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Película genial y de culto

Por Enrique Fernández Lópiz

El nadador es una singular película excepcionalmente dirigida por Frank Perry –aunque la acabó Pollack. La historia está basada en un relato corto del excelente escritor John Cheever, publicado en 1964, y el guión fue escrito por la mujer de Perry. En él se recoge y amplía el texto original, siendo una crítica a la “American Beauty” de los años sesenta en los EE.UU., aquella sociedad rica, ostentosa y despiadada. Inquietante música de Marvin Hamlisch y una luminosa fotografía con una cámara atenta a los gestos del protagonista y sus anfitriones, sin quitar el foco a los detalles, y con nervio, de David Quaid.

El reparto es de auténtico lujo. Yo me pregunto: ¿Qué actor aguanta una película entera en bañador sin perder la compostura y el talante? Respuesta: ¡Un grande y excepcional Burt Lancaster que está genial toda la película, aun en paños menores! Le acompañan a la perfección un reparto con Janice Rule, Janet Landgard, Tony Bickley, Marge Champion, Bill Fiore, Kim Hunter y Nancy Kushman. Un elenco de lujo y bien orquestado.

Cuenta la historia de un hombre, Ned Merrill (Burt Lancaster) que supuestamente vive en una zona residencial de clase alta. A lo largo del film, el protagonista decide recorrer el valle nadando de piscina en piscina hasta llegar a su casa en lo alto de la colina. Ned siempre va en traje de baño y va contando aquí y allá historias sobre su mujer, sus hijas que tanto le quieren, y tantas anécdotas más que hacen pensar que el “nadador” es un tipo triunfante en el plano personal y de los negocios. Pero los acontecimientos que se van sucediendo dan un inesperado giro al relato, quedando al descubierto un hombre frágil, con muchos resquicios personales y una fuerte componente de delirios y fantasías, o sea, un tipo claramente perturbado que acaba despertando de la burbuja fantástica en la que vivía.

O sea, se podría decir que en la historia se ve a un hombre maduro que atraviesa la zona de piscina en piscina, poniendo en evidencia los infortunios y las miserias de quienes llevan una vida saneada y lujosa, sobre todo al principio.

Ese recorrido del personaje de piscina en piscina (el film es una gran pool-movie), es como un viaje a sí mismo, al enfrentamiento con el engaño en que se halla inmerso, la locura que lo ciega. Como digo, en ese recorrido Ned se va encontrando viejas amistades de tiempos atrás, mujeres que fueron sus amantes, una joven que de niña estuvo enamorada de él, y así va atravesando las distintas piscinas del valle.

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Al principio con mucho éxito social y buen recibimiento, hasta que llegado un punto, una ex-amante despechada le canta las cuarenta, un matrimonio mayor nudista comenta que no tiene dinero para dejarle, y así hasta llegar a una zona de clase media baja, una piscina pública, en la que le obligan a ducharse antes de entrar en el agua, y algunos de los presentes le reprochan duramente las deudas que tiene contraídas con ellos en concepto de alimentos y otras compras suntuosas de antaño.

Al final llega a su casa, una casa abandonada: no hay mujer, no hay hijas, con la puerta cerrada; y él cae abatido bajo la fuerte tromba de lluvia que arrecia, solo, enfermo y abandonado de todos. Es decir, poco a poco, nos vamos dando cuenta que estamos ante un personaje turbado que despierta del sueño en el que creía vivir, y se encuentran con una realidad malsana y agresiva.

Es una película inquietante, desasosegante, una película en la que al principio todo parece ir a las mil maravillas, pero que es un viaje al fondo del propio ser del personaje, el que es en realidad, no el que dice ser. La decadencia de Ed se inicia cuando se golpea un pie –simbólicamente es un golpe a su mismo ser-, cuando la joven, antigua enamorada lo rechaza. A partir de ahí su recorrido de nadador de piscina en piscina deviene un auténtico tormento, un verdadero calvario en el que cada vez cojea más, cada vez tiene más frío y sus pies se manchan de tierra y sangre hasta acabar al final en el profundo pozo de la farsa encarnada en la soledad.

Si la película se ha tomado como forma de severa crítica moral y social, también puede verse, como estoy apuntando, el lado de lo interno, de lo psicológico. De manera que si dejamos por un momento la diatriba hacia afuera, hacia lo social, nos encontramos con un análisis y una crítica hacia lo psicológico, hacia dentro. ¡Cuántas personas viven de falsas mentiras, de creencias infundadas, de imágenes fuera de la realidad. Son individuos, y no son pocos, que caminan al filo de la delgada línea que separa la locura de la cordura; se les suele calificar de “borderlines” o “trastorno límite de la personalidad”, término que utilizó inicialmente el psiquiatra C. Hughes en 1884, y luego el reconocido psicoanalista Adolph Stern en 1938 como forma de diagnóstico de individuos que cuya afección superaba la neurosis pero que no alcanzaban la psicosis. Estos sujetos fronterizos son básicamente inestables emocionalmente, con un tipo de pensamiento dicotómico y relaciones interpersonales desorganizadas y fútiles como apunta otro conocido psicoanalista de nombre Heinz Kohut. Y sobre todo, estos individuos tienen un sentido de identidad con tendencia a la disociación, sujetos «dramático-emocionales». Y así es nuestro personaje Ned Merrill. En ese recorrer piscinas va tomando conciencia de sus fantasías y sus quimeras.

Metafóricamente puede también ser interpretado como un recorrido por las piscinas, que son la vida, desde la juventud y la pujanza, hasta la hasta la vejez, la soledad y la muerte.

A pesar de que tuvo muchos problemas en el rodaje, con cambio de director incluido, estamos ante un film subyugante, agudo, magnífico e intenso. Es un relato del descenso a los infiernos del protagonista, para quien cada piscina es una parte de su propia vida, una vida consumida, una existencia superflua y plagada de mentiras, una vida insustancial.

Película de todo punto recomendable, un icono, una cinta imperdible. Yo la catalogo de parábola magnética con ademanes de cinta de culto.

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