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Sexo, drogas y dólares

Por Jorge Valle

Pocos temas han gozado de tanta repercusión en el mundo de la literatura y el cine como el llamado “sueño americano”. El arte del último siglo está repleto de personajes que aspiran a conseguir un éxito –normalmente económico- que les sitúe por encima de sus vecinos, siempre mediante las habilidades de cada uno y los frutos del trabajo personal. En este camino hacia la prosperidad, poco importan las consecuencias que nuestros actos puedan tener sobre los demás. El éxito de uno conlleva el fracaso de otro, pues a menudo interesan más los fines que los medios. De nuevo, la fiebre capitalista que ciega a los hombres con la peor y más adictiva de las drogas, el dinero, responsable directo de la concepción materialista de la felicidad –terriblemente generalizada- que asola a la inmensa mayoría de la sociedad y que ya retrató de forma magistral Sam Mendes en la oscarizada American Beauty. En este caso, el director británico apunta su crítica hacia la clase media, representada por ese Lester Burnham (Kevin Spacey) inmerso en un vacío existencial y un mar de frustraciones personales. En El lobo de Wall Street, la última película de Martin Scorsese, el protagonista ya no es un hombre “corriente”, sino un millonario y drogadicto corredor de bolsa que no tiene ningún reparo en engañar a la gente para enriquecerse él mismo. Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio, en su quinta colaboración con Scorsese) comparte con el protagonista de American Beauty mucho más de lo que pueda aparentar a simple vista: los elegantes y rapidísimos coches, las rubias pechugonas de curvas seductoras, las mansiones de lujo en islas paradisíacas… no hacen más que enmascarar la terrible verdad de este neoyorquino, cuya pasión desmesurada por los dólares no le permiten disfrutar de la amistad –la traición final de su compañero de juerga Donnie (Jonah Hill)-, el amor –el fracaso de sus dos matrimonios- o la familia. Lester y Jordan son dos hombres anclados en una vida vacua y sin sentido, de la que el primero intenta salir mediante el escarceo con una joven adolescente, y el segundo, mediante el sexo, las drogas y el dinero.

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Leonardo DiCaprio, en el que posiblemente sea su mejor papel hasta la fecha, está insuperable como este joven que, en su búsqueda del sueño americano, pronto descubre que tendrá que dejar a un lado sus valores y mirar siempre hacia él mismo si de verdad quiere triunfar en una sociedad en la que lo único que importa son los ceros que engrosen las cuentas corrientes. Él y su manada de lobos disfrutan empobreciendo a la gente y, envueltos en un mar de dólares, no dudan en entregarse a la lujuria, a todos los vicios y tentaciones –cuantos más, mejor- y al goce de los placeres más carnales de la vida. El Scorsese más exagerado y divertido que se recuerda no duda en presentar todo un arsenal de escenas –dispuestas en un montaje frenético que no deja apenas respiro- destinadas a presentar las juergas, los colocones, las orgías y, en definitiva, todos los excesos de este grupo de ladrones vestidos de etiqueta. No llevan pistolas en el bolsillo de sus americanas ni están familiarizados en los asesinatos, pero no son muy distintos de los mafiosos y gánsteres de Uno de los nuestros (1990). Lo preocupante es que sus delitos, que están mejor vistos y más generalizados, se producen en la Bolsa, que parece mantenerse siempre en el filo de la legalidad, orquestada por el implacable capitalismo financiero que ha sido responsable, gracias a “lobos” como este Jordan Belfort que existió en realidad y en cuyas memorias está basado el libreto de Terence Winter, de la crisis económica que hoy asola el mundo occidental.

Quizá sobran veinte minutos que no aportan nada a la trama y que solo le sirven al director para recrearse en la demasía, pero poco más se le puede achacar a esta película, donde todo es tan desmesurado y formidable que uno se queda con la boca abierta desde el primer minuto de la cinta para no cerrarla hasta el final. La carrera de premios parece haberse decantado más por La gran estafa americana, de temática similar y mucho más accesible tanto para el público como para los académicos. Seguramente, como ocurre con casi todas las obras de gran calidad, El lobo de Wall Street, rodada con un estilo más brutal y complejo, requiera más tiempo para que se aprecie todo su potencial y no sea recordada como un simple y excelente entretenimiento, pues detrás de cada gramo de heroína, detrás de cada palabra malsonante, detrás de cada polvo con prostitutas sin complicaciones sentimentales, se esconde una profunda y muy buena crítica no solo a la sociedad capitalista, sino a la propia condición humana abocada a la ambición y el ansia de poder –que en la actualidad es sinónimo de dinero- y que no dejan espacio para las cosas verdaderamente importantes de la vida. El triste pero merecido final de Jordan Belfort es prueba de ello.

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Comentarios

  1. Esteban Rojas

    He visto el Lobo de Wall Street ya un par de veces y es un peliculón, para mi es indiscutible que el mejor actor de Hollywood en la actualidad, por lejos Leonardo Dicaprio y junto a Scorsese hacen una dupla extraordinaria, ya es hora que le entreguen el Oscar a Leo es lo más justo, aunque la tiene muy difícil considerando el tremendo papel de Matthew Mcconaughey en Dalla Buyers Club. Excelente crítica a una cinta que para mi es de la mejores de Martin Scorsese, me gusta mucho más que The departed, disfruto mucho su página, el cine es lo mejor y más hermoso que existe, es una adición, pero una bella adicción, saludos desde Chile.

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