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Película eterna sobre el racismo

Por Enrique Fernández Lópiz

Tras más de cuarenta años que la vi, hace poco tiempo de nuevo me deleité con Adivina quién viene esta noche, film de Stanley Kramer que obtuvo dos Oscar en 1967. Uno la maravillosa Katharine Hepburn; y otro al mejor guión original del excelente William Rose. Y no hay que olvidar que la dirección es muy elegante y acertadamente teatral, pues la historia lo pide a gritos; además, unos decorados que, aunque simples, son bellísimos, y gran puesta en escena en general.

Pero es que, además de los dos Oscar, tuvo ¡diez nominaciones más! Y más, en ese 1967: Globos de Oro: 7 nominaciones, incluyendo mejor película – Drama. Premios David di Donatello: Mejor producción, actor y actriz extranjeros. O sea, todo un éxito.

La película es de planteamiento sencillo pero profundo a la vez. La hija de un matrimonio acomodado liberal norteamericano (Katherine Houghton), aparece de repente en su casa tras un viaje para presentar a los padres (Katharine Hepburn y Spencer Tracy) a su flamante nuevo novio, un médico de color que ha conocido en sus vacaciones (Sidney Poitier). Esta circunstancia remueve los sentimientos de los padres que quedan, a pesar de su liberalismo y su enfoque abierto en temas de todo tipo incluidos los raciales, literalmente anonadados, y sintiendo que nunca habían pensado que semejante situación les ocurriera a ellos. Igual pasa con los padres de él, un matrimonio modesto de color, que cuando aparecen en la parte final de la película para conocer, tras un viaje que han hecho para este cometido, a su futura nuera, quedan perplejos de la elección de su hijo por una novia blanca. El mismo tema racial lo plantea abiertamente incluso la criada de color que cuida la casa. El único conforme y complacido es un monseñor católico que tiene un papel esperanzador y alegre en la historia.

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Pero hay otro elemento a tener en cuenta: la clase social y cultural del novio. Hay que tener en cuenta que aunque Poitier es negro, tiene no obstante una buena posición económica y es médico, un joven educado y de clase social alta. Entonces, estamos ante esta otra realidad. Pues no es lo mismo que hubiera sido un rapero o un conductor de autobús amén de negro. Es negro, sí, pero de alto nivel. Hay una escena en la que Tracy recibe una llamada telefónica que desvela las competencias, títulos y honores de del novio negro, y la propia Hepburn cae rendida ante la evidencia de un novio de pro. Es en este punto a partir del cual la Hepburn se convierte en una incondicional del negrito. Evidente. Tracy tarda unos minutillos más, pero acaba echando las cuentas, y los números le salen. Él quizá habría querido un rubio de la jet society norteamericana de San Francisco, pero se da cuenta de que el destino no se puede prever y dado lo dado, más vale pájaro en mano, un buen pájaro por cierto, que ciento volando.

Este fue el último trabajo en el que pudieron compartir escena los eternos enamorados en la vida real Katharine Hepburn y Spencer Tracy, que están archimagníficos en esta obra. La interpretación de ambos pone los pelos de punta de tan buena. Por ejemplo, el discurso final de Tracy en defensa del amor más allá de la raza, etc., es genial, porque él lo hace genial, no por el discurso en sí que resulta, en abstracto, un tanto gazmoño. La Hepburn no tiene calificativos; el primer encuentro con el novio negro de la hija es de caerse, con esa actitud y expresión de azoramiento, de asombro, de “esto no me puede estar sucediendo a mí”. Por supuesto, Sydney Portier borda igualmente su papel, y da hasta pudor ver algo tan perfecto. Katharine Houghton y el resto actores y actrices de reparto excepcionalmente dirigidos por Kramer, dibujan, en suma, una comedia profunda en sus planteamientos de vida (con especial énfasis en el tema del racismo), en el sentido del humor, en el dinamismo que imprime a la trama, y en el virtuoso manejo de unas escenas corales de múltiples actores a la vez en clave cuasi teatral. El espectador puede llegar a sentir que él también está invitado esa noche a la cena de los señores Hepburn y Tracy.

La recomiendo a cualquier persona sensible, pues aunque la película tiene sus años, está vigente y de última. Su temática sobre los prejuicios raciales, se extrapola a otras actitudes prejuiciosas de tipo clasista, sexista, viejista, homófobas, etc.

Y pensemos que en estos finales del 2014, con Obama en la Presidencia de los EE.UU. y cuando el racismo parecía enterrado, se están sucediendo acontecimientos de extrema violencia motivados por el racismo ancestral. Mas como digo, en este film, además del factor raza, está también la variable estatus económico y social. Si Poitier hubiera sido mecánico o labriego, nadie le habría librado de que la Hepburn y Tracy le hubieran pegado gran patadón en el traste.

En una de esas, alguien dice de Poitier que habría soñado para él que llegara a presidente de los EE.UU. Pues algo más de cuarenta años después, eso fue lo que sucedió. Y yo aseguraría que Obama ha visto varias docenas de veces junto con su esposa Michelle, esta encantadora comedia de ayer y de hoy.

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