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Sadismo oral y el terrorismo del cotilleo

Por Enrique Fernández Lópiz

La historia de este film La calumnia se desarrolla en una pequeña ciudad en la que dos emprendedoras y agradables mujeres: Karen Wright (Hepburn) y Martha (MacLaine), fundan y dirigen una exitosa escuela muy exclusiva para niñas bien. Las educadoras siguen un protocolo educativo que una niña en concreto no tolera bien. Esa niña es una alumna perversa y maliciosa, que hace lo imposible para vengarse por un castigo que ha recibido. Por casualidad, la tal niña escucha un comentario que atrapa al vuelo, aunque no sepa a qué hace referencia. El tal comentario es distorsionado por la jovencita, quien acusa a las maestras ante su abuela con la que vive. Viene a decir que son unas mujeres raras y fuera de lo común, con un comportamiento reprobable que trasluce un romance entre ambas educadoras. Esos rumores escandalosos se extienden como la pólvora por la comunidad escolar, incluyendo a los padres. Cuando el embrollo está en su punto álgido, un médico a la sazón novio de Karen interviene, pero con tibieza, para solucionar el problema y restaurar la normalidad y el buen nombre de las afectadas. Pero las cosas se han precipitado de una forma que aunque las evidencias acaban siendo palmarias, las repercusiones son ya irreversibles, devastadoras y trágicas para la vida de ambas profesoras. Un auténtico drama humano.

La película está magistralmente dirigida con toda la tensión y el drama que la historia requiere por un gran William Wyler (1902-1981), director a quien respeto y admiro por obras de la talla como Jezabel, 1938; Cumbres borrascosas, 1939; Los mejores años de nuestra vida, 1946; La heredera, 1949; Vacaciones en Roma, 1953; Ben-Hur, 1959; o El coleccionista, 1965 entre muchas otras. Es un director polifacético y que lo hizo bien casi todo, con su propio sello. No en vano ganó cuatro Oscar en prolongada carrera. La mismísima Bette Davis llegó a decir en varias ocasiones, que Wyler fue el único director que supo dirigirla correcta y completamente.

El guión de Lillian Hellman es de una enorme calidad, con un excelente adaptación de la obra teatral de Lillian Florence Hellman, The Children’s Hour, de 1934; Hellman fue una dramaturga y guionista de cine estadounidense conocida por su compromiso político con causas de la izquierda política. La música de Alex North es excelente y acompaña muy bien el drama; y la fotografía de Franz Planer en blanco y negro roza la perfección.

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El reparto es de lujo con una inspirada Audrey Hepburn maravillosa y una Shirley MacLaine que sintoniza y traslada su problemática fuera de la pantalla: dos actrices ejemplares, llenas de vigorosa inteligencia. En el reparto está igualmente un correcto y profesional James Garner; Miriam Hopkins, muy bien; Fay Bainter, una veterana y gran actriz con un Oscar a sus espaldas, que está genial en el rol de abuela confundida por su pérfida nieta; y acompañan con enorme soltura y profesionalidad Karen Balkin, Veronica Cartwright, Mimi Gibson, Debbie Moldow, Diane Mountford, William Mims y Sally Brophy; excelente todo el reparto.

En 1961 recibió los siguientes premios y nominaciones: 5 nominaciones a los Oscar, incluyendo actriz secundaria (Bainter) y dirección artística B&N. Globos de Oro: 3 nominaciones, incluyendo mejor director. Y es que, como escribió en su momento Morales, estamos ante un: Drama social de muy altos vuelos con un excelente trabajo de interpretación.”

