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Recordando un pasado singular

Por Íñigo Bolao

Un día, a Federico Fellini (1920-1993) le dio por recordar su pasado. Había cosechado un éxito tremendo como cineasta en Italia y en el resto del mundo gracias a cintas como La strada (1954) o La dolce vita (1960). Incluso hizo de sus propios sueños y temores una película realizada a modo de terapia con Fellini ocho y medio (1963). En esta ocasión decidió volver a sus raíces, a la pequeña ciudad de Rímini, situada en la región de Emilia-Romaña, una ciudad en la que Fellini creció y recogió todo lo que le hizo un gran director y que a la vez detestaba al ser un lugar tan pequeño y asfixiante. Combinando sus recuerdos de infancia y juventud, su visión de que este mundo es un circo poblado de gente excéntrica y momentos sublimes, rodó Amarcord (1973), una de las mejores películas del cineasta y con el que ganó otro Óscar a la Mejor Película Extranjera.

Ambientada en la década de 1930, en pleno apogeo del régimen fascista de Benito Mussolini, Amarcord es una película coral en la que vemos la vida de la ciudad en la que creció Federico durante un año –aunque está inspirada en Rímini, la acción tiene lugar en una ciudad ficticia llamada Borgo-, siguiendo el ciclo de las cuatro estaciones con el nacimiento del año en la primavera y la muerte de éste en el invierno. En ese marco de tiempo, cada historia se alterna con otra diferente, habiendo un simpático narrador que en ocasiones nos cuenta detalles de la ciudad, su historia y su gente. De entre todos los habitantes, el verdadero protagonista es un joven adolescente de pelo rubio, Titta (Bruno Zanin) que protagoniza algunas de las historias.

Cabe decir que, nunca mejor dicho, la película está poblada de animales de todo tipo en el circo de celuloide que Fellini rodó. Los padres de Titta, Aurelio (Armando Brancia) y Miranda (Pupella Maggio) son dos personas de clase humilde que se quieren pero que están estresadas permanentemente y que montan escenas cada poco incluso a la hora de comer (“¡¡¡Loca, me tenéis loca!!!”, le dice Miranda a su familia en un momento dado). Hay un grupo de profesores que parecen haber perdido un tornillo y que son víctimas de las bromas de los alumnos amigos de Titta; el cura de la parroquia mete miedo a los jóvenes feligreses al estar obsesionado con que se masturben (“¿Sabes que San Luis llora cuando te tocas?”), el enloquecido hermano de Aurelio se sube a un árbol gritando por una mujer; la Volpina (Josiane Tanzilli), una ninfómana, seduce sin parar a todos los hombres del pueblo (“Hace calor, ¿eh?”)… y aparece como personaje destacado la mujer de la que está enamorado Titta, Minola, conocida como “La Gradisca” (Magali Nöel) entre los lugareños.

Hay momentos y lugares donde también se dan historias infrecuentes, como durante la llegada del gobernador a la ciudad, habiendo un espectáculo en el que se homenajea a una figura hecha de flores del Duce Mussolini –y queriendo decir Fellini que el Fascismo en Italia fue nada más que un espectáculo-; la de la llegada de un jeque árabe junto con su harén al hotel de lujo de la villa; el viaje de todo el pueblo a ver al crucero Gran Rex, las carreras de coches, los momentos de diversión en el cine, las fiestas de la villa…

En general, estamos ante todo un clásico del cine italiano y una de las mejores películas de il mostro, con un trabajo técnico sobresaliente. Nino Rota (1911-1979) compuso una de las mejores y más inolvidables bandas sonoras de la historia del cine junto a la de las dos primeras partes de El Padrino y otras composiciones de sus muchas colaboraciones con Fellini. La fotografía, a cargo de un maestro del cine italiano en dicho campo, Giuseppe Rotunno (1923), nos muestra una mezcla entre luces y sombras, colorido y grises, en un intento por parte de Fellini de mostrar los recuerdos de su pasado con un toque entre realista y onírico, entre agradable y desagradable.

Mientras que el guión, co-escrito con uno de los autores más prestigiosos del cine italiano y que colaboro con cineastas de la talla de Antonioni, Tarkovsky y Angelopoulos, Tonino Guerra (1920-2012), presenta una genial mezcla entre la comedia y el drama, con buenos puntazos y frases inteligentes a lo largo de toda la cinta. Fellini, como hiciera con sus películas anteriores, muestra a sus personajes como eternos soñadores que desean cumplir sus fantasías aunque la realidad se lo impide de una manera muy sutil, pero en esta ocasión de una manera no tan dramática como le sucedió a Gelsomina (Giulietta Masina) en La Strada o a Marcello Rubini (Marcello Mastroianni) en La dolce vita.

Pero ahora viene la pregunta más difícil: aunque es una película magnífica, ¿de qué trata realmente y qué es lo que Fellini pretendió transmitir con Amarcord? Posiblemente todo; posiblemente nada. Es cierto que el director la rodase para poder afrontar su pasado en Rímini y decir que trata sobre la sutil represión del régimen fascista y de la Iglesia sobre los italianos es quedarse muy corto. Más bien trata sobre la vida, sus ciclos y sus contrastes y de la nostalgia que se siente hacia todo lo vivido. Según Federico, somos nuestros recuerdos –deformados por propia voluntad personal, consciente e inconscientemente, y por el paso del tiempo- pero también nuestros sueños, que podemos evocar y, pocas veces, hacerlos realidad.

En fin, Amarcord, rodada en un punto en el que la carrera del director había llegado a su consolidación y en el que podía hacer lo que quisiera, se cuenta entre las películas más imprescindibles de la historia cinematográfica mundial. Despierta nuestra imaginación y hace que sintamos afecto por nuestra vida y nuestro pasado, sin importar lo bueno o lo malo que fuese. Siempre quedan en nuestra retina momentos dulces que nos gustaría que duraran más tiempo, y esos son los que hacen que vivir merezca la pena. Recordarlos está bien… pero solo durante un instante compuesto por 24 fotogramas de un segundo de duración. Al fin y al cabo, hay que seguir tirando para adelante.

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