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Película social y la lucha por la vida

Por Enrique Fernández Lópiz

Dos días, una noche, película dirigida por Jean-Pierre Dardenne y su hermano Luc Dardenne, dirección llevada con pulso certero que sirve a modo de revulsivo social y personal. El guión es de los mismos hermanos Dardenne, que retratan una realidad candente y sangrante en nuestros días: la falta de trabajo, sus causas y consecuencias. Así como las grietas en una sociedad aún no madura en lo que toca a la solidaridad o la capacidad de inclusión con relación a tantas personas que pasan penalidades: la lacra del desempleo, dificultades económicas y, cómo no, los problemas psíquicos que se derivan de este estado de cosas.

La película una buena fotografía de Alain Marcoen y una música variada de rock u otras canciones melódicas que acompañan la cinta bien. Hay, por ejemplo, una escena en la que, yendo en el coche, suena una vieja canción cargada de melancolía cantada en un francés con acento americano a cargo por Petula Clark, que cuenta la historia de una mujer que vive en una noche constante a causa de la depresión, un tema central en el film.

El reparto es mayormente Marion Cotillard que lleva el peso del film con absoluta autoridad; se trata de una obra depresiva, como la propia protagonista. Todo ello con un elevado grado de tensión social y un clima gris que Cotillard lleva a la perfección en todo momento, haciéndose incluso un tanto espinosa la conexión de espectador con el personaje por su actitud melancólica y de indefensión ante los problemas que le acucian. Le secunda muy bien el que hace de esposo, Fabrizio Rongione, así como un elenco de intérpretes como Simon Caudry, Catherine Salée, Batiste Sornin, Alain Eloy, Myriem Akeddiou, Fabienne Sciascia y Olivier Gourmet, todos en un compacto grupo de actores muy profesionales.

En la historia, Sandra (Marion Cotillard) tiene apenas un fin de semana para ir casa por casa a visitar a sus compañeros de trabajo y convencerlos de que renuncien a su paga extraordinaria, a cambio de que ella pueda mantener su puesto de trabajo; todo ello según las directrices del propietario de la empresa, una industria dedicada a la fabricación de paneles solares. Tiene que conseguir de ellos el voto para que en la reunión del lunes, la mayoría vote a favor de su opción de mantener su trabajo a cambio de la renuncia económica, a lo que no todos están dispuestos.

En el transcurrir de la historia, su abnegado y amante esposo (Fabrizio Rongione) la acompañará en cada visita pata brindarle su apoyo.

En lo que concierne a Premios y nominaciones el historial es así en 2014. Oscar: Nominada a Mejor actriz (Marion Cotillard). Festival de Cannes: Sección oficial largometrajes a concurso. Premios BAFTA: Nominada a Mejor película en habla no inglesa. Seminci de Valladolid: Sección oficial largometrajes a concurso. National Board of Review: Mejores películas extranjeras del año. Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor actriz (Cotillard). Premios del Cine Europeo: Mejor actriz (Cotillard). Satellite Awards: 2 nominaciones incluyendo Mejor película extranjera. Critics Choice Awards: 2 nominaciones incluyendo Mejor actriz (Cotillard). Críticos de Chicago: 2 nominaciones incluyendo Mejor película extranjera. Por ahora son mayormente nominaciones, a la espera a fecha de hoy, de potenciales premios.

En la historia, ella es una mujer joven, hundida en el hoyo de la depresión, constantemente tomando psicofármacos, siempre gris, o mejor “marrón” como dice Luz Casal, en todo momento queriendo dormir y aislarse en la cama en posición fetal; ideas de suicidio, pesada en su gestualidad y falta de reacción. Si su trabajo falla, la economía familiar se hunde. Como elemento de salvación, un esposo bueno y comprensivo, cariñoso, paciente, al que sólo le falta una corona tipo aura sobre la cabeza, pues es él quien lleva el peso de la familia, el de su angustiada esposa, los hijos y la economía.

En dos días y una noche, la pobre mujer aterrada e impotente debe convencer a su colegas para que la ayuden, así de sencillo: renunciar a mil euros a cambio de que ella continúe en una empresa cicatera y cruel, que incluso entiende que lo mejor sería prescindir de sus servicios, pues el duro episodio depresivo por el que ha pasado, hace pensar al jefe y al encargado, que ya no rendirá igual que antes de la enfermedad.

En la generalidad del planteamiento, la película evoca lo que psicoanalistas, psiquiatras y pensadores denominan “sociedad enfermante”. El psicoanalista Racamier en su obra de 1983, Le Psychanaliste sans Divan (El psicoanalista sin diván) viene a insistir en la idea de que los síntomas de enfermedad, depresión o angustia de una persona, pone en evidencia el trastorno de la sociedad en su conjunto. Y hoy, con los severos cambios sociales que se producen, por lo común en aras a la alienación y el descarte del ser humano, se constata que son justamente esas modificaciones las que repercuten en la aparición, comprobada por los estudios epidemiológicos, de un aumento de los trastornos psíquicos e incluso de la tasa de suicidios, por mencionar dos índices propios de estos tiempos de crisis.

