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Película premonitoria

Enrique Fernández Lópiz

Vi el fin de semana pasado esta película, El hombre más buscado, una película emotiva, pues es un último homenaje a dos grandes del cine: por un lado ese enorme actor que fue –y seguirá siendo en las películas que rodó desde 1994- Philip Seymour Hoffman; y otro lamentablemente desaparecido también en 2014 fue Willem Dafoe, otro actor singular de la pantalla desde principios de los años ochenta, que interpreta en este film un personaje inquietante.

Hace poco comentaba yo El topo que, al igual que ésta, está basada en una novela de John Le Carré, el novelista del suspense, el espionaje, la guerra fría y todo eso que hace que un guionista como Andrew Bovell pueda inspirarse en una de sus últimas novelas y decidir una excelente guía para un film muy bien dirigido por Anton Corbijn (“la prima donna de la fotografía del rock”, como dice Boyero). Corbijn sabe crear el clima exacto de un Hamburgo oscuro y marrón (como decía en su gran canción Luz Casal: Un día marrón); y es que el film “no es gris ni negro, es solo marrón”, como dice Luz en su canción. Pero además de marrón en lo que toca a los ambientes físicos, se puede igualmente ver el mismo color en el clima humano. Una trama densa y oscura, cargada de tensión y brutalidad latente. Con un Philip Seymour Hoffman que parecía anunciar su inminente final, pues no creo haber visto nunca a Hoffman tan abatido, fumando a discreción, bebiendo todo el tiempo, más gordo de lo habitual, la respiración costosa y agitada, sucio, descuidado en la vestimenta, etc. Ya sé que alguien dirá que son cosas del guión, y sin embargo, su papel de importante agente de la inteligencia, un hombre abatido por su historial de fracasos y muerte, parecía salirle a Hoffman de muy dentro de su ser.

Como escribe Irene Crespo: “Hay algo en El hombre más buscado que pone un nudo en la garganta desde la primera escena. Es un sonido. Un sonido que el director Anton Corbijn (Control) utiliza hasta cuando no aparece él en pantalla. Un sonido que transmite la claustrofobia, angustia, desesperación y tensión de estos espías que parecen admiradores y herederos de George Smiley (El topo), el mejor de todos que también creó John Le Carré. Es la respiración de Günter Bachmann, el jefe de un grupo de inteligencia alemana de la vieja escuela, más preocupado por el largo plazo que por los arrestos vistosos, más obsesionado por la confianza y seguridad de sus soplones, que por quedar bien ante la CIA (esa gente de trajes impecables y rasgos duros, pero grises, como consigue transmitir la luminosa Robin Wright). Es la respiración de Philip Seymour Hoffman, pesada, atrapada y ahogada en un cigarrillo tras otro, en un whisky tras otro”.

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O sea, que después de tres años de El topo, nos encontramos una nueva adaptación de una novela de John Le Carré; adaptación templada, sobria a la par que diligente, circunspecta, localizada como digo en un Hamburgo como para salir corriendo de allí, una ciudad bajo nubes plomizas. Como escribe Boyero: “La estética y el tono que utiliza Corbijn en ese Hamburgo portuario y grafitero, poblado por servicios especiales, contraespionaje, CIA, que se zancadillean entre ellos y no dudan en sacrificar a un inocente si tiene pinta de talibán, es poderosa”. Una película donde apenas hay más acción que la acción interna de la paranoia y de un Hoffman tabaquista, alcohólico, personaje obsesivo y sufriente, y supuestamente mal oliente. Aunque eso sí, el film está cargado de tirantez y suspense.

La novela de Le Carré tiene su punto de arranque en el malestar político y de los servicios de inteligencia, motivado por los atentados del 11-S como telón de fondo. La historia sigue a un hombre medio checheno y medio ruso, de firmes convicciones religiosas, torturado en Rusia y que llega a la comunidad islámica de Hamburgo en busca de amparo. Pero a la vez, también reclama la herencia de su padre, una herencia que él no quiere para él, por considerarla un dinero sucio. La mirada de los Cuerpos de Seguridad de Estados Unidos y Alemania acecha al joven, sin que se sepa bien quién es él, si una víctima de la represión Rusa, un hombre cualquiera o un integrista peligroso. Sólo se sabe que necesita llegar a un lugar seguro y tener una tarjeta de residencia u otro papel para poseer una identidad.

