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Película sobre la violencia, adobada con más violencia

Por Enrique Fernández Lópiz

Una familia compuesta por un matrimonio y dos hijas (la mayor es de un antiguo matrimonio de ella), viven apaciblemente en una ciudad norteamericana. Sin embargo, la paz de Karen McCann y su esposo se ve brutalmente rota cuando un criminal irrumpe en su vivienda, justo el día del cumpleaños de la hijita pequeña, y viola y asesina a su hija adolescente de 17 años. Con el pasar del tiempo, lejos de encontrar consuelo, el dolor de la pérdida se va transmutando en un odio infinito hacia el supuesto criminal que, finalmente es identificado, pero absuelto por las triquiñuelas de la justicia americana. A partir de ahí,  la señora McCann pierde la fe en la justicia y al modo de una “madre coraje” se pone en marcha para entrenarse en autodefensa y tiro con pistola, a fin de liquidar por su cuenta y riesgo al violento psicópata. Este impulso se acrecienta cuando el criminal sujeto comete un otro crimen, volviendo a quedar en libertad, de nuevo por los subterfugios de la justicia. En este punto, Karen decide con total convencimiento llevar a cabo su plan.

Digamos que es una película realizada con oficio por John Schlesinger, con guión que hace aguas pero que aparentemente mantiene la historia en vuelo de Amanda Silver y Rick Jaffa. Es buena la fotografía de Amir Mokri, y la inquietante música de James Newton Howard.

Uno de los pilares fuertes del film está en el reparto, conformado por un buen grupo de actores y actrices que interpretan de manera correcta sus roles. Así, Sally Field está excelente en su dimensión dramática, un papel que hace creíble; Kiefer Sutherland interpreta con excelencia su papel de antisocial asesino chulesco, facineroso y absolutamente intragable; Joe Mantegna muy bien en su rol del trillado y canónico inspector que acaba comulgando con la vengadora de turno; y Ed Harris quien, como suele ocurrir, sin ser una estrella con todas las letras, cumple empero su papel de padrastro y marido maduro y bonachón, que trata por todos los medios de calmar las turbulentas aguas interiores de su arrebatada y angustiada esposa.

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A lo largo del film asistimos al deterioro físico y moral de la familia, y a la vez se nos van planteando diversos dilemas morales sobre la justicia oficial, la opción de tomarse la justicia por propia mano, la impotente policía que asiste a los despropósitos y artilugios legales que dejan en libertad a un individuo que es un peligro en toda regla, y un desenlace que deja pensando, o mejor, mal-pensando como ahora diré.

El mensaje de la película es cómo con inteligencia y argucias se puede burlar a la justicia. Y el dilema es: ¿Qué hacer ante estos casos? ¿Estaría justificada una acción individual fuera del circuito legal? Yo por supuesto no acepto esta opción, pero el film te coloca en un contexto tan denso e insufrible, que al menos mientras ves la película, te dan ganas de que esto ocurra.

Schlensinger sabe mezclar el thriller con el drama, y en la película se masca la tensión, la tragedia, la impotencia, y la metamorfosis de una familia rota por el dolor, y sabiendo que hay que continuar viviendo. Pues este es otro gran mensaje, es decir, que a pesar de que te lluevan piedras o pases por los momentos más amargos imaginables, tantas personas que en el mundo hay, saben que deben seguir su andadura por la vida con el lastre de la amargura.

Mi opinión, transcurridos unos días desde que vi este film, es que se trata de una obra más bien mediocre para la cual el tiempo no ha pasado en vano. Desaprovecha la enjundia de actores célebres como Ed Harris, Joe Mantegna o la actriz Sally Field. Además, el trasfondo de la trama se prodiga en mensajes casposos y facinerosos que no sabe resolver salvo con la violencia, y la violencia particular; ni siquiera la “violencia institucionalizada” de la que hablaba Marcuse, o sea, la policía, que siempre es menos mala. Y en este punto yo afirmo para quien aún no se haya enterado, que la violencia solamente engendra más violencia. Y no es que lo que diga yo a modo de tópico u opinión personal, sino que afamados psicólogos sociales como Berkowitz, psiquiatras como Lagache, etólogos como Lorenz, psicólogos como Bandura o juristas como Aroneanu –sólo por mencionar algunas figuras de relieve-, lo demuestran con su experiencia o sus interesantes investigaciones; el aspecto extremo de la agresividad, o sea la violencia, que tiene siempre como objetivo infligir daño a otro u otros, no tiene escapatoria en sí misma. Entonces, la cinta, en vez de encontrar una salida airosa a tanto psicópata y tanta falsedad legal y tanta violencia, se va por el camino más fácil recurriendo a la ya consabida Ley del Talión del “ojo por ojo y diente por diente”. Esta ley aparece en el Código de Hammurabi (1760 a. C.), y en el Éxodo, el Levítico o el Deuteronomio del Antiguo Testamento, y su enunciado da título al film. Pero este principio judío que duraría hasta la época talmúdica, ya lo derribó hace más de dos mil años otro judío de nombre Jesús en el conocido Sermón de la montaña y la prédica de las “bienaventuranzas”: ¿les suena?

Yo, particularmente, no recomiendo este film, me parece en extremo indulgente con un guión de fondo perverso, apologético  de la violencia, mediocre en su realización y engranaje, y resueltamente inmoral para lo que yo creo que deben ser las cosas; o sea, es como el “Libro de la selva”, pero en brutal.

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