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Película muy recomendable para este mundo petulante y desapegado

Por Enrique Fernández Lópiz

Ladrón de bicicletas fue dirigida por Vittorio De Sica, que era entonces una especie de genio loco que confiaba plenamente en sus capacidades de dirección, a pesar de la precariedad de medios. Con un guión de Cesare Zavattini, Vittorio De Sica, Suso Cecchi d’Amico y otros basado en la novela homónima de Luigi Bartolini: Ladri di biciclette (1946). Música magnífica de Alessandro Cicognini, y gran fotografía en blanco y negro en tono documental de Carlo Montuori. Este film supuso el espaldarazo definitivo para Vittorio De Sica y el decisivo reconocimiento internacional del denominado “neorrealismo italiano”.

La película goza de un reparto que resultó ser magnífico, con verismo y naturalidad, plenamente convincente y con la capacidad de transmitir el drama motivo del film. Y digo que resultaron maravillosas las interpretaciones por lo siguiente. Lamberto Maggiorani era un obrero de una fábrica, no un actor profesional, que no obstante está genial en su sobriedad y en su llenar pantalla con su expresivo rostro; Enzo Staiola es un niño que ni siquiera se había presentado a las pruebas, sino que fue elegido por De Sica de forma azarosa: pasaba por allí; Statiola, de seis años, construye un personaje infantil espabilado, sensitivo y afectuoso, uno de los niños más atractivos del cine; y Lianella Carell era una periodista que fue a hacerle una entrevista a De Sica, pero en vez de un reportaje, salió con el papel protagonista de la esposa de Antonio. Se unen a estos magníficos e improvisados intérpretes otros igualmente geniales como actores de reparto: Gino Saltamerenda, Giuglio Chiari y Vittorio Antonucci. De manera que hay que ensalzar el buen ojo que tuvo De Sica, porque el reparto de esta película es sencillamente espléndido, lo que sin duda tiene que ver con su pericia en dirigir actores improvisados.

Estamos ante un drama de dimensiones antológicas, a pesar de la sencillez de la historia que, empero, no oculta la misérrima vida de un pobre hombre que busca subsistir en el medio depauperado de una Roma de postguerra. En la película podemos ver autobuses abarrotados, bicicletas a cientos, calles empedradas, paredes sucias y desconchadas, gentes buscándose la vida de las maneras más inverosímiles, como vendiendo pedales o timbres de bicicleta en un mercado de ocasión, una ciudadanía implacable sin duda por las severas circunstancias que vive, el hambre de un niño y una pobre casa de familia que sólo pretende alimentar a su prole. Una película que deberíamos ver todos en estos tiempos que corren denominados de “crisis”, pero donde abunda la opulencia, la acumulación de bienes, automóviles por doquier, comilonas, ropa de moda, y donde la bicicleta es poco menos que un artículo de lujo para pasear o hacer un poco de deporte; bicicletas de componentes ligeros, con cambios de piñón, bonitas, y que en nada se parecen a la necesaria bicicleta del film, una bici como las que muchos hemos conocido, con apenas un cuadro, manillar, pedales y un implacable sillín, y que tanta gente hasta no hace tanto, utilizaba como único medio de desplazamiento y de trabajo. La historia es sencilla, simple, casi minimalista, pero directa, conmovedora e intensa.

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La película, como digo, se desarrolla en una Roma devastada y pobre tras la Segunda Guerra Mundial, una ciudad en la que un obrero sin empleo de nombre Antonio, consigue un trabajo esforzado y sencillo para pegar carteles con engrudo por las calles. Para ello necesita una bicicleta que consigue con grandes dificultades y sobre todo con la ayuda de su pobre esposa que vende todas las sábanas de la casa para aportar las seis mil liras que cuesta el vehículo. Pero para gran desgracia de este desventurado personaje, el primer día de trabajo, mientras pegaba un gran cartel, le roban la bicicleta. En este punto comienza todo un periplo de desdichas de Antonio junto con su hijo Bruno, para recuperar su modus vivendi que es la bicicleta. Mientras, su esposa María espera en casa junto con su otro hijo pequeño, encargándose de la crianza y del cuidado del modesto hogar que habitan. Es sin lugar a duda una obra cimera del llamado neorrealismo italiano que forma, junto con Umberto D. (1952) y Milagro en Milán (1951), la famosa trilogía de De Sica.

