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Pompeya: amena nadería

Por Toni Ruiz

Allá por la Semana Santa de 1985 se emitió en España la miniserie Los últimos días de Pompeya, que, a mis seis añitos, seguí con avidez, fascinado por las colosales dimensiones de una tragedia que borraba del mapa una ciudad que bullía con amores e intrigas y avasallando a mis pobres padres con preguntas acerca de la historia, la arqueología y la vida misma.

Con un reparto de lujo (ahí estaban Laurence Olivier, Ernest Borgnine, Franco Nero o Lesley Anne-Down, de la que me enamoraría definitivamente en Norte y Sur), este culebrón a la romana gozó de una gran popularidad y se convirtió en una nueva adaptación exitosa de la novela homónima que el británico Edward Bulwer Lytton escribió en 1834 en pleno auge del movimiento romántico. Han tenido que pasar tres décadas para asistir a otra versión de la catástrofe volcánica más famosa de la historia, y el resultado no ha sido del todo insatisfactorio.

Es cierto que esta Pompeya es un refrito de otras (¿mejores?) películas como Gladiator (venganza familiar con espadas y circo de por medio), 300 (épica mezclada con anabolizantes) e incluso Titanic (amor entre chica bien y chico de la chusma). Podríamos calificarla también de previsible y nos estaríamos quedando cortos. Los diálogos son cursis y llenos de tópicos, más o menos a la altura del argumento, que cabría en una línea y sobraría espacio, lo cual no deja de ser increíble considerando que está firmado por cuatro guionistas. Supongo que el peor de ellos escribía mientras los otros tres lo animaban, porque de lo contrario no hay quien lo entienda.

Interpretaciones en el sentido estricto de la palabra no hay. Kit Harington (aka John Snow) y Emily Browning son tremendamente sosos y sus personajes planísimos, pero, qué demonios, ambos están de toma pan y moja y los trajes -y la falta de trajes- les sientan genial.

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Nada de lo anterior es de extrañar si tenemos en cuenta que el artífice de Pompeya es Paul W.S. Anderson, que, por decirlo suavemente, no es Tarkovski. Antes de esta película ya había perpetrado Mortal Kombat, Resident Evil y Alien vs. Predator, aunque (al césar lo que es del césar, nunca mejor dicho por la temática imperial de su última película) también dirigió la estimable Horizonte final. Como el hombre no anda sobrado de talento, abusa de un poco de cámara lenta acá y un mucho de música pasada de rosca allá como recursos facilones para insuflar aliento épico e intensidad dramática a una película escasita en estos sentidos.

Y, ¿por qué afirmo entonces que el resultado no es insatisfactorio? Pues porque me divertí y, junto a estos defectos esperados, Pompeya muestra aciertos que no deberían ser pasados por alto. Así, no solo las escenas de lucha están coreografiadas de manera brillante y transmiten brutalidad, dinamismo y tensión, sino que la recreación de la erupción es notable, con estupendos efectos especiales (que intuyo también merecen la pena en 2D), a los que, eso sí, se les podría haber sacado más partido en la versión tridimensional. Pero es que además la furia del Vesubio está francamente bien rodada, alternando planos panorámicos con generales, medios y primeros planos, yendo de lo absoluto a lo particular y viceversa y evitando un exceso de sensación de irrealidad “videojueguil”. Si uno va a Pompeya, es para ver como el volcán revienta y arrasa de manera sobrecogedora con todo lo que se encuentre a varios kilómetros a la redonda, y eso es lo que nos ofrece esta película. ¿Qué más queremos? Encima Paul W.S. Anderson no se deja llevar por los delirios épicos que imponen que cualquier cinta histórica por mala que sea debe durar mil horas y no alarga la historieta innecesariamente, lo cual es de agradecer.

Ignoro si este título contribuirá al resurgimiento del género péplum (cine histórico de aventuras de espectacular apogeo en los años 50 y 60) que ya lleva años levantando cabeza, en la gran pantalla con las ya mencionadas Gladiator  y 300 o Troya y Alejandro Magno y en televisión con la series Xena: la princesa guerrera y Roma. Si lo hace, será a nivel de éxito comercial, porque artísticamente sería un insulto comparar a cualquiera de estas obras (salvo Roma y Xena, y no bromeo con esta última) con Ben-Hur, Quo Vadis?, Espartaco o La caída del Imperio romano, por citar solo algunos ejemplos.

Incluso en términos comerciales lo tiene complicado, puesto que las cifras de recaudación han sido inferiores a las pronosticadas. Aun así, a un servidor Pompeya le entretuvo. Conté además con el indescriptible placer friki de ver juntos a actores de Juego de tronos (Kit Harington), Fringe (Jared Harris), 24 (Kiefer Sutherland) y Matrix (Carrie-Anne Moss), y esto no es moco de pavo, oiga.

En resumidas cuentas, Pompeya ofrece lo que promete: ni sorprende ni decepciona. Como tampoco esperaba una reflexión metafísica sobre la condición humana, si uno no se toma el asunto demasiado en serio estamos ante un blockbuster tan disfrutable como olvidable. Un guilty pleasure en el que las secuencias de acción y los efectos visuales son de primera. Todo lo demás, de tercera. Eché un buen rato y no me aburrí en ningún momento, que tal como está el percal cinematográfico no es poco.

Calificación: 5/10

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