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Sarcoma de Kaposi

Por Manuel G. Mata

Han pasado casi 20 años desde que se estrenó esta sensacional película. Aún no se tenía tanta información sobre el letal virus que aterrorizó a la población mundial en los noventa, llevándose a miles de personas del mundo occidental por delante y, aunque ahora existen tratamientos para llevar una vida normal a pesar de ser portador del virus, lo cierto es que éste sigue masacrando a los más desfavorecidos, aquellos que no se pueden permitir tratamientos retrovirales (muy especialmente en África). Retomando la producción, lo cierto es que a mediados de los noventa esta película sorprendió a crítica y a público porque desenterró varios tabúes que existían en la sociedad occidental: el de la discriminación homosexual y el de la discriminación por ser portador del virus del SIDA. Hoy es prácticamente imposible encontrar a gente que no conozca esta enfermedad, y todos los que hemos recibido una educación en la que han estado muy presente la información sobre enfermedades de transmisión sexual, sabemos que no es sólo una enfermedad propia de la gente homosexual, el SIDA no entiende de eso. Pero hace 20 años, esta película supuso un antes y un después, sobre todo, para el gran público, pues pocas producciones (salvo algunas que no llegaron a todo el público a nivel internacional) habían tocado el tema con tanto respeto, valor y, sobre todo, con tanta humanidad.

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En la película contemplamos la lucha de Andrew Beckett (Tom Hanks, papel que le valió su primer Oscar de la Academia, que repetiría año después por su papel en Forrest Gump) un abogado que es despedido por la pérdida de un documento de vital importancia para el bufete de abogados en el que trabaja, aunque él sospecha que ha sido saboteado porque alguien se ha enterado de su condición sexual (es homosexual a pesar de que no ha compartido su inclinación con nadie) y de que es portador del virus del SIDA (enfermedad que también mantiene en secreto) y lo sospecha debido a que uno de sus jefes le descubre una mancha en la frente, concretamente un sarcoma de Kaposi, una alteración utópica que suele aparecer en los enfermos de SIDA. Beckett comienza su particular guerra para hacer justicia, pero es rechazado por todos los abogados a los que acude pidiendo ayuda salvo por uno que, a pesar de sus dudas y de su particular “homofobia” (más que homófobo, tiene un concepto de la homosexualidad muy retrógrado), decide ayudarle (interpretado por Denzel Washington). Desde el primer minuto somos conscientes del calvario de nuestro protagonista, que pasa de la gloria laboral en infierno en lo que dura un apretón de manos.

Tras un inicio narrativamente prometedor en el que se pone toda la carne en el asador, la cinta consigue no sólo mantener la tensión narrativa, sino adentrarte en el drama que viven nuestro protagonista y su abogado a medida que avanza la trama. Mientras más degrada la enfermedad a Beckett, más se intensifica el drama,  y más vivimos la película, que es de principio a fin formidable. La subtrama del abogado de Beckett, Miller, es posible que no esté a la altura en comparación, pero lo cierto es que ayuda de manera notoria a comprender los miedos, la personalidad y la inseguridad que vive durante todo el proceso, por lo que es brillante (genial el momento de la proposición en la tienda, en la que demuestra de una manera formidable la manera en la que piensa, tras haber conocido a una persona tan excepcional como Beckett). Me sorprendió la reacción de la familia de Beckett, pues a pesar de que su condición y su enfermedad podrían causar cierto rechazo, se utilizan de una manera tierna, que ayuda a conocer todavía más el lado más humano de Beckett. Durante la película se emplea una fotografía llena de detalles importantes que no pasan por alto, como los planos de las manos (la gente siente rechazo a estrechársela a Beckett por miedo a ser contagiado) y primeros planos de los protagonistas, muchos de ellos con visión subjetiva, utilizando este recurso de una manera asombrosa para que el espectador pueda vivir todos los puntos de vista que se exponen en la cinta dirigida por Jonathan Demme.

Una película necesaria para comprender el drama del SIDA, o al menos para comprender su impacto en el mundo occidental, que además cuenta con una banda sonora excepcional. Bruce Springsteen se llevó el Oscar por la canción Streets of Philadelphia, pero lo cierto es que me quedo con el temazo final de la película, el también nominado al Oscar Philadelphia, de Neil Young. Me parece muchísimo mejor. La piel de gallina al escucharlo.

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Brillante la escena en la que Beckett escucha a María Callas, tan intensa y emocionante como los momentos finales del juicio.

Imprescindible film.

Comentarios

  1. Iñigo

    Tú lo has dicho, amigo: imprescindible.

    -”Aquí tiene mi tarjeta…”
    -”¡Eh, usted es el tipo de la tele!”
    -”Sí, amigo.”

    Por diálogos como ese merece la pena.

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