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Película pedagógica y humana de hondo calado

Por Enrique Fernández Lópiz

En Montreal, una maestra de escuela primaria se suicida inopinadamente y sin que nadie lo entienda, colgándose en su propia aula, una clase de niños y niñas; y uno de sus alumnos, Simón, la ve y la noticia corre como la pólvora entre los acongojados niños de seis o siete años. Bachir Lazhar, un inmigrante de cincuenta y cinco años procedente de Argelia y maestro, es contratado con urgencia para sustituir a la tal maestra. Lazhar, que aún se está recuperando de una terrible tragedia personal, acepta empero el cargo. A pesar de la diferencia cultural, él podrá conocer y también comprender a sus alumnos desde el primer día de clase, pese a su dificultad para adaptarse a las limitaciones del sistema escolar. El nuevo maestro, con buen tino, va haciendo que los niños superen su dolor, su intriga por la muerte trágica de su maestra anterior y el luto por la pérdida, y va logrando, así, que los niños transiten el duelo de la mejor manera. Lo que nadie conoce es el doloroso pasado de Bachir y su precaria condición de refugiado. Como se va desvelando en la historia, su esposa, que era profesora y escritora, murió junto con su hija y su hijo en un ataque incendiario. Los asesinos estaban furiosos por su último libro, en el que se señalaba con el dedo a los responsables de la miseria social y económica en Argelia. De este libro proviene la frase elocuente dicha por el maestro Lazhar: Nada es realmente normal en Argelia.

Se trata de una gran película, dirigida con un excelente ritmo narrativo por el director canadiense Philippe Falardeau, con guión de su propia autoría, un guión ágil y que no esconde el dramatismo del film en todo sentido; el guión es una adaptación de la obra de teatro de Évelyne de la Chenelière, que trata sobre la imposibilidad de sanación del individuo y más de un joven traumatizado, si no existe un contacto físico, propio de nuestra condición y nuestra naturaleza humana. A a la vez, Falerdeau nos muestra el lado más humano de un hombre que ha podido sobrevivir a sus enormes vicisitudes y desdichas. Entre las interpretaciones destaca la maravillosa y archiconvincente interpretación de Mohamed Fellag, al que acompaña un fenomenal reparto como Sophie Nélisse, Émilien Néron, Marie-Éve Beauregard, Vincent Millard, Seddik Benlismane o Louis-David Leblanc, por mencionar algunos. La música de Martin Léon arropa muy bien el drama y la excelente fotografía de Ronald Plante enmarca con nitidez la historia.

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Esta película fue nominada a la mejor película de habla no inglesa en los Óscar de 2011; Festival de Locarno 2011: premio del público y premio de la crítica otorgado por los periodistas de Variety; Festival de Toronto 2011: mejor película canadiense; Festival Internacional del Cine Francófono de Namur 2011: premio Especial del Jurado y premio del Público; Festival de Cine Internacional en Abitibi-Témiscamingue 2011: gran premio Hydro-Québec y premio Comunicación y Sociedad; Festival de Cine Francófono en Acadia 2011: la vague de coup de cœur; Semana Internacional de Cine de Valladolid 2011: mejor guión; Premio de la Crítica Internacional y Mención especial Diversidad Cultural; premio al guión y de la crítica en la Seminci.  Como vemos, su curriculum es más que meritorio, es sensacional.

Es un film con una profunda carga de humanidad y a la vez un cántico a la esperanza. Película elegante, sobria, sabia también, que sabe hablar del sufrimiento, pero también de la superación, de la confianza en que hay alternativas nuevas en la vida, que hay esperanza ante el rostro de la tragedia; y en cierto modo es una búsqueda de la verdad, de una verdad no siempre bien aclarada (como en el caso de los niños que no se explican el misterio de la muerte-suicidio de su maestra), de una verdad que se busca, que todos buscamos al igual que el profesor Lazhar. Yo vi esta película en su estreno, y de nuevo hace poco, y digo que es de esas pelis que una vez la has visto, ya te acompañan para siempre en lo profundo del corazón. Como escribe Javier Ocaña: La tolerancia religiosa, el aprecio por otras culturas, la consigna del esfuerzo, el exilio político, la necesidad (o no) de hablar de la muerte y el conocimiento del Otro están en la esencia de Profesor Lazhar.”