En Hamburgo, el checheno conocerá a una joven, Annabel, una abogada alemana idealista y defensora de los derechos humanos. Él la contrata para que le arregle los papeles e impida su deportación, y para ello deberán enfrentarse al heredero del banco Brue Frères de Hamburgo, un británico entrado en años que se encuentra a punto de una quiebra, y a la vez, será perseguido por los Servicios de Inteligencia de uno y otro país, Alemania y EE.UU., y en ese embrollo de intereses encontrados, un desenlace imprevisto y despiadado.

Como hemos dicho, dirección de Anton Corbjn y guión de Andrew Bovell impecables. La música también me ha parecido excelente, y cómo acompaña el piano y la música a media luz al film. La fotografía es otro de los puntales de esta neblinosa película. Amén de la puesta en escena.

Pero claro, tenemos al personaje, al detective o agente Günter Bachmann, que parece enteramente un rol cortado a la medida de Hoffman. Incluso he leído que el director Corbijn cuenta que cuando acabó el rodaje, el actor firmaba los correos electrónicos como Günter: ¡así de identificado estaba con el personaje! Como si la piel de Günter Bachmann hubiera envuelto definitivamente a Hoffman y éste hubiera quedado atrapado en el personaje. Un personaje evidentemente suicidal, terminal, lanzado pendiente abajo hacia su autodestrucción. Como decía, da hasta pavor escuchar en la versión original la respiración pesada de Hoffman que esconde una lucha y un malestar en su interior. Y entonces se tiene la sensación de que entre Hoffman y el personaje Günter frustrado y solitario, no hay distancia.

Tampoco, la verdad, se ve bien a Willen Dafoe, pues no es solo que en la película su negocio bancario no fuera bien, sino que su mirada y sus gestos también aparecían mortecinos y angustiados. Y qué triste suerte que al igual que Hoffman acabaría en breve sus días en este fatídico año de 2014 para el mundo actoral. Y por supuesto ambos hacen memorables interpretaciones.

El resto de actores están muy bien igualmente. Lo único que siento es que mi admirada Nina Hoss haya quedado en un segundo plano pues creo que no era su papel y además porque Hoffman fagocita sus apariciones. Luego tenemos un elenco brillante con actores y actrices como Rachel McAdams, joven actriz que brilla a la misma altura que sus compañeros de escena; un Robin Wright excelente que decide hacer su más arriesgado cambio de imagen; y junto a ellos, secundarios de relumbrón como Daniel Brühl, Martin Wuttke, Rainer Bock, Mehdi Dehbi, Homayoun Ershadi o Neil Malik Abdullah entre otros.

Película de intriga, sí; de lúgubre entorno, también; buena en muchos sentidos, igualmente. Pero creo que es ante todo una película, antesala de la muerte anunciada de Philip Seymour Hoffman, un actor al que el calificativo de genial le queda corto. Y es que parece que Philip dijo: “pues me voy a colocar delante de las cámaras para despedirme”. Y como sabemos, la despedida fue brutal: en soledad, en su desamparo y en su angustia que debía ser muy grandes, y clavándose literalmente un puñal de heroína en las venas. Descanse en paz.

Y como antes la mencioné y me parece que la canción y la letra de Luz vienen al cuento, pues ahí va la letra de ese “Día marrón”, el de Philip Seymour Hoffman.

Pienso al despertar, que es un día ingrato
Y voy a llorar, casi todo el rato
El aire se perfuma de aprensión
Voy a tener un día marrón
Día de bruma en mi corazón

Se presenta mal, hoy el panorama
Me voy a arropar dentro de mi cama
Me clava la amargura su aguijón
Voy a tener un día marrón
Día de bruma en mi corazón.

Un día tonto, de pronto, din una razón
No es gris ni negro, es sólo marrón
El día en que se te pega al cuerpo el camisón
No es gris ni negro, es sólo marrón.

Pienso al despertar, que es un día ingrato
Y voy a llorar casi todo el rato
Crece como la espuma mi obsesión
Voy a tener un día marrón
Día de bruma en mi corazón.

Luz Casal

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