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Pero quién mató a Harry

Por Jon San José Beitia

Peculiar y atípico trabajo del maestro del suspense que presenta, en clave de humor negro y desenfadado, un relato del misterio que rodea a la aparición de un cadáver en un pequeño pueblo, despertando las incógnitas y sospechas de la posible autoría del crimen entre todos los habitantes.

Sin ser una de sus grandes obras maestras, la película atesora el sello de identidad de Alfred Hitchcock, con su manejo del suspense, los elementos habituales de su cine, con muerte, sospechas y su humor habitual, pero, en este caso, siendo potenciado por encima del suspense. Los títulos de crédito iniciales en forma gráfica ya denotan el tono del relato que presenta la película, acompañados por una banda sonora pegadiza creada por el compositor habitual del director, Bernard Hermann, creador de trabajos tan inquietantes como Psicosis, y que aquí sabe ofrecer una muestra de su versatilidad, ofreciendo un trabajo que se ajusta al argumento desenfadado e ingenioso que presenta la película.

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Hitchcock demuestra sus cualidades para generar suspense de la nada, jugando con las especulaciones, incógnitas y sospechas que despierta la aparición de un cadáver que trae de cabeza a los habitantes del pueblo. El director logra mantener el interés en todo momento, gracias a constantes giros de guion, acompañados por unos diálogos dinámicos que están plagados de morbo, ironía y humor negro, demostrando la importancia de trabajar con un buen guion.

El argumento siembra la sombra de la sospecha entre todos los habitantes del pueblo y recoge la total atención del espectador, que asiste perplejo a todo un baile de candidatos para la posible autoría del crimen, dando lugar a numerosas situaciones cómicas de enredo y confusión donde nada ni nadie es lo que parece. Ofrece situaciones ingeniosas y cómicas que, en algún momento, llegan a resultar excesivamente reiterativas, pero que no por ello dejan de funcionar. Mención especial para los numerosos entierros y posteriores exhumaciones que protagoniza el cadáver, donde el guion hace absoluta comedia negra. Los integrantes del reparto logran aportar el toque cómico necesario, destacando la presencia de una joven Shirley MacLaine, en su primer papel en el mundo del cine, demostrando su desparpajo y dotes para la comedia. Tras diversas especulaciones alrededor de la autoría del crimen, la película alcanza un desenlace inesperado que puede defraudar a los seguidores del maestro del suspense, pero que recuerda el extraño sentido del humor del director, capaz de reírse del propio espectador, al que ha manejado hasta el último momento.

La película funciona como tal, pero podría haber servido perfectamente para un episodio corto de Alfred Hitchcock presenta. En resumidas cuentas, se trata de una obra menor en la magnífica filmografía del director, pero que tiene su encanto especial.

Jon San José Beitia

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