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Retrato de una obsesión

Por Jorge Valle

La complejidad de la mente humana, todo un laberinto de enigmas fascinantes, ha atraído a numerosos realizadores a lo largo de la historia del cine. Uno de los últimos ha sido el director neoyorquino Darren Aronofsky, quien también se ha dejado seducir por ese lado misterioso, desconocido y casi siempre oscuro de nuestro subconsciente, capaz de manejarnos a veces como simples marionetas movidas por nuestros sentimientos y miedos más profundos, cuya presencia nos pasa desapercibida con frecuencia, quizá porque sabemos que asomarnos a lo más hondo de nuestro ser nos dejaría temblando. Después de conocer nuestra verdadera naturaleza es probable que no nos atreviéramos a mirarnos frente al espejo, un elemento casi omnipresente en Cisne negro, un hipnótico e inquietante thriller psicológico donde el reflejo de uno mismo adquiere una importancia capital. Nina Sayers (Natalie Portman), una bailarina de la compañía del ballet de Nueva York, reconoce a una chica inocente, dulce y tierna cuando se mira al cristal mientras realiza estiramientos y se calza las bailarinas en una de las primeras escenas de la película. Hacia el final de la misma, vuelve a observarse reflejada y, en esta ocasión, no reconoce a la persona que está al otro lado del espejo. Nina ha experimentado una progresiva metamorfosis en la que se ha entregado por completo a esa parte siniestra de la mente y el alma, cuya existencia le era desconocida, y que ha dado como resultado una persona más pasional, impulsiva y sombría, regida por los instintos más básicos –casi animales- y no por las tímidas y aburridas normas de su sobreprotectora y controladora madre (Bárbara Hershey). El cisne blanco –puro, casto y virginal- ha dejado paso al cisne negro –ardiente y tremendamente erótico-.

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Aronofsky nos muestra mediante una narración confusa y desconcertante a veces, pero siempre turbadora y sugestiva, el progresivo descenso a los infiernos de esta joven y brillante bailarina, obligada a sacar lo mejor y lo peor de sí misma para interpretar las dos caras del cisne en una nueva versión de El lago de los cisnes. Nina ansía por encima de todo la perfección, el éxito y la fama, cualidades que envidia de Beth (Winona Ryder), la bailarina preferida de la compañía que constituye un ejemplo a seguir para ella, pero también un reflejo del fracaso en el que podría caer. En su obsesivo camino hacia la excelencia, no duda en dejar de lado sus convicciones más firmes y someterse a los designios y exigencias del severo director Thomas Leroy (Vincent Cassel). La omnipresente y maravillosa música de Tchaikovsky dota de ritmo a una cinta de factura impecable –mención especial para la fotografía-, que absorbe al espectador desde el principio hasta el final gracias a la conseguida atmósfera, cercana a lo fantástico y lo onírico. Natalie Portman parece entregarse por completo a su personaje, al igual que Nina lo hace con el suyo. Su interpretación aúna la más que evidente trasformación física –llega a rozar la anorexia en muchos tramos de la película- con una capacidad magnética de reproducir el miedo y la obcecación y contagiárselos al espectador. Le acompaña Mila Kunis en un derroche de sensualidad y naturalidad que supone el gran descubrimiento de la cinta. Ambas están excelsas. El director de Réquiem por un sueño y El luchador ofrece, en definitiva, un retrato de la obsesión y de la encarnizada lucha entre los opuestos en la que el único perdedor es siempre uno mismo.

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