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Recuerdos de un colegio cinéfilo, Don Bosco y el monstruo de la botella

Por Enrique Fernández Lópiz

Días de vino y rosas (1962), película dirigida por Blake Edwards del que dice Martínez, “arranca a Lemmon y Remick dos interpretaciones ebrias de puro genio”. Sin embargo, me permito hacer un inciso para preguntarme si realmente el petardo de Edwards fue capaz de realizar esta obra cumbre o contrató a otro para que lo hiciera en su nombre. En fin, sigamos. Es una historia que va de la alegría y el frenesí, al pozo oscuro con que el alcohol atrapa a tanta gente, un pozo llamado infierno, un camino que a veces no tiene punto de retorno. Y ello vertebrado por un genial guión de J.P. Miller que sabe llevar en el núcleo de la trama, una angustia que se apodera del espectador durante los 117 minutos que dura la película. Tiene una magnífica fotografía en blanco y negro de Philip H. Lathrop y la sobresaliente como siempre música de Henry Mancini.

Las interpretaciones son un punto y aparte. Por caballerosidad pero también por mi admiración hacia esta actriz que nos dejó prematuramente, creo que es de justicia calificar de sobresaliente para arriba el papel de Kirsten como beoda impenitente, interpretado por la maravillosa, bella y con una vis dramática única, Lee Remick. Remick sabe hacer de su interpretación un llanto, un “quejío”, un grito a la impotencia de no poder abandonar la ginebra que la mata; está magnífica, pura emoción. De Jack Lemmon apenas hay nada que añadir, es un actor privilegiado para poder obtener la expresión que necesita en cada momento, para expresar alegría, tristeza, dolor, zozobra. Ha sido y es un grande, uno de los actores principales del Hollywood de siempre que hace aquí uno de los grandes papeles dramáticos de su vida. Lemmon borda el papel de Joe y lo traslada como canto a la esperanza, de que es posible, que se puede dejar de beber, una enfermedad que afecta a millones de personas en el mundo. Y están igualmente geniales en el film Charles Bickford, Jack Klugman, Alan Hewit, Tom Palmer, Jack Albertson o Debbie Megowan.

Joe Clay (Lemmon), es un ejecutivo y relaciones públicas de una empresa importante de San Francisco. En el transcurso de una fiesta conoce a la bella joven Kirsten Arnesen (Remick), secretaria de un directivo de la casa, hija de una familia de origen noruego, educada en el rigorismo luterano. Al principio Kirsten se anda con cuidado con Joe, pues bebe demasiado y no parece de fiar. Pero poco a poco, Joe logra conquistarla con su simpatía y buen humor, al punto que contraen matrimonio; más adelante tendrán una hija, fruto de su unión. Joe aprovechó el gusto de su mujer por el chocolate cuando eran aún novios, para irla introduciendo en el mundo de la bebida con licores de chocolate o similares. En un punto de la historia, ambos están de pleno enganchados con el alcohol: un matrimonio empapado de alcohol, en el borde del abismo, presas de la señora botella, ama y señora de sus deseos. La trama seguirá por derroteros insospechados pues al final será él, el gran bebedor, quien logre salir de agujero negro de la bebida, mientras que ella queda atrapada definitivamente. Esta situación trágica es un desgarrador puñetazo en la cara del espectador.

Entre premios y nominaciones 1962-63 tiene: Oscar: Mejor canción. 5 nominaciones. 4 nominaciones Globos de Oro: Película drama, director, actor, actriz. 3 nominaciones BAFTA: Película, actor extranjero (Lemmon), actriz extranjera (Remick). Festival de San Sebastián: Mejor actor (Lemmon) y actriz (Remick). Habría merecido más.

Y ahora contaré mi historia de cuando vi esta película, mis impresiones y otras impresiones que me han llegado.

Vi esta película en el colegio. Era un internado de salesianos. Como es sabido Juan Melchor Bosco Occhiena, más conocido como San Juan Bosco o simplemente Don Bosco (1815-1888), fundador de la Congregación Salesiana y universalmente reconocido educador, es desde 1953 en España patrono de los magos e ilusionistas y también Patrón del cine (motivo por el cual los Premios Goya se entregan anualmente en torno al 31 de enero, que es el día de esta santo). Entonces, en el mundo salesiano siempre hubo mucha afición y afinidad hacia el Séptimo Arte. Y es que San Juan Bosco, además de sacerdote, en su juventud era saltimbanqui, ilusionista, hacía teatro, era muy sensible a las manifestaciones artísticas y aficionado especialmente al mundo de las artes escénicas. Cada domingo, Don Bosco montaba su propio espectáculo al cual asistía mucha gente para ver sus equilibrismos y números de magia, y luego los invitaba a entrar en la iglesia para asistir a misa.

