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Película para pasar el rato y con alguna moralina

Por Enrique Fernández Lópiz

Ben Mezrich es un escritor estadounidense (1969), que escribió una novela titulada Bringing Down the House: The inside story of six MIT students who took Vegas for millions. La novela relata la historia de un grupo de estudiantes del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) que, mediante un sofisticado método de conteo de naipes, ganaron varios millones de dólares en mesas de black-jack de Las Vegas y otros casinos de Estados Unidos y el Caribe. A pesar de que al principio Mezrich defendió la veracidad del relato, luego fue retractándose y finalmente, tras el éxito de la novela, el Boston Globe desmontó la historia y demostró que muchos de los hechos del libro nunca tuvieron lugar, concluyendo que «no se trata de una obra verídica en ningún sentido de la palabra».

Hecha esta reseña histórica sobre la obra que inspira esta historia, 21 Black Jack cuenta, basándose en la novela de Mezrich, las aventuras y desventuras de un grupo de estudiantes, captados por su profesor de Matemáticas, a los cuales convierte en expertos en contar las cartas para ganar dinero a espuertas en los casinos en el juego black-jack. El protagonista es un joven tímido pero de extraordinarias cualidades para los números llamado Ben Campbell (Jim Sturgess), brillante estudiante del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT). Si bien el joven es en principio reacio a participar en dicha trama, finalmente se convence a fin de conseguir el dinero suficiente para pagar la matrícula en la Facultad de Medicina. La ilusión en su vida es ser médico y obtener su título en una importante Universidad. Así pues, para conseguir este objetivo decide finalmente participar junto a otros estudiantes en esta experiencia. Aleccionado por el heterodoxo profesor de matemáticas y genio de la estadística Micky Rosa (Kevin Spacey), consiguen descifrar las claves para ganar al black-jack sin límite. Viajan a Las Vegas cada fin de semana bajo la batuta del profesor y su estrategia infalible para ganar. Ben, que en principio solamente quiere sacar el suficiente dinero para sus estudios, es no obstante seducido por el dinero, el lujo y su atractiva compañera Jill Taylor (Kate Bosworth), todo lo cual lo coloca en una peligrosa posición al borde de la ley, perseguido por el implacable Jefe de Seguridad del Casino (Laurence Fishburne).

Estamos ante una película mediocre dirigida con oficio pero sin originalidad por Robert Luketic, con un guión previsible y un tanto tramposo (como las actuaciones de los personajes) de Peter Steinfeld y Allan Loeb, basado en la novela de Ben Mezrich, Bringing Down the House, un guión que escamotea información, la manipula y la utiliza a su conveniencia, alterando y simplificando la trama original. La música de David Sardy es meritoria y la fotografía de Russell Carpenter no está mal. Como tampoco está mal la puesta en escena.

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En cuanto al reparto, ninguno de los actores y actrices destaca especialmente, si bien no hay que restar profesionalidad a sus trabajos, sobre todo a Jim Aturgess como estudiante brillante y principal personaje en el juego del black-jack; Kate Bosworth es una bonita chica y poco más; Laurence Fishburne hace un buen papel como inspector del juego en el Casino; y Kevin Space, un actor con muchas tablas, interpreta bien y sin mucho esfuerzo el rol de profesor. Acompañan bien el resto del reparto: Liza Lapira, Josh Gad, Aaron Yoo, Sam Golzari y Jack McGee.

En realidad la historia se nota artificial en su desarrollo y es un film fullero que deriva por derroteros manidos y argumentos previsibles, sin opción a la creatividad ni a la sorpresa. Mi tendencia a la denominada “libre asociación” me lleva inevitablemente a acordarme en este punto de una película española de título The Pelayos (2012), película de Eduard Cortés donde se cuenta la historia de la famosa familia los Pelayo que con sus técnicas estadísticas desbancaron diferentes casinos a lo largo de Europa fundamentalmente. Pero he de decir que en mi opinión, este último film es mucho mejor, realizada con más aplomo y más creíble (en realidad es una historia real), que la que ahora comento.

Marín Bellón escribe con gran razón que la cinta se ve de un tirón, aunque el espectador avisado detectará pequeños plagios a clásicos del género, como el ´El Casino´ de Scorsese, una estructura tan de manual que hasta el giro final está cantado y un montaje demasiado ´videoclipero´, por no hablar de la insulsa subtrama romántica. En definitiva, aúna lo mejor y lo peor de Hollywood, sin acercarse siquiera al mejor cine ludópata, como ´El rey del juego´ y ´El golpe´. Peor aún, tampoco logra acercarse a la más reciente ´Rounders´, un intento más honesto de revivir aquel cine memorable”.

Algo si se saca en claro de este film. Lo primero es que el Casino siempre gana; es decir, que aunque no hagas trampas, aunque utilices técnicas permitidas o legales, un Casino no va a permitir que alguien vaya una y otra vez y siempre gane en su establecimiento. Así, el primer mensaje es un mensaje del poder de estas empresas que necesariamente siempre han de ganar e impedirán la entrada a quien ponga en riesgo este precepto.

La segunda idea es bien conocida y se resume en el dicho: “la avaricia rompe el saco”. Como suele decirse, se necesita de la ecuanimidad para dar sin caer en prodigalidad, y guardar, sin incurrir en avaricia. O sea, esto de los bienes materiales significa una gran tentación para el ser humano. Nos puede encandilar a modo de Becerro de Oro, y por lo tanto el juego es quizá el peor vicio que existe, pues no tiene coto, siempre se espera y se quiere más. El dinero, el lujo, los Hoteles buenos, las mujeres hermosas o los hombres atractivos, los autos de lujo, todas cosas que hipnotizan. Y hay que ser muy ponderado y muy equilibrado para manejarse en estos ámbitos sin incurrir en la codicia o la desmedida ambición. Alguna experiencia que me tocado aunque solo fuera de refilón, me ha enseñado que el jugador profesional, el que sabe jugar, sacarse un sueldo y retirarse de la mesa sin pedir más, o sea, el tahúr, es una espécimen rara; no todo el mundo sabe ni puede acotar la avaricia. Pues bien, de esto habla también el film.

Y para acabar diré que pesar de lo dicho, la película logra entretener un ratito. El final es típico de cociente intelectual medio-bajo y en general las escenas y elementos del guión muy repetitivos. Para ir al cine no la recomiendo, otra cosa es pasar un rato grato en tu sillón viéndola en TV.

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