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Película sobre el mundo infantil

Por Enrique Fernández Lópiz

La guerra de papá es una de esas películas por la que sentí cierta curiosidad allá por el año 1977 cuando se estrenó. Primero, por tratar el tema de la guerra en el personaje del padre de familia, don Pablo (Héctor Alterio), cuando se vivía la transición hacia la democracia; y segundo, por versar sobre la psicología infantil –que me interesaba.

Se trata de una película dirigida por Antonio Mercero, con guión de Horacio Valcárcel y el propio Mercero, basado en la conocida e interesante novela de Miguel Delibes El príncipe destronado. El reparto se encabeza con el papel del niño Quico interpretado con cierta soltura pero algún amaneramiento por Lolo García, e interpretan papeles con desigual fortuna como luego diré, Teresa Gimpera (la madre), Héctor Alterio (el padre), Rosario García Ortega, Verónica Forqué (quizá la mejor en su debut como actriz en el papel de criada), Queta Claver y Vicente Parra.

La película narra la historia de una familia numerosa, centrándose en el papel de Quico, un niño de tres años largos, que ha sido “destronado” por su hermanita de ocho meses. Se centra también la película en la doliente madre y esposa casada con uno de los vencedores de la contienda civil española, el cual siempre refiere el tema de la guerra, por eso la película adoptó ese nombre de “La guerra de papá” y no el título de la novela de Delibes. También Mercero analiza muy bien las diferencias existentes entre el mundo de los adultos y el mundo infantil.

La novela de Miguel Delibes y la película se desarrollan desde el punto de vista de Quico, un niño a punto de cumplir cuatro años; la película permite, a través de su mirada, observar un día de su cotidianeidad. Y es que la novela, lo recordamos, está contada por un narrador que cuenta la historia en tercera persona del singular, pero es un narrador limitado, porque sólo sabe y cuenta de los pensamientos de Quico y no de los otros personajes del texto.

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Para contextualizar la trama, hay que señalar que Quico pertenece a una familia acomodada, de derechas y numerosa. Ocupa el quinto lugar entre seis hermanos, y hasta muy poco antes él gozó de las prebendas y mimos por ser el benjamín, el “príncipe de la casa”, pero tras la llegada de una nueva hermanita, Quico fue desplazado de su lugar preferente en la familia.

Así, el film hace un seguimiento desde que Quico se levanta hasta que se acuesta. Podemos ir siguiendo su descubrimiento del mundo, mundo que en muchos aspectos encierra para él un gran interés. Por ejemplo, siente mucha curiosidad por los temas sexuales, pero por muchos más igualmente. No son ajenos a las indagaciones de Quico las disputas en la familia; los comportamientos de su severo y estirado padre, un tardo-franquista que impone su criterio y su ley; las disputas conyugales; los problemas de los hermanos ya más mayores; su curiosa relación con el servicio doméstico de la casa; y se relatan las travesuras que va haciendo a lo largo del día, y por supuesto el enojo larvado, más o menos contenido, que tiene y siente hacia su hermanita pequeña que le ha usurpado el lugar y por la que obviamente siente celos y otras emociones adversas. Lo que en Psicología se conoce como “Complejo de Caín”, pues es sabido que el nombre de los “complejos” en Psicología, siempre adoptan el nombre de algún mito, personaje literario reconocido, religioso o cultural a modo de metáfora de lo que se quiere significar: Complejo de Edipo, de Electra, de Moisés, y en este caso, de Caín (los celos, la envidia y la malquerencia entre hermanos).

La película tiene el interés de narrar un día en la vida de este pequeño niño. Mercero, su director y guionista, un hombre auténticamente de cine y un maestro quizá poco reconocido, hace bastante por ser fiel a la obra de Delibes y por reflejar la psicología del infante. Tiene escenas y partes del guión que destilan frescura y encanto, con las cosas que dice, hace, se le ocurren, etc., al pequeño Quico, todo un diablillo infatigable que, no obstante, parece que nunca ha roto un plato

De otra parte, para educadores y personas interesadas en la infancia, esta historia tiene de singular y de atractivo el seguimiento del niño en sus razonamientos, sus fantasías, su peculiaridad a la hora de enfocar desde su perspectiva los asuntos que va viendo y oyendo que son muchos, su manera de razonar, la perspicacia infantil que tanto colabora en que pueda intuir y comprender más allá de lo que los adultos creen, pues él ve la realidad con los ojos de la ingenuidad y sobre todo de la curiosidad. Es de esta manera como va cimentando y a la vez “inventando” si se quiere, su concepción de la realidad, del mundo, de las cosas, de las personas adultas y sus relaciones, de todo cuanto se le pone por delante, experimentando, jugando, sintiendo, indagando. Siempre desde una visión limitada y llena de imaginación y fantasía desbordante, confundiendo a veces la realidad y la ficción desde la mágica lógica de un niño de tan corta edad. Como habría dicho el “sabio de Ginebra” Jean Piaget, Quico va “construyendo la realidad” en su mente ávida de saber, de conocer y encontrar soluciones satisfactorias a las interrogantes que se le plantean.

Estamos, así, ante una especie de comedia con algún tinte dramático, sencilla, pero que dentro de su modestia analiza con agudeza, no sólo la psicología del niño, sino también la familia y el momento histórico. Ese momento se sitúa en el año 1963 (aunque la novela se publicó en 1973); entonces, Delibes también analiza la sociedad española de aquel momento, una época que tiene presente la contienda fratricida del año 1936 y la figura del dictador Francisco Franco que está en pleno auge. Ocurre, que al rodarse la película en 1977 (Franco muere en 1975), en plena transición democrática, entonces parece que el guión quisiera dibujar ya al personaje del padre de familia, como una especie de romántico-nostálgico franquista todavía en ejercicio. En resumen, esta película nos permite ver un retrato algo “naif” pero un retrato al fin, de aquella época, cuando los hábitos familiares, educativos y sociales en general eran de otra manera bien distintas a las actuales. Todo ello contado con buenas dosis de humor, de ternura y con cierta indulgencia.

He de apuntar que con los años la película ha quedado un poco anticuada, las interpretaciones no son muy meritorias, el guión de Valcárcel y Mercero tiene su interés si bien adolece de entidad. Yo, de recomendar, lo haría a favor de la novela antes que de la película. El niño Lolo García no lo hace mal, pero Teresa Gimpera y el propio Héctor Alterio están muy regulares. La que más se salva es Verónica Forqué que en sus inicios como actriz, borda su papel de criada de la casa.

Mi parecer es que lo que ha quedado de esta película es sobre todo la referencia al mundo infantil. Pero las maneras, el estilo e incluso los aspectos técnicos del film resultan trasnochados: se ha quedado antigua sin más. En su momento fue todo un éxito de taquilla, y más allá de lo que nos puede enseñar que no es poco, parece sacada del baúl de los recuerdos, como si fuera propiamente de “cine de barrio”.

Así y todo, yo la he vuelto a ver con gusto y cierta nostalgia, y pasándolo bien con las travesuras y el mundo siempre interesante de la infancia que pugna por comprender el mundo. Por sólo ese detalle, la película merece la pena.

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Comentarios

  1. Cinepata

    PELICULÓN en mayúsculas. No sé cuantas veces la habré visto pero es una delicia y te descojonas con el pequeño príncipe destronado.

  2. Enrique Fdez. Lópiz

    Me alegro que te guste, este martes la proyecto en un foro. Saludos amigo.

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