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Sin miedo a volar

Por Enrique Fernández Lópiz

Birdman, película dirigida por el genial mejicano Alejandro González Iñárritu, con un gran guión del propio González Iñárritu junto a Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris y Armando Bo. Música de lujo de Antonio Sánchez, y gran fotografía multipremiada de Emmanuel Lubezki, fotografía en la mayor parte del tiempo cámara secuencia.

Reparto de lujo con Michael Keaton, excelente como actor principal: ¡la estrella del film! ¡Una resurrección como actor! Emma Stone, estupenda y muy expresiva en su rol de hija del protagonista, con sus gigantes ojos; Edward Norton, sensacional en su papel de actor petulante, personaje en el que Norton disfruta mostrando sus cualidades para las réplicas feroces y la tendencia a la arrogancia, lo cual el actor balancea con su habilidad para dibujar rasgos de fragilidad con su mirada melancólica; Zach Galifianakis, gran actuación como productor de la obra teatral en ciernes; Naomi Wats, bellísima; Andrea Riseborough, absolutamente convincente y hermosa; y así el resto de actores y actrices como Amy Ryan, Merritt Weber, Joel Garland, Natalie Gold, Clarck Middleton, Bill Camp, Taena Byrd, Anna Hardwick y Stefano Villabona. Las actuaciones de Keaton y Norton nos recuerdan sus mejores momentos.

Un actor, cansado después de la fama conseguida interpretando a un conocido superhéroe, hace un esfuerzo por hacer un viraje a su existencia rutinaria, e interpretar y dirigir un papel en una adaptación suya que se estrenará en Broadway, y a la vez recuperar a su familia y sentirse él mejor en todo sentido. El que fuera un superhéroe de fama en los 80, se empeña en transmutarse en un acreditado director de teatro en busca del éxito. El mismo que hiciera películas para centros comerciales de segundo orden, quiere ahora, a la vejez, el respeto de la distinguida grey del espectáculo.

Premios y nominaciones en 2014. Globos de Oro: 7 nominaciones incluyendo Mejor película – Comedia o musical. Premios BAFTA: 10 nominaciones incluyendo Mejor película. Festival de Venecia: Sección Oficial. American Film Institute (AFI): Top 10 – Mejores películas del año. National Board of Review: Top 10, Mejor actor (Michael Keaton) y actor secundario (Edward Norton). Críticos de Los Angeles: Mejor fotografía. Independent Spirit Awards: 6 nominaciones incluyendo Mejor película. Premios Gotham: Mejor película y mejor actor (Michael Keaton). Satellite Awards: 10 nominaciones incluyendo Mejor película. Sindicato de Actores (SAG): 4 nominaciones incluyendo Mejor reparto. Critics Choice Awards: 13 nominaciones incluyendo Mejor película. Críticos de Chicago: Mejor actor (Michael Keaton) y Mejor fotografía. O sea, un curriculum magnífico pero que podría ser mejor.

Lo primero que se me ocurre en tono humorístico es que Birdman es un film de altos vuelos. No creo equivocarme si digo que es una cinta cuya realización ha exigido un gran esfuerzo y habilidad, o sea, un espectacular “tour de force” visual original, poco común. Y todo, apuntando a un relato que analiza con agudeza la cambiante naturaleza de la fama y la popularidad.

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Al salir del cine, una pareja decía en un audible tono: “Es una película rara” ¿Lo es? La verdad es que para llevar al celuloide hoy una realidad de vida, creo que no hace falta utilizar tópicos o recursos manidos. Se puede y se debe hacer con la metáfora y una trama indirecta, que obviamente nos conduce al lugar oportuno, al sitio en el que la vida se hace realidad, recursos a través de los cuales podamos ver y entender mejor una vívida situación. El caso que nos trae la película Birdman es doble. Por un lado toca el tema, tan de actualidad en nuestra sociedad, de la fama; y en segundo extremo habla del esfuerzo de cambio que en ocasiones hay que realizar para no quedar en la posición fácil de anclarnos en lo que siempre hicimos, sin arriesgar ¡Cuántas personas acaban su vida profesional o artística o lo que sea, en el mismo registro, manteniendo el statu quo de siempre, sin prosperar, sin progresar a cotas más elevadas! Como dice Martínez en relación a este aspecto que apunto: “La historia de un hombre lanzado al laberinto del ‘backstage’ de su propia obra (su existencia quizá) ofrece al espectador un enfebrecido juego de espejos en el que, en efecto, no es difícil verse reflejado. La enfermedad de un hombre en conflicto entre lo que quiso ser y lo que necesariamente es, se antoja demasiado parecida al padecimiento de cualquiera”. No se puede decir mejor.

