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Puro vicio

Por Alejandro Arranz

Hay muchas cosas misteriosas, esotéricas e incomprensibles en este filme de Anderson, pero lo que está claro es que es maravilloso.
-Película imperfecta, y de ahí su irresistible encanto. Hipnotiza su atmósfera, su romanticismo, su melancolía, sus personajes y cada gota de lluvia que capta la cámara del director.

Había ganas de ver por fin lo nuevo del genio Paul Thomas Anderson, uno de los directores más valorados de los últimos años. No he tenido el placer de visionar toda su filmografía (se me resiste Punch-Drunk Love), pero seguramente mantendría su posición entre ese puñado de visionarios de trayectoria perfecta, como podría ser también Steve McQueen o Christopher Nolan. En el 2012, Anderson estrenó la que para un servidor fue sin lugar a duda, la mejor película de ese año. Una tremenda e indescriptible obra maestra que entraba en una corta lista de mejores películas del siglo XXI. Las expectativas de cara a su nuevo proyecto estaban, obviamente, muy altas. Comenzaré diciendo que es la segunda vez que el director y guionista trabaja adaptando una novela, la primera ocasión fue There Will be Blood de Upton Sinclair y ahora la excéntrica comedia de Thomas Pynchon de nombre homónimo al filme. Antes de ver la película todo llama mucho la atención, esperamos filigranas de cámara de todo tipo, planos enloquecedores, un apartado visual que provoque mareos, un guión brillante y como no, actores de primera. El reparto lo forman caras muy conocidas y apreciadas, primero Joaquin Phoenix como el peculiar detective Doc Sportello, le siguen entre otros: Josh Brolin, Katherine Waterston, Owen Wilson, Reese Witherspoon, Benicio del Toro, Joanna Newsom y Martin Short.

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La larga espera llegó a su fin ayer, y en 148 irregulares y extraordinarios minutos de filme lo que tengo que decir de lo último de Paul Thomas Anderson es, gracias. Gracias a este deslumbrante genio por regalarnos una película tan personal, un relato sobre la América de los 70 que nos transporta a una tierra de colores hipnotizantes, sustancias narcotizantes y personajes hilarantes. Que radiografía el sueño americano, que nos recuerda lo mejor de los noir clásicos innovándolos con la brillantez de Anderson y la irreverente comedia de Pynchon, imbuida por un romanticismo fascinante, y sin abandonar en ningún momento el análisis -satírico- socio-político, cultural e incluso criminal de la amada California. Y esto son sólo algunas de las cosas sobre las que habla esta obra, que seguramente se irá revalorizando hasta convertirse en un clásico. En manos de un narrador como Anderson, hasta la más pura de las confusiones se convierte en un vicio inagotable y fascinador, en una experiencia que querrás volver a repetir por lo mucho que aporta. No pierdas el tiempo en asimilar cada nuevo elemento de la trama externa pues no es más que un Macguffin, lo verdaderamente importante de esta película está en su interior, y en el de cada uno de sus espectadores, ya sean hippies, judios nazis, policías actores, soplones saxofonistas o simples dentistas criminales. Poesía en imágenes y en palabras, una oda a la vida y al amor, y en última instancia, un peliculón.

Me encantan cada uno de los estrambóticos personajes que aparecen a lo largo de las dos horas y media de filme, adoro al Sportello de Phoenix, un personaje clásico y moderno al mismo tiempo, un torpe permanentemente encantador, que se mete en semejante berenjenal sólo por la mujer a la que ama. También me rindo ante los temas musicales, la colorista fotografía de Robert Elswit (Nightcrawler) y ese adorable travelling bajo la lluvia. Esos primeros planos predominantes, la importancia de los cuerpos y en general todo el trabajo de dirección sumado a la increíble puesta en escena (decorados, vestuario, peluquería, maquillaje, iluminación, etc) son de aplauso. El guión además de multiplicidad de temas interesantes, mucho humor, unos fabulosos personajes y demás virtudes comentadas directa o indirectamente en las últimas líneas, posee diálogos y situaciones memorables y forma parte de un logro final que parecía prácticamente imposible, y es que la película de una u otra manera, resulta ser una adaptación asombrosamente buena de una novela que es inadaptable. Además, hay algo en “Inherent Vice” que me tiene anonadado, y es que a pesar de ver en ella cosas de El Gran Lebowsky, Boogie Nights, Chinatown, Un largo adiós de Robert Altman e incluso de El sueño eterno de Howard Hawks, la películas de Paul Thomas Anderson me parece única, una rara e irrepetible joya.

Me pasaría todo el día hablando de las maravillas que contiene este filme. Probablemente debería haber hablado más de sus “problemas”, como que el gran público la menospreciará por su singularidad, que nos pide un gran esfuerzo, que si no te conquista desde el primer momento es difícil que la aguantes durante 148 minutos e incluso que no todo el mundo es capaz de relegar la trama principal a un segundo lugar por detrás de la experiencia sensorial que supone Puro Vicio. Pero es que tras ver esta película me encuentro en una nube y no me queda nada más que recomendaros ir al cine a verla. No es tan perfecta y minuciosa como el resto de trabajos de Anderson, y puede que sea eso lo que en este caso la haga grande, es una película libre, es una película genial.

Alejandro Arranz

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