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Película épica de viajes, fantasmagórica y humana

Por Enrique Fernández Lópiz

En mi larga trayectoria de espectador de cine, he comprobado que son contadas las ocasiones en que una película te satisface. Se nota en que cuando sales lo haces pleno de gozo por la historia que has presenciado, los diálogos que has escuchado, las interpretaciones, las bellas imágenes, hermosa música y tras ello, claro, una cabeza pensante que es el director, que en este caso resulta coincidir en que también es el guionista. Esto es Z. La ciudad perdida. Y quiero exponer mis reflexiones y datos técnicos de importancia.

A lo largo de siglos se había discutido en Europa la existencia de una civilización primitiva en el corazón de la selva del Amazonas. Este film está basado en hechos reales, a principios del siglo XX; la historia del mayor Percival Harrison Fawcett, un militar, cartógrafo, arqueólogo y explorador británico con poca fortuna en la carrera castrense, lastrado por un pasado familiar indecoroso (padre alcohólico, etc.), lo cual en aquellos entonces había que reparar. El asunto es que encuentra la oportunidad de prosperar si acepta la propuesta de la Royal Society para cartografiar un área de la selva de Bolivia con fines económicos (caucho) y geoestratégicos (evitar guerras). Y acepta y participa en la tal expedición. A la vuelta, después de un viaje agónico con escasos recursos, declara haber descubierto indicios de civilización en la zona. Fawcet decide volver de nuevo una y otra vez para encontrar la legendaria ciudad en cuya búsqueda han muerto ya docenas de hombres. Él tenía la convicción de que las historias que había oído acerca de una ciudad antigua construida de oro eran ciertas. En 1925, su viaje más ambicioso y obsesivo en el que le acompaña su hijo mayor, Fawcett desaparece en lo más profundo de la frondosa jungla, en el epicentro de una primitiva tribu, sin que apenas volviera a saberse nada de él, salvo una brújula de su propiedad que le viene devuelta a su esposa desde Brasil.

He podido disfrutar con algunas películas de del ya conocido director James Gray; me gustó de 2013, esa obra de época ambientada en el Nueva York de 1921, con la primera conciencia del crimen organizado y la inmigración europea, El sueño de Ellis. Pero en esta que ahora comento, Gray construye una película épica llena de aventuras, interesante, con la semblanza del hombre perdedor que desea construir mundos perdidos. Pero también una especie de historiografía antropológica de los prejuicios y desprecios de aquella sociedad británica hacia los nativos de las lejanas tierras del sur americano. Gray lo sabe hacer bellamente, con “su particular humanismo sereno y con un clasicismo narrativo y de puesta en escena” (Ocaña), ritmo pausado, majestuosidad visual y austeridad narrativa.

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El personaje Fawcett viaja a la deriva, certero en sus ansias, pero conducido por mil potenciales eventos azarosos. Pero lo que importa, como dice Martínez, es “la travesía como el momento raro y fútil en el que la realidad abandona su deriva hacia el vacío para tocar, apenas un instante, la tensión de lo vivo, de lo imprescindible”. Y a la vez, palpando siempre el riesgo de perder la vida, pero también la urgencia de mantenerse en pie aunque sea consciente de que más adelante probablemente no haya nada. Una historia con tintes heroicos pero también dramáticos, no sólo por las epopeyas del protagonista en sus desaforadas expediciones río arriba en la Amazonia, sino también porque el amor y la guerra están omnipresentes en su vida. De un lado su amada y bonita esposa, una mujer desolada por los largos períodos “que de pronto son años sin pasar tú por mí” (que decía Silvio Rodríguez); el tiempo y la crianza de sus hijos los tiene que padecer sin su esposo; y de otro lado, se desencadena la horrible I Guerra Mundial en la que Fawcett, además de resultar gravemente herido en su batallar contra el ejército alemán, obtiene poco rédito en honores militares por su proeza, algo que él ansiaba e incluso necesitaba.

Creo que es de resaltar la importancia de la elipsis en esta película. Y tomo las palabras de mi colega Arranz que tan bien lo explica cuando escribe: “El cineasta se sirve de las elipsis como una de las mayores fuerzas narrativas de la película, una decisión que confundirá a algunos espectadores que estén acostumbrados a viajes más lineales”. Y es así, el film suprime ciertos acontecimientos dentro de la linealidad temporal del relato o la historia. Y eso hay que tenerlo presente cuando se vea la película.