Esto sucede según otro principio psicosocial el llamado “principio de homología” o equivalencia entre contextos faltos de auténtica afectividad (pseudosociables, de socialidad ”formal” o indiferencia), y cómo estos entornos hacen emerger en los otros dificultades anímicas y patologías diversas. De manera que al modo en que dijera Erich Fromm, si el entorno está enfermo, nuestra adaptación sólo puede producirse por medio de conductas igualmente enfermas. En este film, la joven sólo puede responder depresivamente ante un mundo que la dejado tirada al lado del camino, que no la ayuda. Para ella, ponerse al día, afrontar una vida tan difícil exige un ímprobo esfuerzo que no tiene, pues para ella la vida ha pedido valor. De hecho sólo muestra signos de mejoría cuando encuentra una respuesta afectiva y de aliento de parte de un “otro”.

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Por otro lado, los hermanos Dardenne hacen una especie de apología en defensa de un socialismo utópico, más bien de tipo doméstico, pero también político. Y es que la valoración social así como sus consecuencias en las personas que viven en sociedad, no están exentas de la importante influencia de los criterios ideológicos e ideales de gobernantes, empresarios, pero también vecinos o compañeros de trabajo. Y aquí es donde el film pone el dedo en la llaga del denominado “factor humano”. Y el factor humano somos todos, tanto para bien como para mal. Algunos colaboran con la protagonista, mientras que en otros privan el egoísmo y los propios intereses: el propietario de fábrica, el encargado, pero también parte de sus propios compañeros, capaces de vender por unas monedas la dignidad y la opción de salvar a la joven. De nuevo el afán de una mejora humana se supedita al valor del sacrosanto mercado, o mejor, del mercadeo de unos euros que servirán para arreglar el patio o pagar la letra de un electrodoméstico sin utilidad.

Quiero recordar en este punto que la visión integradora del hombre, así en genérico, constituye una vieja aspiración y una de las más anheladas metas de las llamadas ciencias sociales. Como elocuentemente afirma el filósofo escocés John McMurray: Todo conocimiento tiene sentido gracias a la acción, y toda acción tiene sentido gracias a la amistad”. Y es justamente la amistad y la compañía y ayuda lo que falla en una porción importante de los personajes del film que comentamos. Mas la película abre una importante puerta a la esperanza, pues quien la vea, observará que también hay acciones y comportamientos prosociales, fraternos y valientes en aras a ayudar a la necesitada mujer.

Bien, hechas estas observaciones generales, ahora podríamos preguntarnos si reconocemos la trama en nuestra sociedad y en nuestro mundo. La historia, al fin, se desarrolla en Bélgica. Por lo tanto, no tardamos mucho en darnos cuenta de que el film habla de nuestra realidad, la realidad de una Europa donde el trabajo es un bien escaso y donde tampoco el reparto de la liquidez se hace de manera equitativa. Son, así, los pobres trabajadores los que han de pagar todos los inconvenientes, convirtiéndose a su vez los unos para los otros, salvo honrosas excepciones, en auténticos lobos para los demás.

Por un lado los sociólogos advierten que la emergencia de las nuevas tecnologías y otras herramientas mecánicas facilitadores de diversas tareas, hacen que el trabajo sea hoy un bien escaso. Y como escribe Joaquín Estefanía: …además de los puestos de trabajos perdidos en la crisis y antes de ella, se necesitarán en una década 600 millones de empleos para incorporar a los jóvenes que entran en edad de trabajar. Y aun así quedarán 900 millones de trabajadores que viven con sus familias con unos ingresos inferiores al umbral de pobreza de los dos dólares por día, sobre todo en los países en desarrollo.” Entonces, el film también nos coloca ante este difícil dilema del “reparto del trabajo”. El trabajo, hoy por hoy, es un derecho inalienable del individuo, pero al igual que la protagonista del film, cientos de miles de jóvenes o mayores carecen de él. Tal vez ha llegado el tiempo de realizar cambios radicales en nuestro denominado sistema productivo o buscar nuevas alternativas. Pero bueno, esto nos llevaría muy lejos para lo que pretende ser el comentario de una película. Pero ya vemos que la cinta da mucho de si…

La realidad en esta Europa nuestra es que estamos en sistema económico de la exclusión, que pretende ahorrar en mano de obra (y otros, como la calidad), para aumentar los beneficios que se embolsará el 1% de la población mundial, en tanto el 99% restante quedará en situación apretada o de precariedad. Por cierto, el actual Papa Francisco es partidario de una sociedad de la inclusión.