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Hace ya algunos años, más de los que a uno le gustaría contar, era un hábito educativo en mi internado salesiano, suspender las clases toda una semana, para dedicarla enteramente al cine: ¡qué novedad! Nunca he conocido algo así. Cada día lectivo de esa semana veíamos entre dos y tres películas con sus correspondientes foros y debates. Y no creáis que eran películas ramplonas, eran las mejores, las clásicas del oeste, de intriga, bélicas, dramas, etc.: La diligencia, 1939 de John Ford; Ciudadano Kane, 1941 de Orson Welles; Los siete magníficos, 1960 de Sturges; El hombre que mató a Liberty Valance, 1962, de John Ford; El mundo está loco, loco, 1962 o ¿Vencedores o vencidos?, 1961 de Kramer; y algunas más duras como Qué fue de Baby Jane, 1962 de Robert Aldrich. En fin, fueron muchas, imaginad siete años de colegio cinéfilo. Pues bien, una de aquellas películas fue Días de vino y rosas. Todas estas pelis las visionábamos en un buen cine-teatro que allí teníamos. No sólo eso, sino que además, todos los domingos del año teníamos cine a la tarde-noche, amén de algunos días de entresemana. O sea, que nosotros vimos lo principal del cine clásico en el internado mientras cursamos el Bachillerato. Y a mí, además, me sonrió la suerte doblemente, pues también mis padres nos llevaban a los hermanos frecuentemente al cine, fuera del colegio, y lo hicieron desde que éramos muy pequeños.

Pues bien, recuerdo que algunas películas como Psicosis de Hitchcock de 1960; o Qué fue de Baby Jane; o Quién teme a Virginia Woolf, 1966 de Mike Nichols; etc. me produjeron gran desasosiego, pues claro, éramos niños (o más tarde adolescentes) cuando las vimos, y no sé si estábamos preparados para encajar aquellos dramones o pelis de intriga o terror. Pero no sólo a mí me sucedía eso. Hace apenas unos días, un compañero de colegio, Miguel L.L., desde Facebook me decía lo mucho que le impresionó este film que ahora comento y me pedía que hiciera una crítica a esta cinta. Y como quiera que no haga mucho que la volví a ver en TV, me dispongo a ello, y recuerdo en estas líneas a este buen compañero y amigo de internado, a quien sé que le gusta también mucho el cine por cierto. Dedico, pues, estos comentarios a mi amigo M.L.L.

Por empezar creo que Días de vino y rosas es una película que debería ver mucha gente, pues son también muchos los que abusan de le bebida diariamente, e incluso muchos los que en algún momento de sus vidas han abusado del alcohol. Tal vez sin llegar al extremo del film, pero esta obra es el paradigma de ese gran monstruo vivo y poderoso que es la botella para el bebedor y en el peor de los casos para el alcohólico, pues son dos cosas diferentes.

Digo esto porque una cosa es el bebedor que de tanto beber se torna adicto, y lo distingo de quienes no pueden probar una gota porque hay cierta predisposición constitucional que les impele a seguir bebiendo desaforadamente hasta caer al suelo. Estos últimos son los verdaderos alcohólicos. El alcoholismo es una enfermedad seria que hasta ahora sólo los Grupos de Alcohólicos Anónimos han sabido abordar con auténtica humanidad y efectividad.

Como digo, el alcohol es un monstruo para mucha gente. Pero mientras los monstruos de ficción pueden llegar a ser hasta simpáticos, la botella es como un engendro invisible y presenten en el imaginario colectivo en forma de padre, madre, amigo, hermano, vecino y tanta gente que echan por tierra su vida, su familia, su trabajo y su fortuna por engullir alcohol sin coto.

Un bebedor que vio este film hace la siguiente reflexión: Cierto día contemplé un reflejo en la ventana y pude observar unos ojos dependientes de un último trago, una barba sin arreglar y una mueca desesperada. Al principio no me reconocí, me dio igual, y a mi paladar sediento también. O como decía un genial y atormentado Francis Scott Fitzgerald: Cuando bebo veo cosas (sin duda en alusión al delirium tremens del alcohólico). O el gran escritor Truman Capote dijo, incluyéndose él: “Todos los escritores, grandes o pequeños, son bebedores compulsivos, porque empiezan sus días totalmente en blanco, sin nada”.

Antes y después de esta película, otras han tocado el tema del alcohol. Por ejemplo, brillante, trágica y angustiosa es el genial film Días sin huella, 1945 de Billy Wilder nada menos; y más recientemente una peli más mediocre pero igualmente agobiante fue Leaving Las Vegas, 1995 donde un Nicolas Cage bebe hasta caer exhausto. Pero para mí, la que mejor ha tocado el tema es Días de vino y rosas, toda una apoteosis de emoción e inquietud. De cómo el alcohol proporciona unos instantes de aparente felicidad (días de rosas) y un largo desierto de páramo y desdicha (días de vino)

La película es buena de principio a fin. Hay escenas memorables, como cuando Jack Lemmon busca la botella en el invernadero, una escena gloriosa y conmovedora. Y hay otra escena cuando Kirsten, ebria un motel de cuarta, le suplica a su esposo que había ya dejado la bebida que tome unos tragos con ella, que no la deje sola. Al principio él se niega pues sabe bien que empezar de nuevo será su perdición; y tiene una hija a su cargo. Pero su esposa se lo suplica. Él, ya en la puerta, se compadece por amor y bebe una copa con ella y la besa. Esta escena es también de alto voltaje.

Dos personas engullidas una y otra vez por un monstruo implacable que se esconde en la botella. Era él bajo la lluvia destrozando macetas mientras grita enloquecida. Ella, tan hermosa como frágil, agarrada a una botella de ginebra.

Esta es una película de las grandes, un cine aleccionador, conmovedor, que lo tiene todo, que tiene a Lemmon, a Reemick, que tiene un monstruo angustioso y acechante. Cine con mayúsculas, tanto que como dijo alguien, no es pecado adorarlo.

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