El guión del propio Gray es el resultado del Best-Seller “La ciudad perdida de Z”, del periodista y escritor norteamericano David Grann. El guión, al igual que la obra literaria, es una historia de viajes, a la vez que un ensayo biográfico y un reportaje periodístico (tres en uno), donde se cuenta la historia de Percy Fawcett, quizá uno de los últimos grandes exploradores del siglo XX antes que los avances técnicos y los recursos de todo tipo, sustituyeran a la intuición y la audacia. Creo que esta es una de las razones por las que el guión, amén de estar muy bien escrito y trabado, es tan brillante, porque deviene un relato de aventuras interesante, veraz, o sea, histórico, que hace alarde de su fascinación poética y descriptiva, donde hay también crónica humana y familiar, en fin, una cinta alejada de otros productos que hoy se proyectan para niños o individuos de fuste breve, ora simples, ora pomposos, pero mayormente estúpidos. Esta película es justo lo contrario, es emocionante, humana y obviamente creíble, dado que está basado en sucesos y personajes verídicos y en lugares reconocibles. Oti muy bien dice que “Gray evita el doble «peligro» […] del encanto peliculero de Indiana Jones y regatea el síndrome Lope de Aguirre”. Efectivamente, Indiana Jones en todas sus entregas y con sus innegables méritos, no deja de ser un personaje de cómic que ondea su fuerza a golpe de fantasía; y qué decir de aquella genial película de 1972, Aguirre, la cólera de Dios, una enorme película de Herzog que tiene sus equivalencias con esta (aventura americana, indios, balsa, río, etc.), pero muy diferente; en ella se recrea la irracionalidad humana encarnada en el loco Lope de Aguirre que lanza a su expedición a una aventura demencial por la exuberancia selvática sudamericana, con peligros donde están también los indígenas y sus envenenadas flechas. Incluso, ya puestos asociar, puede este film traernos igualmente los efluvios y los espectros selváticos de otra obra genial de Herzog, Fitzcarraldo. Pero como digo, el film de Gray es otra cosa, no es el omnipotente y fantástico Harrinson Ford que puede con todo, tampoco es la Conquista española en aquella ruda historia del siglo XVI; como no es equiparable con el melómano loco (de nuevo Kinski) que quiere montar un Teatro de la Ópera en medio de la selva amazónica. A diferencia y en su justo punto, Gray nos deleita con aventuras de principios del pasado siglo, para disfrute y un también para la reflexión de nuestra contemporaneidad.

Me ha parecido muy interesante le banda sonora de Christopher Spelman. De la fotografía de Darius Khondji digo que es proverbial, de gran belleza, como asemejando a cierto tipo de pintura antigua, lo que hace a “una película que, en todo momento, navega hacia la luz” (Martínez), no sólo en la trama, sino también en las tomas, los planos y las panorámicas; la aventura como lugar de pasión y de resplandor. “La cámara se maneja siempre en ese espacio íntimo donde la jungla es antes que nada un paisaje interior, casi un estado de ánimo que exuda en la misma piel de los personajes” (Martínez).

En el reparto Charlie Hunnam hace un gran trabajo en la piel del apasionante personaje Coronel Percy Fawcett, cuya interpretación es creíble de todo punto. Sienna Miller está muy bien como Nina Fawcett, mujer de gran belleza que interpreta un personaje femenino avanzado para su momento y sobre todo, valiente y tenaz: espléndida. Robert Pattison como el cabo Henry Costin; Pattinson es un actor de rico repertorio que incluso puede sorprender en el mejor sentido; en el film acaba junto al protagonista, en el más oscuro de los destinos. Bien Tom Holland como el hijo de Fawcett, igualmente aventurero. Acompañan con enorme calidad un grupo de actores de reparto como Augus Macfaydyen, Bobboy Smalldridge, Edward Ashley, Tom Mulheron, Aleksandar Jovanovic, Siennah Buck, Stacy Shane, Bethan Coonber y Ian McDiarmid, excelentes todos/as.

Creo que estamos ante un prodigioso viaje que se dirige al núcleo de todos los viajes posibles. Gray sabe trenzar con sabia mano, fábula y realidad histórica, lo cual resuelve con una película que tiene carácter propio, “que cabalga, libre, entre las odiseas cinematográficas dedicadas a los conquistadores” (Qim) y que además consigue un producto de aventuras que sale de los dogmas del género, consiguiéndolo con gran fortuna. Hay romanticismo victoriano, episodios de guerra, el afán de conocimiento, no se puede olvidar el drama familiar, pero también lances auténticamente físicos con serpientes, indios caníbales, fiebres y enfermedades, y hasta las envenenadas flechas de los indígenas que Fawcet sabe atajar con una carpeta en su mano como único parapeto. Conforme avanza, la historia “va ganando en melancolía y capacidad para aterrar y hechizar a la vez, hasta transformarse en algo mucho más enigmático, casi metafísico” (Salvá).

Cinta, en fin, intensa, bella, de atmósfera en ocasiones onírica e incluso fantasmagórica, con el sello personal de su director y al gusto de una gran mayoría, pues hasta ese viaje que dura toda la vida, sirve para el reencuentro único y feliz entre un padre y su hijo.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=T-3cGDB_dkI.

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