siguen vigentes a día de hoy. Y es que aunque Vertov (pseudónimo de Denís Abrámovich Káufman) comenzó como poeta, su pensamiento vanguardista y su relación con el Régimen Ruso le encaminaron pronto hacia el medio cinematográfico.

Comenzando su carrera gracias al Comité de Cinematografía de Moscú en proyectos como el Kino- Nedelia (un noticiario semanal propagandístico), el Kino- Pravda (exhibiciones mensuales de periodismo cinematográfico, paralelas al Diario- Pravda, del Partido) y formando parte de iniciativas independientes, Vertov desarrolló un pensamiento muy específico acerca de cómo debería ser el cine y cómo éste debería ser utilizado. Para Vertov la ficción era una mentira, y sólo el documental era capaz de captar visualmente lo real y de transmitir de una manera eficaz el mensaje del Partido. Más perfecto que el ojo humano, para el cineasta polaco sólo el cinematógrafo podía abarcar el caos del mundo en su totalidad y sólo el montaje podía dotar de sentido a ese caos. Influenciado en gran manera por el movimiento futurista (y viviendo en una sociedad en pleno desarrollo industrial), Vertov estaba fascinado por el ritmo y el movimiento mecánico, y el montaje era para él la materialización de esos procesos de movimiento y ordenación.

Es en este contexto ideológico y social en el que se gesta El hombre de la cámara.

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Funcionando como un “caleidoscopio de la vida soviética” en el que se acompaña al hombre de la cámara durante sus movimientos por San Petersburgo un día cualquiera, este documental parte de dos premisas básicas: la primera (enunciada por Vertov ya desde la propia introducción) identifica El hombre de la cámara como un experimento visual que tiene como objetivo la creación de una obra con un lenguaje absoluto y único (sin ninguna participación de elementos de otras artes, como actores, escenarios o interítitulos); la segunda aparece en los primeros segundos del documental y muestra al mismo tiempo a la cámara y al hombre de la cámara manejándola: el espectador comparte desde el primer momento la doble realidad de lo que ve, la puesta en escena (destruyendo el artificio) y la propia obra. Así, El hombre de la cámara está compuesto tanto por la visión sobre el operador (colocando la cámara, filmando, luchando por encontrar la mejor toma o rompiendo la 4ª pared al interactuar con lo filmado) como por las acciones y realidades que él registra. Estas realidades lo abarcan todo: desde lo más “inofensivo” y cotidiano (como los comercios, las profesiones, la ciudad…) hasta lo más privado y escabroso (como las mujeres desnudas, el parto, el funeral, la firma de las actas de divorcio, etc.)… no hay ningún lugar o situación al que la cámara no pueda llegar.

Destacando por un planteamiento visual innovador e influenciado en gran manera por las vanguardias, como evidencia la incidencia de contrastes o los emplazamientos de cámara inusuales (utilizando mucho el picado,que se puede apreciar también en el trabajo de otros coetáneos, como el fotógrafo ruso Aleksandr Rodchenko), por lo que sin duda El hombre de la cámara causó un gran impacto fue por su particular uso del montaje.

En un gran momento de innovación dentro de la cinematografía rusa (por ejemplo, El acorazado Potemkin de Eisenstein se había estrenado en 1925) Vertov confía en el montaje como la única forma de conseguir una ordenación de los materiales adecuada para transmitir una determinada idea. Sin una planificación o estructura determinada, El hombre de la cámara se articula mediante diferentes asociaciones: diferentes escalas de planos, sucesión de elementos iguales para buscar la repetición, juegos de rítmicos que culminan (casi) siempre en el caos y el descontrol… Pese a que las secuencias no están relacionadas a priori en el montaje se les dota de un sentido que las aúna y las hace partícipe de una misma realidad (como, por ejemplo, se muestra en la secuencia del tren y de la chica durmiendo intranquila).

Por otra parte, se combinan también distintos materiales (negativos, fotografías, película) y técnicas (stop motion, animación, imágenes superpuestas…) que consiguen que El hombre de la cámara se presente como una obra compleja con innovaciones en todas sus capas.

Lamentablemente, el cambio de rumbo y de objetivos del arte revolucionario ruso (más enfocado ahora en conectar con el pueblo y en transmitir un mensaje muy comprensible) relegaron a Vertov y a sus obras, consideradas demasiado experimentales y complejas. Sin embargo, esta obra ha logrado demostrar su validez trascendiendo a su tiempo y a sus coetáneos y haciendo de Vertov uno de los cineastas más imprescindibles del pasado siglo.

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