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Removiendo el pasado

Por Jorge Valle

La escena inicial de El pasado, la última película del iraní Asghar Farhadi, es la primera muestra, de entre las múltiples que podemos encontrar a lo largo de todo el metraje, de la excepcional capacidad de este director para la sugestión: Marie (Bérénice Bejo) ha ido al aeropuerto a recoger a Ahmad (Ali Mosaffa), a quien no ve desde hace cuatro años. La cámara nos muestra a ambos separados por un cristal, de manera que no podemos oír sus palabras ni escuchar su reacción, pero sus tímidas sonrisas les delatan. Un plano insonoro que lo dice todo sin haber dicho nada. Posteriormente, y también mediante la renuncia a la palabra y la apuesta por el detalle –ya sea un gesto, una mirada o un plano simbólico-, descubrimos que la relación que existe entre ellos está rota y que el fin del viaje del segundo desde Irán hasta Francia no es otro que firmar el divorcio y poner punto y final a su matrimonio. Apenas hemos escuchado nada, pero ya nos hemos introducido sin quererlo en el apasionante enredo emocional que se plantea en El pasado, donde el espectador va recogiendo pistas para ir conformando un auténtico laberinto en el que los personajes, muchas veces perdidos en su propio mundo interior, deambulan buscando una salida a sus problemas. Farhadi realiza, al igual que en su anterior obra, la oscarizada Nader y Simin, Una separación, un profundo y complejo análisis de la familia y las relaciones humanas, siendo fiel a su estilo de no dar respuestas y dejar que sea el espectador quien juzgue y saque sus propias conclusiones. Todo está narrado con una inteligencia extraordinaria y una ambigüedad que puede llegar a ser desesperante, pues nunca estamos seguros de qué quieren o qué buscan exactamente los miembros de esta familia francesa. ¿Cómo va a entender el público a unos personajes que ni siquiera se entienden a sí mismos?

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El pasado presenta varias historias donde los sentimientos ocultos, las mentiras y los secretos que arrastran sus personajes en el pasado, un monstruo que sobrevuela incesantemente sus vidas, les impiden proyectarse hacia el futuro. Samir (Tahar Rahim), el nuevo compañero sentimental de Marie, se pregunta, ya hacia al final de la película, si serán capaces de olvidar el pasado y construir una nueva vida juntos, sin las férreas y dolorosas ataduras del ayer. Su problema, y el de todos los personajes que pueblan la cinta, es su incapacidad para aceptar sus propios defectos y resolver los problemas y conflictos que surgen a lo largo de su vida, que prefieren dejar escondidos, latentes, siempre dispuestos a explotar en cualquier momento. De ahí que sean auténticas e hipersensibles bombas de relojería, lo que permite a los actores desarrollar todo su potencial interpretativo. Bérénice Bejo, premio a la mejor actriz en el pasado Festival de Cannes, donde se presentó la película, encarna a una mujer sufridora e incomprendida tanto por los hombres de su vida como por sus propios hijos, pero también es vengativa y manipuladora. Ali Mosaffa y Tahar Rahim, el protagonista de Un profeta, le dan réplica con dos interpretaciones más contenidas pero igualmente acertadas.

Todos son profundos, complejos e imperfectos, y es precisamente esa imperfección la que dota a la película de una humanidad y una veracidad absolutas. Nada parece impostado y, al igual que en Nader y Simin, Una separación, ese hiperrealismo artificial en el que se mueven los personajes de Farhadi, unido a la conseguida intriga que recorre todo el argumento, permite que el espectador conecte enseguida con los sufrimientos y los dilemas de cada personaje: el desamor y la traición de Marie, la duda de Samir, la incomprensión y la culpa de Fouad (Elyes Aguis) y Lucy (Pauline Burlet), los hijos de Samir y Marie que se ven envueltos en el enredo de sus padres, o la frustración de Ahmad. Es este último el que actúa como catalizador, permitiendo a los demás hablar para que salgan a la luz cosas que no se han dicho en mucho tiempo, y poder así dejar atrás el pasado para poder avanzar hacia el futuro, pues el peso de la culpa y el remordimiento les siguen frenando, al igual que la falta de sinceridad y responsabilidad sobre sus actos y decisiones les impide encontrar su propio lugar en el mundo. Y es que el perdón y la aceptación siempre deberían preceder al olvido, como demuestran esa tímida lágrima y esas manos entrelazadas del hermosísimo plano final.

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