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Película fresca pero sin entidad suficiente

Por Enrique Fernández Lópiz

La película A cambio de nada cuenta la adolescencia de Darío, un muchacho de dieciséis años. Él disfruta y sufre la vida junto a su amigo del alma, otro adolescente grueso y alto de nombre Luismi, su vecino desde la infancia. Ellos son incondicionales (“a cambio de nada”), son amigos de verdad, pues además se conocen desde que tienen uso de razón. Juntos han descubierto lo que saben de la vida. Darío, joven sensible y a la vez arrojado, sufre la separación de sus padres. No puede tolerar su disfuncional familia donde padre y madre se pasan la vida queriendo ir a juicios para arreglar sus desavenencias y la separación, lo cual que Darío rehúye a toda costa: no quiere participar de los desencuentros y broncas entre sus padres.

Obviamente, Darío fracasa en los estudios y acaba escapando de la casa materna, comenzando a trabajar en el taller de un señor nada recomendable, el llamado Caralimpia, un viejo delincuente que quiere aparentar ser un triunfador, que le enseña el oficio y los beneficios de una vida poco recomendable de robo y delincuencia. Y en ese periplo fuera de su casa, Darío, que tiene un buen corazón, conocerá a una señora mayor de nombre Antonia, que recoge muebles abandonados en la calle con su motocarro. Junto a esta figura tipo abuela, descubrirá otra forma de ver la vida, más honrada, feliz e intimista. Así, Luismi, Caralimpia y Antonia se convierten en cierto modo en una nueva familia para él, en un verano cuyos alocados acontecimientos le cambiarán la vida para siempre.

Película tipo drama relacionada con la adolescencia, la familia, el sistema educativo, policial y judicial. Ópera prima de Daniel Guzmán está dirigida con profesionalidad y a la vez irregularmente, conducida por un libreto un tanto insustancial del mismo Guzmán. Le falta densidad a la trama y elocuencia en los lineamientos que pretende trazar. Tiene una fotografía razonable de Josu Inchaustegui. La música son sobre todo canciones de Julio Iglesias y música popular tipo jotas aragonesas que pone en su tocadiscos la anciana señora protagonista, y poco más.

El reparto no está mal. Con una actuación conjunta donde destacan Miguel Herrrán y Antonio Bachiller como los dos jóvenes protagonistas (ya se habla de actores revelación); pero también Luís Tosar (padre rudo y mal encarado, muy bien: https://www.youtube.com/watch?v=VzyMQqvaDcg); María Miguel (madre sufriente y sin recursos, excelente); Antonia Guzmán (la abuela salvadora, genial); Felipe García Vélez (el ladrón de motos y hombre de la vida, bien); Miguel Rellán (en su corto papel de Director del centro educativo, estupendo: ); a quienes acompañan muy bien Patricia Santos, Fernando Albizu, Sebastián Haro, Roberto Álvarez, Luis Zahera, Alez Barahona, Lara Sajén, Mario Llorente, Carlos Olalla, Beatriz Argüello, Iris Alpáñez, Adelfa Calvo y Manolo Caro. Muy bien el reparto.

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En lo que va de 2015, en Premios tiene: Festival de Málaga: Biznaga de Oro (mejor película). 4 Premios.

Este film me ha llevado espontáneamente a recordar una gran película, que versa igual sobre un niño más pequeño que el de este film, la familia, la escuela, etc. Es también una historia sobre la pubertad que tiñó de rebeldía la vida del protagonista por los desencuentros que él veía en sus padres, y que también huye de casa a modo de rito de iniciación a base de golpes (como mínimo 400). Se trata, como ya habréis adivinado de Los cuatrocientos golpes, 1959, de François Truffaut. Pero mientras este film de Truffaut tiene mucha miga de pan de pueblo, éste está hecho con pan de molde industrial, sin demasiada consistencia y sin excesiva imaginación. En 400 golpes yo decía que la cinta hablaba sobre: “… la visión de un niño en torno a la falta de amor, a sentirse abandonado en un mundo de adultos frío e incluso cruel. Los ojos del protagonista lo dicen todo, nos habla de su desolación, de unos padres distantes, de unos maestros que parecen domadores de fieras, una sociedad deficitaria que no provee al niño de lo que un niño necesita: cobijo, afecto, educación”. Pero claro, Daniel Guzmán no es Truffaut ni cosa que se le parezca, al menos por ahora, y aunque la temática se parece, no alcanza el nivel de excelencia que yo consideraría para una película de las buenas.

Así y todo, la película tiene su fuerza, y a su modo, cuenta la historia de lo que muchos sabemos, esto es, que la sociedad, al modo de “tribu” que diría Marina, no educa, el consumo sacrosanto campa por sus fueros, la familia es muy desavenida y falta de armonía en estos tiempos, la escuela ha de cargar con el peso de todo y entonces, el adolescente se ve arrastrado y liderado por personajes poco recomendables, gente psicopática, “dictadores locos” que dice el psicoanálisis, que emergen cuando no existe un cierto orden y racionalidad en las cosas. Tal ocurre con el señor amigote que vende motos robadas.

Se salva de todo este mundo peligroso donde se ha colocado Darío, la señora Antonia, un personaje genial en su motocarro, tierno hasta más no poder, real, y que recuerda a todas nuestras abuelas. Antonia, el muy entrañable personaje de la anciana señora que regenta un puesto en el Rastro o mercadillo similar, es la única capaz en la historia de contener y serenar al joven frente a la angustia familiar y vital que lo lastra. Este personaje y las escenas del muchacho cargando los trastos viejos que recogen en la calle (a veces los hurta el propio joven) en el motocarro de Antonia o la fiesta que organizan en su casa, es para mí lo mejor del film.

Luego está también el canto a la amistad, con los dos jóvenes protagonistas entre los cuales hay química en la película (https://www.youtube.com/watch?v=URGnsL8qQmY). Resultan llamativas, las secuencias del metro o las salidas de El Corte Inglés de los dos amigos entre collejas. Estas escenas de camaradería y sintonía entre Darío y Luismi también resultan muy sentidas y auténticas.

A pesar de que no considero este film una obra de calidad elevada, no hay que negar la mayor. Daniel Guzmán se deja caer con una historia cargada de humanidad y sentimientos que probablemente tengan un algo o un mucho de autobiográfico. Es una cinta cercana que habrá de gustar al público con cierta sensibilidad, es afectuosa y cálida en el abordaje de la amistad y sobre todo en pasajes como la señora Antonia que es la madre-abuela genuina y tolerante. Igualmente el film es franco, emotivo y natural, y eso es siempre aire fresco en una sala de cine, lo cual que se agradece entre tanto plexiglás y tanto artificio. O sea, lo que quiero decir es que cuando Guzmán cuaje y asiente sus recursos como cineasta, y mejor si se busca un coguionista, entonces, y espero que antes que después, estaremos ante un director que con un poco de suerte hará buenas cosas en nuestro cine.

Podéis ver el tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=V3qXCDkSmrI

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