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Película profunda que se adelantó a su tiempo

Por Enrique Fernández Lópiz

El protagonista de Plan diabólico es un banquero de mediana edad, Arthur Hamilton (John Randolph), el arquetipo del americano triunfador: buen empleo, esposa amorosa y hermosa, envidiable casa en una urbanización de primer nivel y una hija ya casada. Hasta aquí todo aparentemente bien, pero Hamilton está cansado y abatido por una vida que carece de color y aliciente para él. Lo que sueña Hamilton es con una nueva vida palpitante y atractiva, o sea, en convertirse en una persona nueva. Es en esta tesitura cuando contacta con él su amigo Charlie, a quien suponía muerto hacía tiempo. Charlie le habla de una reservada organización que ofrece a sus clientes algo insólito: una nueva vida. Así, lo que le plantea a Arthur la tal organización es una operación para cambiar físicamente de forma radical y una existencia que él va a iniciar, en la que podrá, entre otras, dedicarse a lo que más le guste. Se finge el fallecimiento de Arthur Hamilton y renace Tony Wilson (Rock Hudson), pintor de físico envidiable que vive en una casa frente al mar y que se disfruta pintando. Aunque lo se va a ir viendo es que con ese plan perfecto, el personaje Arthur/Tony, no conseguirá sentirse cómodo; se sentirá extraño en el nuevo entorno y con su nueva vida.

Desde mi modo de ver, John Frankenheimer, el gran director de filmes como Los jóvenes salvajes (1961); El mensajero del miedo (1962), El hombre de Alcatraz (1962) o El tren (1964), se vuelca en esta cinta poniendo en ella sus mayores cualidades, al punto que avanza un paso más en sus temáticas habituales, siendo ésta una de las películas más admiradas en décadas, todo un icono. Este cineasta neoyorquino (1930-2002) de origen germano-judío hace un cine plenamente ideológico y progresista, político si se quiere, y este film no es una excepción. Su cine es pesimista y se lanza como un buldócer contra el denominado “sueño americano”.

Esta obra es un claro ejemplo del dislate moral y social yanqui, que Frankenheimer encarna en el desconcierto de una planificación distorsionada de sus rodajes, con el subrayado de unas imágenes a veces turbulentas, más que diálogos, y de unos personajes que parecen haber perdido el rumbo. Frankenheimer se deleita colocando la cámara en los lugares más inesperados, permitiendo así al espectador vivir de cerca las emociones de unos individuos descontentos, furiosos y perturbados. Justamente esta película, avanzada para su época, plantea un concepto sobre el terror y la intriga diferente a los cánones clásicos. Su director representa al “mal” como una parte más de la vida cotidiana, en el aquí y en el ahora, amparado por una “sociedad enferma” y alienada, como la definía el conocido psicoanalista Erich Fromm.

Tanto la dirección como el gran guión de Lewis John Carlino plantean en la historia preguntas sobre la desilusión frente a la llamada vida del progreso y el confort, la repudiable opulencia, la riqueza, la acumulación sin límite, la insatisfacción existencial, la decadencia física, social y moral. Este cúmulo de desdichas es lo que lleva al personaje a buscarse otra identidad, otro ser que lo habite y lo redima. Y cuando ya ha conseguido tan “fantástico” fenómeno, cuando el individuo está ya transmutado en un apolíneo y vital Rock Hudson, también surgen los interrogantes sobre su segunda oportunidad. Es en este punto cuando el protagonista se pregunta si no habría sido mejor continuar en su anterior estado, haber quizá aprovechado mejor su anterior modo de vida, haber enmendado sus errores. Ahora, en su renacimiento todo parece falso, ni siquiera su casa es suya, todo está programado por la empresa que lo ha rediseñado, sus vecinos tampoco son genuinos, ni su amante, y por supuesto, nada tan falso como su segunda juventud.

Jerry Goldsmith hace una banda sonora espléndida, inquietante y muy acorde al film. Excelente fotografía en blanco y negro de James Wong Howe, uno de los directores de fotografía más importantes de la historia del cine. Por entonces contaba con más de 60 años, pero eso no fue óbice para que hiciera un magnífico trabajo con una meridiana nitidez y profundidad de campo. Además, vemos ágiles movimientos de cámara y planos filmados desde diferentes ángulos, jugando a su vez con diferentes tipos de lentes. Puesta en escena opresiva y estrambótica conforme a la temática de la cinta, recalcando la sensación de desconfianza, circunspección y desequilibrio de los personajes.

