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Que la vida es un soplo

Por Enrique Fernández Lópiz

En La fuerza de vivir (2006),  un divorciado (Dermot Mulroney), hombre de edad mediana padece una enfermedad terminal y le dan dos años de vida. Empieza a asistir a unos cursos sobre la muerte y el morir en la Universidad y allí conoce a una bonita mujer (Amanda Peet) que es consejera académica de la Universidad, y también enferma de cáncer. Se enamora de ella y deciden vivir el tiempo que les queda de vida haciendo cuanto no han hecho antes y exprimiendo cada momento al máximo.

Se trata de es una remake de la original del mismo nombre de 1976, realizada para TV y en la que actuaban Peter Falk y Jill Clayburgh. Hecha esta salvedad, la película es un gran drama romántico. Lo de grande lo digo por lo fuertes y duros tintes emocionales que la misma despide y que se trasladan con facilidad al espectador impresionable, aunque de suyo, no se trate de una gran cinta. La película está correctamente dirigida por Ed Stone, con un guión bastante regular del propio Stone y una buena fotografía de David M. Dunlap.

En cuanto al reparto, sobresalen las respetables interpretaciones de un hierático Mulroney y una guapa Peet, que hacen un buen trabajo como enamorados que ven próxima la muerte y que se avienen, no obstante, a disfrutar el tiempo que les queda de vida.

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Esta película me ha recordado la obra de Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004), una gran psiquiatra, psicoterapeuta y abnegada y meritoria mujer de origen suizo, afincada luego en Arizona (EE.UU.). Esta autora abordó en su obra la manera en que se enfrentan los enfermos terminales con la muerte. Sus estudios en un hospital de Chicago, en su trato con moribundos, no sólo definieron diferentes fases por las que se atraviesa en esos momentos cruciales, sino que además ella misma abastecía de las necesidades afectivas que requerían estas personas para mejor preparar su despedida en tan difícil trance, poniendo el cuerpo y su buen hacer. Kübler-Ross, basándose en sus estudios definió cuatro etapas por las que atraviesa el enfermo terminal. En el film este proceso es tratado desde una situación amorosa, la llamada por Freud “cura del amor”, o sea, que no se dan de la manera que ella expuso. Para Kübler-Ross estas fases son así: 1. Negación, en la que no se asume la realidad de la muerte. 2. Ira, la persona arremete agresivamente por su fatal destino contra familiares y sanitarios. 3. Negociación o pacto en que el enfermo suplica más tiempo dirigido a Dios, al médico u otras personas influyentes, a cambio de algo. 4. Depresión, o fase de tristeza extrema. 5. Aceptación, coincidiendo con el final de la enfermedad. Obviamente ha habido críticas y revisiones a esta teoría; y es que probablemente estas fases no se produzcan de manera tan universal ni en el mismo orden como sugiere Ross. El film es un ejemplo, quizá un poco exagerado, de cómo el amor, aun en momentos tan difíciles, puede servir de lenitivo y a modo de puntal para enfrentar esta situación de la mejor manera.

A mí la película me enganchó hasta el final, aunque la historia, a decir verdad es edulcorada con un exceso de bonitura. Se trata de un film con un guión más bien plano, incluso me atrevo a decir mediocre, predecible en todo momento y con pasajes sensibleros en extremo. Me recordó a la mítica y lacrimógena Love Story, 1970 de Athur Hiller. De manera que como film no pasará a la historia. De hecho, ha sido una obra que ha pasado sin pena ni gloria por las salas de cine.

Se me ocurre decir que no está mal verla, más que nada para entender que la vida es un soplo, y que para morir no hace falta más que estar vivo. Sirve, pues, para reflexionar sobre cómo vivir la vida. Y por supuesto, mejor vivirla con amor que de cualquier otra manera.

En resolución: este drama romántico o romance drama se puede ver, no es infumable. Los protagonistas me han gustado a pesar de sus limitaciones; el guioncillo da el pego y a pesar de su talla simple, la peli en general me ha parecido correcta.

Amigo, si ve que la ponen en TV y quiere darse un bañito de sentimiento y una pizca de lágrima, no se la pierda. Peor es ver vampiros espantosos, coches destrozados, sangre que salpica o metralla que sale de la pantalla.

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