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Secretos en la marisma

Por Jorge Valle

En True Detective (2013), la serie revelación del año pasado en la que una pareja de detectives intentaba resolver un extraño crimen en el sur de Louisiana, el director Cary Fukunaga y el guionista Nic Pizzolatto consiguieron crear un producto original, insólito y extremadamente atractivo dentro de un género que parecía agotado. Las claves de su éxito residían en la ambientación sombría y tenebrosa en la que se desarrolla toda la trama, en las difíciles personalidades de los protagonistas, avocadas irremediablemente a un choque visceral, a la complejidad de la narración, dividida en dos esferas temporales que dialogan entre sí, al virtuosismo de la imagen para retratar lo peor que cada uno de nosotros llevamos dentro, que es, en definitiva, el denominador común del género, como puede comprobarse en las perturbadoras Seven (1995) y Zodiac (2007). Muchos han calificado a La isla mínima (2014), la última película de Alberto Rodríguez doblemente premiada en el Festival de San Sebastián y aclamada unánimemente por la crítica, como la “True Detective española”, un calificativo que honra la enorme e indudable calidad de la cinta pero que puede generar la impresión de que estamos ante una simple imitación. No es el caso: La isla mínima posee una personalidad y una entidad propias, a pesar de que las confrontaciones entre Pedro (Raúl Arévalo) y Juan (Javier Gutiérrez), dos policías de métodos opuestos que son enviados a Andalucía a resolver la desaparición de dos jóvenes, remita directamente a los personajes interpretados por Harrelson y McCounaghey.

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Alberto Rodríguez supera su notable Grupo 7 (2012) para firmar uno de los thrillers más potentes y agobiantes que se han visto en mucho tiempo, consiguiendo un magnífico suspense de principio a fin, dejando con ganas de más. El suyo es un ejercicio fílmico que envuelve, que atrapa, que sobresale en todos los aspectos. Las interpretaciones de Arévalo y Gutiérrez son una obra de arte, al igual que el guión lleno de recovecos que firman el propio director y Rafael Cobos y la fotografía de Álex Catalán, capaz de hacer poesía en lo más oscuro y espantoso de las marismas del Guadalquivir. La isla mínima penetra, además, en la España de la Transición para reflejar la pobreza, el caos anárquico y la corrupción de un país que intenta olvidar su pasado y construir un futuro, como queda reflejado en la escena en la que Pedro rompe la foto de su compañero, metáfora de la ruptura y decadencia de unos ideales y valores que llevan cuarenta años gobernando España. Estamos, en definitiva, ante todo un logro para cine español y para la carrera de un director que ha vuelto a demostrar su habilidad para colocar la cámara en el ángulo exacto en el que las debilidades y secretos de los personajes salen por un momento a la luz, teniendo el espectador la tarea de reconstruir su propia imagen de ellos. Nada es lo que parece en este enredo de desapariciones, asesinatos, mentiras y cuestionables métodos. Y es que la línea que separa al policía del asesino es tan fina en este caso que, una vez resuelto el crimen, uno no sabe muy bien si el verdadero monstruo de la historia ha sido identificado. El demonio siempre tiene dos caras.

Comentarios

  1. Miguel Ávalos

    Gran película ¡Si señor! Los dos Actores principales, Raul Arévalo y Javier Gutiérrez, se meriendan la pantalla.
    Películas así hacen falta en el Cine de España todos los años

    ¡Un saludo Jorge y gracias por el artículo!

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