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¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido!

Por Enrique Fernández Lópiz

Un verano en la Provenza cuenta la historia de Antoine (Nicolas Cazalé), un joven que debe volver a su pueblo natal junto a su novia Claire (Clotilde Hesme), para ayudar a su madre en la tienda de ultramarinos que regenta en una localidad al sur de Francia. La razón es que su padre (Daniel Duval) ha sido hospitalizado y él va a ser su sustituto en su trabajo durante el período veraniego. Antoine, habituado a la vida en París, encuentra ciertas dificultades para acomodarse al trabajo de vendedor ambulante con un camión tipo almacén donde vende alimentos y bebidas con desigual fortuna: unos clientes se quejan, otros compran poco, el de más allá pide que le fíe la compra y así con variados parroquianos y señoras, todos de zonas rurales, habitantes testarudos, contradictorios o vividores según se mire. Aunque al principio le cuesta comunicarse y entender a esta ciudadanía peculiar, poco a poco va ir descubriendo los encantos de esa población y también de esa geografía de infancia y adolescencia, con hermosos lugares y parajes de encanto. De otra parte, lo que Antoine no había pensado es que su vuelta a la infancia le traería igualmente el amor.

El director Eric Guirado construye en su ópera prima un filme sencillo, que consigue que el espectador respire la tranquilidad de la vida en el campo. Y no sólo eso, es también una película en la que su protagonista, Antoine, se va a reencontrar con la tierra de sus primeros años y con la alegría de vivir. El guión del propio Guirado junto a la actriz y escritora Florence Vignon, refleja un realismo de corte documental, que es quizá la baza principal del film. Bonita música de Christophe Boutin y preciosa la fotografía de Laurent Brunet.

El reparto tiene tres vértices principales, Nicolas Cazalé en el papel del hijo vuelto a su terruño, papel que interpreta con naturalidad y empatía y por cuyo trabajo fue nominado a un Cesar como actor revelación en 2007. Clotilde Hesme hace una excelente labor de actriz como la novia de Antoine. El veterano Daniel Duval está genial como padre enfermo y gruñón. Y acompañando un equipo de actrices y actores como Jeanne Goupil, muy bien como la madre del joven; Stéphan Guérin-Tillié, Liliane Rovère (como Lucienne, clienta pintoresca y de lengua viperina), Paul Crauchet, Chad Chenouga, Benoît Giros y Ludmila Ruoso.

En realidad la película es una especie de canto o poema a una vida rural que corre el peligro de extinguirse por la industrialización y el menosprecio de las actuales administraciones por el mundo del campo y los pueblos pequeños que están quedando despoblados y envejecidos. La obra de Guirado ahonda en ese mensaje, no por repetido menos cierto, de que se está produciendo un progresivo abandono de los pequeños poblados en favor de las grandes urbes, excluyendo y desoyendo a la sabiduría de una gente mayor apegada a otra forma de vivir la vida, más tradicional y en líneas generales no bien vista ni aceptada por las generaciones jóvenes (me recordó este mensaje a la comedia de Olivier Dahan, de 2013: Un gran equipo). Pero hete aquí que Guirado presenta a estos personajes de la Francia profunda como individuos y colectivos donde hay humor y calor humano. Es por lo que acertadamente Ocaña señala que estamos ante un film “de tendencia humanista”. A mí me ha resultado muy estimulante la cinta y me ha gustado. Más allá de las lagunas que como obra de arte pueda tener. Empero, no hay que olvidar que en 2007 fue nominada en los Premios César como Mejor ópera prima.

Cuando acabé de visionarla me quedó un buen sabor de boca, entre otras porque a diferencia de tanta casquería y persecución de automóviles, zombis o diálogos altisonantes, ésta es una “película amable e inofensiva, aunque con algún que otro poso de tristeza marginal y decadente, que no para de viajar en círculos concéntricos” (Cortijo). Así es. Es inofensiva y es melancólica. Es en cierto modo el paradigma del paraíso perdido y cuanto de dolor encierra esta idea y este mito. Es también la infancia perdida, la infancia que, como dijera Rainer Maria von Rilke, es la “verdadera patria del hombre”.