Esta película, más que ofrecer repuestas hace preguntas. Una de ellas es cómo distinguir entre la mera transmisión de conocimientos y educar en una determinada manera de vivir. En la película, un padre de los que abundan en este mundo de hoy, le espeta al profesor Lazhar que su misión es meramente enseñar y que las otras cuestiones sobre la manera de vivir, etc., es una función de la familia. Y parece mentira que hayamos llegado a estos límites absurdos en la educación occidental y que la película muestra sutilmente. El maestro o maestra han de ser lo más asépticos posibles, no tocar al niño para mal ni para bien, como que el niño fuera un objeto prohibido al tacto del educador. El maestro ni puede dar una colleja y menos –diría yo- un abrazo o un beso. Entonces, y la película lo pone de relieve con mucha delicadeza, algo ocurre entre las familias, los educadores, los políticos, etc. Por eso acuerdo que Profesor Lazhar es pedagogía cinematográfica, porque ofrece una necesaria y bella reflexión sobre el sistema educativo en las sociedades contemporáneas occidentales: ¡debería ser de obligado visionado en las Facultades de Ciencias de la Educación!

Y es que creo poder afirmar que la educación no pasa por un buen momento. Lo de enseñar no está bien visto, los niños abusan de su libertad amparados por sus complacientes padres, se burlan a veces hasta del propio maestro y así lo entiende en esta peli Bachir Lazhar, un maestro sustituto en una clase traumatizada, un maestro de la órbita árabe, donde otra cosa no habrá, pero los niños respetan como se hacía aquí antañazo, a los maestros y educadores.

Philippe Falardeau, el director de la película dice: “No es esta película una loa al profesor perfecto. Bachir Lazhar está lejos de serlo. Su exceso de frialdad le impide sentir empatía con sus alumnos. También se ha acabado el tiempo en que los profesores admiraban a sus estudiantes. Esto no es el mundo ideal de El club de los poetas muertos. Los chicos de 10 años no son adultos con voz de niño, como cree el maestro argelino (un origen elegido para hablar, de paso, de la inmigración). Son niños que necesitan la mano de sus padres y sus maestros para dar el paso a la madurez. Y estos niños, en concreto, necesitan más de una mano, necesitan todo el brazo, un abrazo, porque de golpe son mayores, tras ver la muerte en su propia clase, donde se sentían seguros frente al mundo, de donde no tenían que salir hasta que un profesor les hubiera enseñado todo lo que necesitaban saber.”

El Profesor Lazhar es una película que toca temas muy diversos, por empezar la educación, como venimos diciendo, pero también la integración social y laboral del protagonista, el choque cultural,  una crítica a las llamadas “sociedades avanzadas”: o sea, mucho. Una película valiente, con un protagonista del Magreb, un maestro, y que compendia en el aula de clase todas las paradojas de una mundo, tal el nuestro, que aúna a la complejidad, sus evidentes fisuras.

Una película para pensar y para sentir en la que Philippe Falardeau, además de lo ya dicho, nos hace ver que tras los inmigrantes hay un mundo y unas contradicciones como las de cualquiera de nosotros: historia personal, traumas, drama, etc. Película dura pero de recuerdo agradable, esta película es una clase magistral de buen cine educativo y social, de sereno optimismo.

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Comentarios

  1. Toni Ruiz

    Estupendo análisis de una igualmente estupenda película. Enhorabuena.

  2. Enrique Fdez. Lópiz

    Gracias amigo. Saludos

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