En el año 1949 esta película recibió innumerables premios y menciones, y el encumbramiento a película de culto, una especie de emblema de la cinematografía dentro del “Realismo italiano”, que habría de ejercer gran influencia en España y el cine de otros países europeos. Así, fue nominada al Oscar al mejor guión. Premio Honorífico a la mejor película extranjera. Globo de Oro a la mejor película extranjera. Premios BAFTA: mejor película. 6 premios del Sindicato Nacional de periodistas italianos, incluyendo, película y director. 2 premios de la National Board of Review: mejor película y director. Círculo de Críticos de Nueva York: mejor película extranjera. Festival de Locarno: Premio Especial del Jurado. Como vemos un curriculum de alto nivel, lo que da una idea de la entidad del film.

El neorrealismo italiano trataba historias de los ambientes sociales más pobres y desfavorecidos, donde se mostraba una Italia ruinosa y miserable, donde los rodajes eran realizados en exteriores comunes y sin ningún decorado salvo la plena y pelada calle. Pensemos que los famosos Estudios Cinecittà no estaban operativos pues los ocupaban indigentes y personas desalojadas por las penurias de la guerra. De hecho, en esta película no es difícil observar calles y lugares donde se hacen evidentes los efectos de la guerra. Hay que tener en cuenta que este film se empezó a roda en 1945, pocas semanas antes de que terminara la II Guerra Mundial, aún con los latigazos de la guerra azotando Roma. Los modos de producción son muy rudimentarios: iluminación natural, actores no profesionales, sonido directo y de regular calidad, y nada de dispendios ni alharacas. De otro lado, este cine mostraba las cosas tal cual eran, y por supuesto, como ocurre en el film, hablaba de asuntos humanos de hondo calado, temas trágicos y misérrimos que suscitan una profunda sensación de tristeza y congoja en el espectador.

Estamos ante un cine pobre que trata, además, la pobreza y las desdichas de la vida en situaciones extremas. En lo que toca a la primera aseveración, un “cine realizado pobremente” y con escasos medios, hay que recordar el conocido refrán que reza que “el hambre agudiza el ingenio”. Y así es, esta película es un ejemplo de cómo con modestos ingredientes pero sabiamente manejados, se puede lograr una película antológica.

Antonio, el protagonista, inicia el film saliendo de una multitud anónima y depauperada, y acaba, en la secuencia final, retornando a esa misma muchedumbre anónima. Solo que el final es diferente, pues padre e hijo han pasado por terribles experiencias en las que ambos se han conocido más a fondo. La dinámica de los hechos hace que las actitudes de ambos hayan evolucionado, madurado, y los haya transformado. Han pasado por situaciones de las que cada uno ha descubierto aspectos singulares de sí mismos, en esa afanosa búsqueda de la bicicleta, e incluso de “otra” bicicleta, pero cómo al final, ambos de la mano, solidariamente, afrontan el futuro con cierto optimismo y esperanza.

Estimados lectores de estas líneas, yo les aseguro que está película está vigente, que no es un pieza de museo. Es una película que traslada al espectador la dignidad y la honestidad imposible de encontrar en las películas de hoy, donde los dramas de Hollywood resultan vanos y artificiales. Esto es así porque estamos viviendo una nueva época histórica en la que predomina el individualismo, la egolatría, la petulancia, la exclusión, la falta de solidaridad y la frialdad frente al dolor del prójimo. Yo invito a que este engreimiento y desapego que nos preside, no sea óbice para volver a ver esta joya del cine, pero no sólo como tal, sino como un film moral, una obra que de seguro servirá a los más sensibles a aprender mucho y más.

En resumen, la posguerra incidió, repercutió en las artes, y el cine no iba a ser menos. Pero lejos de ser un hándicap, el cine de De Sica sirvió a modo de caja de resonancia donde la desdicha humana y la pobreza es denunciada y puesta de la forma más cruda posible sobre el tapete del público que, yo creo, muy bien puede salir de esta proyección con una intensa carga de angustia y hondo lamento, a la par que con una gran lección aprendida. Véanla si pueden.

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