La película de Iñárritu implica también un giro en su propia carrera, incursionando en un mundo nuevo, el de la tragicomedia surrealista. Y de paso también Hollywood hace un viraje en el que se da un tajo en la yugular, en una especie de radical autoexamen y auto crítica, siempre, claro, con el objetivo de mantenerse a flote. Sacar partido a sus entrañas en la manera concreta de dinero y prestigio. Lo cual que Iñárritu ha comprendido a la perfección y plasmado en esta película que algunos espectadores califican de extraña, pero que no tiene nada de inaudita.

Iñárritu, como decía, da un giro importante en su quehacer cinematográfico, estancado en cierto tremendismo (Amores perros, 2000; 21 gramos, 2003; o Babel, 2006), y hace una propuesta aventurada, esencialmente visceral y furibunda. Se mete de lleno en una trama de capas superpuestas, no exenta de elementos fantásticos en ocasiones. Es un film sobre el mundo del teatro, el ego de los actores, la búsqueda del auténtico arte, la esencia de las relaciones humanas y la indagación desaforada del amor, las relaciones paterno-filiales, las dudas del creador y el intérprete, el proceso creativo, las miserias de los críticos de teatro, y en general de los críticos de arte, las dificultades de triunfar sobre un escenario, y todo ello encarnado en un actor, antigua estrella de súper héroe en la ficción, que ahora busca redimirse adaptando, no sin riesgo, una obra teatral en Broadway. Concretamente una obra del conocido escritor Carver: De qué hablamos cuando hablamos de amor.

En este punto creo que debo dedicar unas líneas a la obra que vertebra la trama del film. De qué hablamos cuando hablamos de amor (What we talk about when we talk about love, 1981). Se trata de un libro de relatos de Raymond Clevie Carver (1938-1988), donde se habla de qué entendemos cada uno por amor. Es una obra dura, subjetiva, que te hace comprender o sentir compasión por los personajes y las situaciones que en breve tiempo se les van planteando. Carver es un exponente de la literatura minimalista que se denominó Realismo sucio”. La elección de Carver en el film casa con la idea extendida de que él fue considerado un escritor de moda, un icono que América “no podría darse el lujo de perder“, según Richar Gottlieb, entonces editor de New Yorker. Su mejor cuentista, uno de los mejores del siglo junto a Chéjov, en palabras del novelista chileno Roberto Bolaños. O sea, un hombre de éxito reconocido. La atmósfera y los personajes de un autor cimero en el panorama literario de los ochenta en los EE.UU. Parejas que se despedazan, compañeros que parten desesperadamente a la aventura, hijos que intentan comunicarse con sus padres sin éxito, un universo injusto, violento, tenso, a veces irrisorio… En palabras de Roberto Fernández Sastre, Carver «no designa lo intolerable, sino que lo nombra. Sin concesiones hacia nada ni hacia nadie, rescata lo real en su esencialidad amorfa y brutal».

Pues bien, con estas mimbres el protagonista hace una adaptación teatral, en paralelo a su propia vida de amores y desamores, mujeres, ex mujer, hija drogadicta, él alcohólico, él intentando dejar atrás su pasado trivial se súper héroe para triunfar con un arriesgado proyecto que ya ha sido sentenciado a priori por la más influyente crítico de arte de arte en Broadway, una mujer seca e incisiva que le ha jurado matar la obra con su crítica justo tras el estreno, aunque ella no haya asistido a ningún preestreno ni ensayo ni sepa nada de la obra.

Maravillosa en su (i)lógica, en su desmesura, en su humor negro y en su huida del realismo”, según escribe Ocaña. Un cine que se aparta de las normas clásicas del hacer cinematográfico tradicional de puesta en escena y montaje. Estamos ante una obra turbadora, independiente y que deja abiertas las puertas de la interpretación, tanto como su esplendoroso y misterioso final.

Iñárritu y Keaton nos enseñan que los auténticos superhéroes también tienen miedo, solo que no hay traje ni coraza capaz de proteger al artista de sus propias limitaciones, del pavor a estancarse y del pánico a innovar”, dice Marín Bellón. Y yo añado: amigo, ve a ver esta película y disfrútala, es un film de excelencia, llegará a ser de culto; podrás sentir el aliento del arte de altura, tanto, que en este film los personajes vuelan de manera rigurosa y veraz.

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