Y yendo al film, el jefe, el patrón y la mitad de los compañeros, azuzados por la necesidad los últimos y empujados por la ambición los primeros, se convierten en mezquinos bajo la consigna del sálvese quien pueda”, o ande yo caliente y ríase la gente”; personas indignas ante las circunstancias.

Como apunta Boyero: Los hermanos Dardenne cuentan esta historia con su reconocible y austero estilo […] con realismo creíble, retratando la vida con tono y vocación documental, sin enfatizar diálogos ni situaciones, negándose a subrayar o a potenciar los sentimientos con la música, huyendo de las descripciones maniqueas, sabiendo que todos poseen sus razones ante un dilema demasiado cruel. Y, por supuesto, lo que describe puede ocurrir en cualquier parte. Y nadie es inocente al pactar, resignarse o sacar partido de los abusos y la violencia moral que perpetra el poder.” Esta es nuestra época, una época de insolidaridad y consumismo, donde hacer obra para un patio de la vivienda es más importante que el trabajo de la compañera, cuando unos misérrimos mil euros son fundamento para el desapego y la insolidaridad; en fin, incluso me atrevo a decir cómo en estos tiempos la gente, tal vez acuciada por la necesidad, aunque esto es siempre relativo, se convierte en miserable y sórdida, y es capaz de mirar sus pequeños intereses antes que cultivar los grandes valores que en el hombre anidan.

Pero quiero añadir que estos valores de la solidaridad, el compañerismo, la comprensión de los problemas o la capacidad de ayuda, también alternan en el film con cuanto he dicho. Hay, así, personajes encomiables que incluso lloran por la duda que tuvieron sobre si apoyar a no a la pobre compañera; personajes con una moral, incluso con una moral religiosa que les habla del amor. En el film se ve gente buena y solidaria. E incluso, al final, cuando la cosa parece perdida, brota el lado bueno de las cosas, el ánimo elevado por haber hecho lo que se debe hacer: luchar, ayudar o negarse a dañar la situación del compañero y amigo. Y para mí, uno de los mejores mensajes es el rayo de esperanza final en virtud del cual se intuye que no serán los villanos quienes finalmente triunfen en esta dura batalla de la crisis, la inmoralidad y la injusticia.

Se trata de un cine escueto y desprovisto de ostentosidad o brizna de petulancia, un cine sobre el viacrucis de una mujer que de puerta en puerta y a contrarreloj, busca una mezcla de respaldo, piedad, ecuanimidad y compañerismo. La película es casi un documental donde no se alza la voz ni se derrumban las murallas de Jericó. Es meramente el comportamiento humano, interpretado magistralmente por la profunda ansiedad de una Marion Cotillard sembrada; y la búsqueda de apoyo entre trabajadores en un paisaje silvestre y brutal. Y todo retratado sin maniqueísmo ni grandes revoluciones, sin dogmas ni ideologías precisas. Quizá, como escribe Oti Rodríguez, lo realmente interesante sea el efecto colateral de esa mirada, las reacciones y explicaciones del contraplano, de esos compañeros que han de decidir entre lo que más necesitan (el dinero) y lo que más quieren (dignidad), y los Dardenne, tal vez sin proponérselo, nos muestran esa flagrante incapacidad de decidir como individuos, de escudarse en los demás, de aspirar a gloria o respeto individual pero a penuria colectiva. En realidad, esta película es un ejemplo de trastiendas morales y de lo muy lleno que puede estar un cine absolutamente despojado.”

Francamente, al principio, cuando llevaba media hora en el cine, me pareció que estaba viendo una película un tanto vacua, o simple plana. Pero cuando transcurrió un tiempo tras el visionado, pongamos unas horas, me di cuenta de la carga de profundidad de esta película belga Deux jours, un nuit. Un film brillante y admirable, sin moralina a lo Nietzsche, una pequeña gran película que sale de lo pequeño, de lo humilde, de lo cotidiano. O sea, que no es cine social ni panfletario, ni cine que subvierta políticamente, ni tampoco un film sobre la depresión psicológica, aunque toque todos esos palos. Es una película sobre el decoro humano y el encuentro a veces desafortunado con la solidaridad, la empatía hacia el otro, que indaga los límites entre el egoísmo y el amor: la lucha que en definitiva es la vida.

Aunque el film alberga esperanza y a la vez que melancólico es también alegre y con un final de lujo y cargado de hermosas consideraciones sobre la esperanza y las posibilidades del ser humano, no por ello evidencia que la vida es una lucha, un batallar constante. Algo que de manera tan firme y bella nos dejó escrito en su inmortal obra El rayo que no cesa Miguel Hernández, el pastor poeta o al revés, en este soneto.

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla, 
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

Miguel Hernández

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