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Película digna con un Mel Gibson capaz

Por Enrique Fernández Lópiz

En Vacaciones en el infierno, un individuo ladrón y hampón llamado Driver (Mel Gibson), ha robado una importante cantidad de dinero, dos millones de dólares, y es perseguido en coche por la policía norteamericana a lo largo de la frontera mejicana; atrás del auto viaja un pobre tipo muy malherido. En la huida Driver tiene un accidente al lanzar su auto al otro lado de la frontera con México, al saltarse el muro de separación construido artificialmente. Es entonces capturado por la corrupta policía mexicana, que además de quitarle las sacas con el dinero lo envían a una cárcel de mala muerte en Tijuana. En el presidio el protagonista deberá afrontar serios riesgos con gente peligrosa, y se adentrará en el oscuro mundo del denominado “El Pueblito”, un lugar donde habitan personajes singulares y criminales, todo ello dentro de la propia cárcel, con sus organizaciones mafiosas que lo rigen, y siendo el sitio un auténtico supermercado del cutrerío. Es difícil sobrevivir como forastero en El Pueblito, pero Driver se las arregla para buscar la ayuda de un niño de diez años que le irá orientando sobre cómo, cuándo o qué hilos hay que tirar en cada momento para seguir vivo.

Película dirigida con oficio por Adrian Grunberg (que ha trabajó como ayudante de dirección en varias películas de Gibson), en la única película que se le conoce, y un guión en el que participan el propio Grunberg junto a Mel Gibson y Stacy Perskie, un libreto tópico pero bien escrito, de tema sucio y con altibajos en la trama. La música es pasable, de Antonio Pinto, y una fotografía buena de Benoît Debie.

El reparto es sobre todo la figura de Mel Gibson que hace un buen papel, y junto a él un elenco de actores y actrices de reparto donde destacan Kevin Hernández, Daniel Giménez Cacho, Jesús Ochoa, Dolores Heredia, Peter Gerety o Roberto Sosa, Mario Zaragoza o Gerardo Taracena. Es una película mayoritariamente hablada en español, con excelentes intérpretes del cine mexicano.

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Desde luego no se puede negar que a Gibson parecen sobrarle aún fuerzas y habilidad para llevar la iniciativa en un film de fuerza como este. Y da la impresión que acepta bien este papel en el celuloide, papel de individuo duro y sibilino en una obra evidentemente desagradable y despiadada, pues hasta toca temas que cruzan la línea roja de la moral, tal el asunto de los trasplantes de órganos a la carta.

Es una película que creo que tiene su toque de talento y que dibuja muy bien el clima en el que se desarrolla la historia. Está bien rodada, y se nota que su novel director ha puesto empeño y logrado un film atrevido, vital y en el que los personajes resultan creíbles, dentro del ambiente sociópata en que se mueven. Con Gibson encabezando la aventura, y a quien le sobra energía, inteligencia y valor para afrontar el lance. Y es que Mel Gibson, como apunta Boyero, es un actor que además de llenar la pantalla, desprende hombría, magnetismo y sentido del humor. Eso no se le puede negar. Y además, los diálogos revelan ingenio y cinismo de primera clase, funcionando bien las claves del cine de género.

Desde luego, para mi gusto, es un poco-bastante violenta, a veces con una violencia gratuita. A mí no me agradan demasiado este tipo de películas, pues aquí el crimen y el desmán están despojados de sentido, de motivo de reflexión; la película es, como dice Fernando López: … un vertiginoso festival de violencia con venganzas, persecuciones, disparos, matanzas, delincuentes de toda laya y sangre, mucha sangre. Pero ahí está, adrenalina hasta en los dientes de principio a fin, con el “remanso” de la cárcel, que en cierto modo da la impresión de lugar reasegurador ante tanta violencia fuera de ella, lo que no quita que también el llamado Pueblito sea sórdido y peligroso; pero Gibson y su amigo niño, se mueven más o menos bien en él.

Pero si hay algo que quiero subrayar es la idea de que esta película está atravesada por el tinte del olvido; o sea, que la ves, y al poco se te olvida, pues la trama es mera dinamita con un final salvajemente feliz, y a parar de contar. No hay poso, ni fundamento, ni entidad. Es casi meramente un thriller grosero para pasar un ratito, sobre todo para quienes les gusten esos ratitos llenos de bellacos y disparos.

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