Esta película, ya en aquellos entonces de 1961, osó abordar con valentía el tema de la homosexualidad femenina, algo en aquellos entonces más tabú aún, si cabe, que la homosexualidad masculina. Y lo hace con gran tacto, pero sin obviar un ápice la carga dramática de los acontecimientos que se suceden con este telón de fondo. Se dan miradas que expresan como nada los sentimientos de las protagonistas, y se muestra igual la herrumbre moral de un pueblo provinciano y timorato, con el acompañamiento de la difamación de una niña sin escrúpulos, que evidencian la enfermedad de una sociedad que no sólo ella está muerta por su cabal hipocresía, sino que es capaz de matar a sus víctimas en todo sentido, o sea, a los que son supuestamente “diferentes”: muerte social, laboral, espiritual e incluso física.

Quiero hacer un inciso y aclarar psicológicamente el perfil de tantas personas que como la despiadada niña de la obra, pueden acabar con la vida y la reputación de los demás.

En psicoanálisis, se habla de una “fase oral” en el desarrollo infantil, en el primer tiempo de la vida, donde la zona bucofaríngea cobra un papel predominante como área corporal especialmente sensible y erotizada. Pero esta etapa oral no sólo se centra en actuaciones como succionar o ingerir alimento, es decir, no es meramente incorporativa. Un discípulo de Freud llamado Karl Abraham, definió una oralidad en el bebé, que coincide con la aparición de los dientes, que denominó “sádico oral” (u “oral canibalística”). En esta etapa, el disfrute se produce con comportamientos igualmente orales, pero más activos como morder o “destruir” con los incipientes dientes el pecho materno u otros objetos que el niño se lleva a la boca. De otro lado, según la teoría psicoanalítica, en el transcurso del desarrollo van quedando en nosotros fijaciones o anclajes a estas etapas pretéritas, de los que derivan conductas ulteriores que provienen de estas fijaciones. Así, comer en exceso, beber en forma dipsómana, fumar, el gusto por el beso o el sexo oral, etc., son evidentes muestras orales que ejercemos de adultos. Pero no sólo ejecutamos las conductas más incorporativas, sino también otras vinculadas a una oralidad más activa como hablar, y dentro del hablar, que es algo evidentemente oral, el hablar mal de los demás, el chismorreo o la falsedad malsana. Estos hábitos se pueden considerar “sádico orales”, pues si bien no producen un daño físico como el morder, sí se producen un daño moral que destruye la reputación y el buen nombre de los otros, a través de las habladurías y las murmuraciones, quebrantando el honor y la honorabilidad de los demás. Algo muy usual, como todos sabemos.

Esta película es un ejemplo de ese “sadismo oral”, del chisme gratuito, la calumnia, la infamia vinculada al buen nombre de dos educadas señoritas y profesoras, a las que se vincula con una relación lésbica. Aquí no se trata de de la veracidad del hecho en sí, que finalmente se demuestra que no es así, aunque haya algo de ello latente, sino que todos los habitantes del pueblo son incapaces de reaccionar a tiempo y acabar con las habladurías, incluida la abuela de la niña quien reacciona tarde y mal con una oferta compasiva a destiempo; e incluso el novio de Karen, el señor médico, quien también ha dudado de su novia. El dolor de las dos mujeres frente a este estado de cosas es inmenso y sus consecuencias dramáticas sin paliativos.

Eso ocurre hoy mucho a través del mero cotilleo, pero también por la telefonía móvil, Internet o los medios de comunicación de todo cuño que se creen en el derecho de decir lo que se les ocurre con total impunidad. Sabemos de hombres, mujeres y familias enteras, rotas por ese paradigma que postula: “habla mal que algo queda”. Hasta el mismísimo Papa Francisco hace unos días, pidió cuidar estos comportamientos, advirtiendo a los miembros de la Curia que se alejen del terrorismo del cotilleo, que afecta a quienes no tienen coraje de hablar directamente a los otros.

Este film va de todo eso y por ello merece la pena que lo veáis. Es toda una lección y, quién sabe, tal vez algún o alguna chismosa, caiga en la cuenta de esa modalidad de “terrorismo”, como dijo el Papa, que es la calumnia. Esa especie de crimen con la palabra mordiente y sibilina.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=3DVPXMi56Iw.

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