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Poco vicio

Por Víctor Lozano

Prometía ser un plato fuerte por llevar la convincente firma de Paul Thomas Anderson en sus fuertes labores de guión y dirección y por su llamativo contenido adaptado de una novela de Thomas Pynchon, pero no hemos encontrado con algo totalmente opuesto, al menos yo lo pienso así. Parece mentira que un cineasta tan reivindicativo y rabioso como Anderson, realizador de grandes películas como Boogie Nights o Pozos de ambición, nos haya traído esta inesperada “sorpresa” de la que tenía demasiada fe ciega de que iba a ser otra obra maestra indiscutible del director, pero no, este viaje psicodélico a la agridulce California de los años 70 donde la avaricia, el poder, la pérdida de juicio y el desamparo eran protagonistas introspectivos ha resultado ser tan insulso como un café sin azúcar.

Se puede decir que los principales culpables desde mi punto de vista han sido sus desmesuradas dos horas y media de metraje, que empecé a aburrirme y desesperarme a partir de la primera media hora, y su poca e incomprensible profundización en la trama. La premisa de la película es sencilla, que rinde un homenaje al cine negro: una seductora “femme fatale” pide ayuda a un detective privado amigo y ex-amante, que trabaja al margen de la ley, para investigue la desaparición de algo que tiene que ver con ella; simultáneamente, la ley también está pendiente a esa búsqueda. En este caso; la “femme fatale” sería Shasta Fay Hepworth (Katherine Waterston); el detective sería Doc Sportello (Joaquin Phoenix, cuya actuación aquí es brillante), un personaje un tanto hippiesco y con una peculiaridad que recuerda a “El Nota” de Jeff Bridges; ese algo desaparecido y macguffin de la trama es Mickey Wolfmann (Eric Roberts), un magnate inmobiliario arrepentido que quiere devolver todo lo expoliado a la sociedad; y la ley se representa aquí por medio del férreo Bigfoot Bjornsen (el imparable Josh Brolin), un policía con un raro código de honor que odia tanto a Doc como a todos los hippies. Hasta ahí, todo va sobre ruedas pero después la película cae en un profundo e incomprensible abismo que ni su final consigue solventar.

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Puede que muchos hayan comprendido toda la película pero yo no he sido que capaz de tragármela y eso que he puesto todo mi empeño en ello. Puede que la novela sea también así de extraña y es normal que Anderson le quiera ser fiel en la adaptación, pero se muestra un montón de cosas innumerables que no hay por donde cogerla. Buenos ejemplos son las repentinas apariciones y desaparaciones de Shasta y de Coy Harlingen, el personaje de Owen Wilson, pero con buenas intenciones para dar más giros a la trama, unos giros que al final te acaban mareando. No me quedó muy claro que aportaba el personaje de Reese Whiterspoon y demás líos: que si el dentista (Martin Short) estuvo involucrado en la desaparición de Wolfmann haciendo esto, que si los nazis también lo estuvieron haciendo lo otro, que si el barco…Vamos, 100% confusión. No sé que cara pondrá o habrá puesto ya Pynchon al ver una de sus últimas obras adaptada a la gran pantalla de esta manera, puede que le haya gustado o no.

Los aspectos más salvables, a mi parecer, de la película son la deslumbrante fotografía de Robert Elswit; las actuaciones de Phoenix y Benicio del Toro; la música propia de la época compuesta por el compositor fiable de Anderson en sus últimas producciones, Johnny Greenwood; e incluso el diseño de los títulos de crédito acompañado de éxitos de los 70. A fin de cuentas, Puro Vicio ha sido como probar una droga, metafóricamente hablando. Una droga que no me ha hecho adicto debido a su carencia de sabor narrativo y a su desinflación de ritmo, es decir, que me ha dado poco vicio. Soy incapaz de darme otro visionado para saber si puedo repescar el gustillo, aunque
siempre puede que cambie de opinión. El tiempo lo dirá…

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