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Pretendida comedia boxístico-geriátrica tediosa que se salva por la campana

Por Enrique Fernández Lópiz

Billy “The Kid” McDonnen y Henry “Razor” Sharp son dos boxeadores locales de Pittsburgh. Su rivalidad llamó la atención a nivel nacional. Cada uno de ellos había vencido al otro en sus mejores tiempos. Pero en 1983, a pocos días de su tercer combate, Razor anunció inopinadamente que se iba a retirar, sin dar explicaciones sobre esta decisión. Con ello asestó un golpe tipo KO a las carreras pugilísticas de ambos. La fama estratosférica de que gozaban se volatilizó con esta decisión. Desde entonces, ambos retirados de las peleas en el ring, llevan una vida serena y sedentaria.

Cuando han pasado ya treinta años tras la última pelea de McGuigan y Razor, Dante Slate Jr., un promotor de boxeo, ve la oportunidad de ganar dinero y les hace una oferta que no pueden rechazar: volver a la lona y ajustar las cuentas del pasado. Pero la cosa se precipita cuando en su primer encuentro en décadas, la disputa que arrastran ya tantos años, explota en un encontronazo involuntariamente cómico del que se hacen eco al momento las redes sociales. El súbito arrebato de las redes sociales transforma el desafío entre rivales enfurecidos de barrio, en un espectáculo de la cadena HBO. El asunto está decidido, de modo que deben demorar su jubilación y volver de nuevo al cuadrilátero, mayores y en baja forma, para volver a de nuevo al enfrentamiento, en un quizá último combate: en lo que será un duelo legendario. Pero antes hay que entrenarse, y duro.

La gran revancha, comedia para hacer cash dirigida por Peter Segal, un director experto en el género (Ejecutivo agresivo, 2003; 50 primeras citas, 2004), que resuelve de la mejor manera posible una cinta que hacía presagiar desastre, pero que finalmente se salva por la campana, nunca mejor dicho.

El guión de Doug Ellin, Tim Kelleher y Bill Gerber (guionistas mayormente para la TV) es irregular y sin mucho lustre, si bien salvan la historia sobre todo en su primera mitad, con momentos de estimable comicidad y un puñado de réplicas brillantes. Pero como escribe Ocaña: Por desgracia, luego llegan el nieto, el amor melifluo, la blandenguería y se toman demasiado en serio el combate final. Antes de que un par de breves escenas junto a los créditos demuestren de nuevo la buena mano de sus guionistas. Es por todo esto que el film resulta moderadamente pasable. Música Trevor Rabin normalita y fotografía adecuada de Dean Semler.

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El reparto cuenta con actores y actrices taquilleros, encabezado por Robert De Niro y Sylvester Stallone, quienes interpretan a los dos boxeadoras, junto a Kim Basinger, que intenta mediar entre ambos; Alan Arkin, Kevin Hart y Jon Bernthal se lucen bien con sus gags, o sea, que están correctos y deleitan al respetable con sus gracias. Y acompañan Judd Lorman, Han Soto, Nicole Andrews, LL Cool J., Paul Ben-Victor, Anthony Anderson, Barry Primus, Ireland Baldwin y Kate Reinders en un conjuntado grupo que sale del paso, como quien dice, de la mejor manera. En lo que a actores se refiere, le cabe la deshonrosa nominación de Sylvestre Stallone a Peor actor del año en los denominados Premios Razzie: ¡menos mal que no ganó!

Yo diría que es una película con su “puntito” de distracción PERO con agujeros enormes que apunta muy bien Batlle cuando la califica como: … una mixtura de comedia y drama sentimentalista por la que circulan apayasadamente, sin miedo al ridículo, Stallone y De Niro hasta el combate final, inesperadamente tomado en serio y con mensaje moralista.” Nada menos que la moralina circulando por esta película que pretende ser algo liviano y digerible. Pues no, hete aquí que embiste con su carga de decoro. Vaya, vaya. Además, está todo tan trillado que se hunde en su propósito.

Pienso que quizá lo mejor de este film impersonal de Segal es su parte dramática. Las escenas con un veterano Stallone mirando el mundo moderno con temor, como el de recuperar el amor de Kim Basinger. Es sin duda la parte más memorable (aunque sin alardes). Esas secuencias ofrecen como una versión de una secuela otoñal de su alter ego cinematográfico, Rocky. También funciona para mantener el vuelo del film, el combate final, propio del subgénero boxístico.

Pero lo que personalmente más me inspira, dada mi afición por los temas de las personas mayores, es la comedia geriátrica. Hay cierta hilaridad (confieso que no son muy de mi agrado) en las ocurrencias escatológicas de Alan Arkin, o ese momento en que De Niro se suma al juego de la autorreferencial y parodia a su Jake LaMotta de Toro Salvaje (1980).

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=2_4lm3tZifc.

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