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Perfección técnica, vacío emocional

Por Jorge Valle

Hablar de Anna Karenina y de León Tolstói en el ámbito de la literatura universal son palabras mayores. Definida por Dostoiévski como una «obra de arte», la novela está considerada como una de las cumbres del realismo, siendo capital su influencia en la literatura posterior. Trasladar a la gran pantalla una novela tan compleja y extensa como Anna Karenina, con multitud de tramas y subtramas, personajes perfectamente caracterizados psicológicamente, y profundos y controvertidos temas –adulterio, desigualdad social, existencialismo- supone una tarea extremadamente difícil que hasta ahora no había conocido demasiado éxito. Joe Wright, un director que había realizado dos magníficas adaptaciones literarias en sus dos primeras películas (Orgullo y prejuicio, Expiación), parecía el más adecuado para realizar la versión cinematográfica definitiva del clásico de Tolstói. Sin embargo, en Anna Karenina fracasa estrepitosamente al intentar dotar a la cinta del espíritu mágico y la esencia filosófica que encierra la novela.

La arriesgada y original idea de ambientar la película en un teatro concede un dramatismo a la historia que termina ahogándola. Las emociones y los sentimientos que experimentan los personajes son vacuos, provistos de un patetismo que impide conectar al espectador con ellos. La cinta explora todos los temas que se tratan en la novela pero no profundiza en ellos, de manera que muchos de ellos no quedan del todo claros –sobre todo los que conciernen a la historia de Lyevin, que está retratada de forma pésima-, y otros quedan relegados a una simple mención. Los diálogos en los que los personajes discuten sobre la naturaleza del amor llegan a ser bochornosos. Y de un guión de Tom Stoppard, autor de los libretos de películas como El imperio del Sol o Shakespeare in love –por el que ganó un Óscar-, cabía esperar mucho más. Habría sido necesaria más enjundia para que la película no se recordase como una mera sucesión de postales perfectas.

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Keira Knightley solventa su complejísimo papel protagonista valiéndose de la repetición de los mismos gestos –los bostezos, esas miradas al vacío, las continuas lágrimas-. Y mientras Jude Law realiza una excelente interpretación -basada en la contención gestual y verbal- como el atormentado esposo de Anna, Aaron Taylor-Johnson no convence como el seductor y carismático conde Vronsky. Su química con Knightley es totalmente inexistente, y eso hace que el interés por la trama disminuya conforme uno se familiariza con el entramado visual de Wright. La atracción que sienten Anna y Vronsky es tan inverosímil que todas las decisiones de ella –dejar a su marido y a su hijo para seguir a su amante- llegan a parecer incluso ridículas.

Nada puede objetarse a una puesta de escena verdaderamente deslumbrante y apabullante, que nos sumerge en la Rusia imperial de finales del siglo XIX, caracterizada por esa combinación antitética de lujo de pocos y pobreza de muchos. Pero el visionado de la película se reduce al deleite visual, no hay recompensa filosófica ni emocional que justifique la opulencia y suntuosidad de los decorados, la maravillosa música de Dario Marianelli, la combinación de fantasía y realismo que desprende el vestuario, la sensorialidad de la fotografía de Seamus McGarvey. Anna Karenina es un regalo para los ojos, pero no para el corazón. Un precioso y logrado envoltorio sin caramelo.

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