Alguien dijo al finalizar la película, que le había resultado aburrida. Puede ser. Realmente la película renuncia a géneros y tópicos; a Guiradola realidad le parece interesante en sí misma y le da casi igual que apenas haya incidentes” (Marinero). Hay poesía en los paisajes, hay lírica en la sabiduría de los viejos del lugar y hay amor también. Entonces, ¿qué mayores incidentes tendría que haber?

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El mensaje más dramático del film está en la fuerza que pone cuando muestra el otro lado del mostrador de la camioneta ambulante, cuando nos pone delante a esas personas mayores que parecen estar despidiéndose del espectador, una desoladora despedida de una forma de entender la vida.

Pero más allá de estas reflexiones, creo que viendo las imágenes, uno puede dejarse llevar por una apuesta a la naturaleza, al distanciamiento de una civilización cada vez más brutal y descarnada, e incluso insulsa; dejarse llevar por la opción de alejarse del “mundanal ruïdo” de que hablaba Fray Luis de León y cuyo poema ahora transcribo, pues me lo ha inspirado esta película. Conforme avanzaban los minutos noté que me sumergía en un mundo donde predomina lo natural, la búsqueda de la felicidad a través de la vinculación no siempre fácil pero enriquecedora con un mundo de personajes entrañables camuflados con los prados y la floresta. Vida bucólica, “vida retirada” como decía Fray Luis.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=Slg5kP1VMOE.

VIDA RETIRADA 

¡Qué descansada vida 
la del que huye del mundanal ruïdo, 
y sigue la escondida 
senda, por donde han ido 
los pocos sabios que en el mundo han sido; 

¡Que no le enturbia el pecho 
de los soberbios grandes el estado, 
ni del dorado techo 
se admira, fabricado 
del sabio Moro, en jaspe sustentado! 

No cura si la fama 
canta con voz su nombre pregonera, 
ni cura si encarama 
la lengua lisonjera 
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento 
si soy del vano dedo señalado; 
si, en busca deste viento, 
ando desalentado 
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río! 
¡Oh secreto seguro, deleitoso! 
Roto casi el navío, 
a vuestro almo reposo 
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño, 
un día puro, alegre, libre quiero; 
no quiero ver el ceño 
vanamente severo 
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves 
con su cantar sabroso no aprendido; 
no los cuidados graves 
de que es siempre seguido 
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo, 
gozar quiero del bien que debo al cielo, 
a solas, sin testigo, 
libre de amor, de celo, 
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera, 
por mi mano plantado tengo un huerto, 
que con la primavera 
de bella flor cubierto 
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa 
por ver y acrecentar su hermosura, 
desde la cumbre airosa 
una fontana pura 
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego, sosegada, 
el paso entre los árboles torciendo, 
el suelo de pasada 
de verdura vistiendo 
y con diversas flores va esparciendo.

El aire del huerto orea 
y ofrece mil olores al sentido; 
los árboles menea 
con un manso ruïdo 
que del oro y del cetro pone olvido.

Téngase su tesoro 
los que de un falso leño se confían; 
no es mío ver el lloro 
de los que desconfían 
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena 
cruje, y en ciega noche el claro día 
se torna, al cielo suena 
confusa vocería, 
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla 
mesa de amable paz bien abastada 
me basta, y la vajilla, 
de fino oro labrada 
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable- 
mente se están los otros abrazando 
con sed insacïable 
del peligroso mando, 
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido, 
de hiedra y lauro eterno coronado, 
puesto el atento oído 
al son dulce, acordado, 
del plectro sabiamente meneado.

Fray Luis de León (1527-1591)

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