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Piratas del Caribe: La venganza de Salazar

Por Alejandro Arranz

-Todo resulta forzado e irrisorio en este perezoso intento de reflotar la famosa franquicia.
-Los nuevos fichajes del reparto aportan lo más destacable de la cinta, que está a un paso de ser tan criminal como la piratería.

Recuerdo cuando llegaron los Piratas del Caribe al cine la primera vez, una magnífica forma de traer de vuelta un género de aventuras que me encantaba de niño. Resulta curioso que con cada nueva película la franquicia se haya acercado más a sus orígenes, las atracciones de un parque temático. De ahí salió la idea, simplemente Disney vio un buen filón y lo aprovechó. Ahora bien, cuando digo que se acerca a sus orígenes en este sentido, me refiero a que cada vez hay menos cine en estas películas y más entretenimiento mecánico para un gran público que disfruta de una fórmula calcada que se agotó hace mucho. Como cada nuevo viaje en una montaña rusa, cada nueva entrega sigue ofreciendo vaivenes, giros y hasta algún sobresalto, pero la sensación de subir una y otra vez en la misma atracción, pese a cierta nostalgia de la primera vez, es la de algo anodino, reiterativo y carente de ningún riesgo. A eso hay que sumarle éstos últimos viajes de la tripulación de Jack Sparrow, dónde la aventura ha sido reducida al mínimo para dejar paso a un desespertante elemento de comedia caricaturesca. En este quinto filme pirata, cogen el testigo de Rob Marshall los directores Joachim Rønning y Espen Sandberg, con un curriculum entre la infumable Bandidas y la admirable Kon-Tiki. Al conocido reparto se unen algunas novedades, entre ellas: Javier Bardem, Brenton Thwaites, Kaya Scodelario y David Wenham. Veamos si el quinto viaje aún mantiene algo de interés, aunque sea por el mareo.

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Comienza con dos breves e inmensos prólogos. El primero que establece el tema familiar, núcleo de la cinta, y un segundo que nos presenta de forma magistral al villano de Javier Bardem, el temible Salazar, y a su fantasmagórica tripulación. Tras estas dos escenas el bajón que pega la película es apabullante, con la típica entrada en escena de Sparrow seguida del final de Fast & Furious 5 pero a lo grande, con edificio incluido. A partir de ahí todo se resume en un larguísimo torrente de comedia de enredos con toneladas de humor rancio y trucos ya conocidos, a la cuenta de un guion plano, dado al brochetazo y que tras guillotinar el sentido de la aventura desaprovecha el elemento fantástico. Y aunque la franquicia no vea un futuro sin Sparrow hay que decir que Depp destila de todo menos carisma, su icónico personaje que le llevó a la cima y después a su peor momento sobrevive a base del recuerdo de los fans en lugar de brindar ningún nuevo momento perdurable o a resaltar más allá de su irritante conversión a dibujo animado.

Por suerte Bardem sí que es capaz de hacer que su personaje se coma la pantalla, elaborando a otro nuevo gran villano con tragedia pasada. También se libran del desastre Kaya Scodelario y su curioso personaje, aunque no puede escapar de co-protagonizar la predecible subtrama romántica sustituta de Bloom-Knightley, tan torpe como falta de chispa. El paso de los minutos solo evidencia la falta de ideas, tanto en un apartado visual nada sorprendente como en el mencionado guion, que únicamente se centra, de modo incansable eso sí, en buscar el contrapunto cómico de cada situación. Por suerte aún queda la “musiquilla” de Zimmer (a manos de Geoff Zanelli) y un par de correctas escenas de acción. Suficiente para llegar despiertos a un eterno epílogo mal editado que toca a su fin con el reencuentro de algunos viejos conocidos a través de unos insistentes travellings circulares. Por si no fuera suficiente con una aparición de Keira Knightley digna del peor anuncio de Chanel, hay que esperar a una desechable escena post créditos que abre la puerta a una sexta película.

La nueva película de Piratas del Caribe es como unos zapatos de cemento. La premisa argumental, el desarrollo narrativo y los engranajes que lo hacen avanzar son tan planos y manufacturados que no valen ni para ser “de usar y tirar”. Así la franquicia ha pasado de estar a la deriva en alta mar a hundirse hasta tocar fondo. La fórmula no puede dar mayores muestras de fatiga y la frescura se ha agotado por completo, como mi humor mientras veía hundirse definitivamente esta franquicia que debió concluir hace más de una década.

Alejandro Arranz

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