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Pero en la película hay muchos silencios también. El delicado tratamiento que se le da a los silencios habla de un protagonista abstraído y retraído, enfocado por innumerables primeros planos, mientras la acción se desarrolla de fondo con unas personas nerviosas que intentan desesperadamente rellenar los vacíos incómodos.

Del reparto hay que decir que fue brillante la idea de contratar a dos actores distintos: uno para Arthur y otro para cuando Arthur es convertido en Tony, porque la presencia de dos actores resulta muy bien a la historia, consiguiendo que la transformación parezca más real, haciendo evidente que Arthur ha cambiado totalmente de físico cuando se reconvierte en el renacido Tony (Hudson). Mejor, digo, que si el papel lo hubiera interpretado un solo actor, como en principio se pensó, cuando la productora pretendió contratar a Laurence Olivier quien finalmente no pudo aceptar. Entonces, Arthur es interpretado por John Randolph, un intérprete sólido y de prestigio, que si no tuvo una más brillante carrera en Hollywood fue por estar fichado en las listas negras de la “caza de brujas”; pero Frankenheimer fue el primer director que tuvo la generosidad y la valentía de sortear ese obstáculo otorgándole uno de los papeles principales en este film. Para Tony se recurrió a Rock Hudson, actor que no era del agrado del director, pero tras una entrevista con él, Frankenheimer quedó conforme con la elección, resultando que Hudson hace un espléndido trabajo muy alejado de los roles típicos de galán que venía desempeñando. Es más que probable que Hudson, en su madurez, quisiera salir del encasillamiento en que se encontraba como actor. De manera que aunque Hudson tiene sus limitaciones desde mi forma de ver, en esta película nos obsequia con uno de sus mejores trabajos; se nota que puso todo su empeño y bien hacer, y que se entregó de pleno en el personaje de Tony. El resto de actores tienen una gran entidad actoral y quizá pueden ser conocidos para los aficionados algunos de ellos como Jeff Corey y Will Geer; destacan igualmente en sus breves apariciones Wesley Addy como el pulcro e impecable John, o Murray Hamilton, en su conmovedora interpretación de Charlie. Y les secundan con gran acierto Salome Jens, Richard Anderson, Murray Hamilton y Karl Swenson, entre otros.

Premios y nominaciones en 1966: Nominada al Oscar: Mejor fotografía (Blanco y Negro). Festival de Cannes: Nominada a la Palma de Oro (mejor película). Poca cosa para lo que es el film. Sin duda esta es una de tantas películas injustamente olvidadas e infravaloradas, película vilipendiada por la crítica y con poca rentabilidad económica.

Tiene la obra momentos antológicos. Destaco, de una parte, la orgía de alcohol y sexo en la que la cámara frenética sigue los vaivenes de un jolgorio trágico en el cual el protagonista, Tony, caerá derrumbado y beodo en su propia trampa. Es muy interesante la visita de Tony a su antigua mujer, la esposa de Arthur, en una casa, su antigua casa, donde no hay apenas vestigios de su vida pasada, solo unas fotos antiguas; son momentos en los que su antigua esposa no lo deja bien parado a preguntas de él, Tony, que se hace pasar por un conocido de su “difunto” esposo Arthur; todo ello con un sabor rancio a cosa antigua en el peor sentido del término: caduco. Y no digamos ese final en el que queda claro que sólo las misteriosas empresas de renacidos salen ganando, empresas con ejecutivos y comunicadores de gran nivel para vender un producto letal, y el deseo de Tony de volver a ser quién era, pero eso ya no es posible, su cuerpo y su vida ya no le pertenecen. Esa escena final en la que es llevado en camilla a la sala de operaciones (prodigio visual de Frankenheimer), con frío, en soledad, con el cínico procedimiento de la empresa que pone a su servicio un sacerdote ¡ordenado en varias religiones! para despedirlo con todas las bendiciones, como paso último de un proceso al que no se le da importancia. Y ese plano ya entrando en el sopor de la muerte que muestra la imagen que pasa por la mente de Arthur/Tony, una escena en que visitaba a su hija y su nieto, analogía de una vida desperdiciada que a pesar de sus limitaciones le proporcionaba momentos de felicidad.

Sobrecogedora, turbadora, esta película, que sigue pareciendo muy moderna, es una obra de gran profundidad, de enorme interés por su contenido y la soberbia realización de John Frankenheimer. Sin duda este film se adelantó a su tiempo dibujando con crudeza un brutal descenso a los misterios y anhelos del psiquismo humano. La conclusión es desoladora, pues apunta a la imposibilidad de huir de esa inadaptación al mundo, incluso cuando para lograrlo hemos tratado de manipular la realidad a nuestro antojo.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=GbNluwzy0Bc.

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