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Película de suspense a medias, pero un buen policial con desenlace certero

Por Enrique Fernández Lópiz

Esta película se desarrolla en el año 1962 y se inicia en Grecia. En el Partenón de Atenas, una elegante pareja de estadounidenses visita las famosas ruinas griegas. Él un adinerado turista, Chester MacFarland (Viggo Mortensen), junto a su bonita esposa la bella y joven Colette (Kirsten Dunst). A lo largo de la visita a la Acrópolis conocen a Rydal (Oscar Isaac), un joven igualmente norteamericano que trabaja como guía turístico y habla griego a la perfección. Rydal no pierde comba para sacar cuanto puede a las turistas americanas. Cuando pone su atención en la glamurosa Colette, queda prendado de los encantos de la joven (más joven que su marido), y queda impresionado tanto por ella como por la elegancia y el dinero de Chester. A partir de este punto acepta la invitación a cenar con Chester en una trama cuyo hilo ya no se pierde en ningún momento del film.

Al principio de la película la Acrópolis, dos ricachones americanos, el joven ambicioso y desenvuelto, etc., todo parece indicar un comienzo prometedor para cualquier desarrollo inopinado en el film. Pero para mi sorpresa, la historia se desenvuelve de una forma precipitada hacia un desenlace igualmente precipitado y hacia un final casi predecible, pues los hilos de la trama ya andaban un poco estrábicos casi desde el comienzo. Lástima, pues la peli prometía, pero tras un acontecimiento criminal de parte del protagonista Chester, el camino parece trillado hacia el melodrama romántico tipo intriga que no da demasiado de si, desde mi modesta opinión.

El director Hossein Amini, realiza su ópera prima, con guión propio basado en la novela homónima de Patricia Highsmith (1921-1995). La doble fachada, la doble cara, de hecho, esa cara oculta del ser humano es uno de los temas predilectos de la escritora estadounidense. Cómo tras un rostro cordial y refinado, se pueden encontrar las inclinaciones más oscuras e indeseables; y cómo todos llevamos una especie de bestia dentro, siendo que a algunos no les hace falta que se les presione mucho para sacarla afuera de manera brutal. Así es el personaje de su novela y de esta película Chester MacFarland, un estafador a gran escala que acabará teniendo atroces comportamientos. Y su némesis Rydal, un timante de baja monta que sisa las propinas de las turistas a las que guía por Atenas. Y para que la historia no pierda comba, lo que resulta es que ambos hombres, el maduro Chester, el esposo, y el joven Ryan se enamoran de la encantadora Colette. Y la huida, pues que hay una huida donde se precipitan los acontecimientos. En fin, dos caras del mismo espejo, que aquí se hacen evidentes desde el mismo título de la novela madre y del film: Las dos caras de enero. Una referencia al dios romano Jano, por el que pusieron el nombre al primer mes del año. Una deidad representada siempre con dos caras, una mirando al pasado y otra mirando al futuro (pero esta aclaración nunca se explicita en el film ni por asomo).

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Patricia Highsmith es según mi información, pues confieso no haber leído nada de ella, una escritora de difícil infancia y en general de vida complicada (alcohol, malas relaciones sentimentales, etc.). Entonces, no parece raro que desde jovencita, cuando empezó a escribir sus novelas y cuentos, su obra contara historias pesimistas con una singular crueldad materialista en sus análisis éticos. La temática de su obra gira en torno a la culpa, la mentira y el crimen, y sus personajes, muy bien caracterizados, suelen estar cerca de la psicopatía y se mueven en la frontera misma entre el bien y el mal. Su obra aportó una visión de la realidad depresiva, pesimista y sombría, como también su concepto sobre el ser humano. Quiero hacer esta breve semblanza para que sepamos dónde estamos y para señalar algo que me parece una predicción plausible, esto es que la propia Highsmith habría quedado sorprendida de la belleza formal de luz, la puesta en escena impecable del film, su excelente recreación de los años sesenta, la cuidada dirección de arte y vestuario, la Grecia clásica en todo su esplendor, todo ello muy lejos de la sordidez y la depresividad de la afamada novelista (quien por cierto acabó afincándose en Europa por razones evidentes, pues su obra no era bien digerida en los EE.UU., el país del puritanismo a ultranza; amén de por sus ideas comunistas).

No hay que negar que Amini traduce bien la centralidad de la obra de Highsmith, pues la autora es considerada como una misántropa cargada de odio y opacidad, y que ha retratado a la perfección la deshonestidad y los peligros que se ocultan en la cotidianidad más luminosa y angelical del ser humano. Y en la línea de este apunte, la película nos presenta una Grecia colorista, unos personajes amenos y encantadores, desenvoltura y corrección en el trato entre ellos; en fin, al principio la película hace pensar que cualquier cosa feliz es posible, que el goce de la vida es viable y que nada va a perturbar este idílico encuadre. Pero ocurre lo impensable, al más puro estilo Highsmith, y entonces, una nimiedad, unos detalles ridículos transforman la felicidad en angustia y fuga, un ímpetu desasosegante y con muy mala fortuna. A partir de aquí la luz se hará tiniebla y sin solución de continuidad todo se precipitará en un caos sin coto ni freno, sin salvación posible, todo trastocado y opaco.

No voy a negar profesionalidad al Amini director, pero sí al Amini guionista, pues entre ambos, pero sobre todo conducidos por un guión un poco plano y que ora enlentece ora acelera el paso sin necesidad, se dirige el film por los derroteros de un Thriller lento y excesivamente aplomado, con súbitas variaciones de ritmo. Es decir, que en mi opinión las piezas habrían podido ser mejor encajadas, bien ensambladas, con su “todo”, con una velocidad adecuada, sin aspavientos ni pesadez. Pero lamentablemente estos errores se cometen.

No está mal la música de Alberto Iglesias que regala un score homenaje a Bernard Herrmann (el genial músico que ganó una estatuilla y colaboró sobre todo con Orson Welles y Hitchcock) y a Alfred Hitchcock; fue precisamente Hitchcock el encargado de llevar la primera novela de la escritora: Extraños en un tren de 1951 con un guión adaptado por el escritor Raymond Chandler. Y también es buena la fotografía esplendorosa de los paisajes de Creta, Cnosos y Estambul de Marcel Zyskind.

Para su debut, Amini confía en un trío de actores en estado de gracia actualmente: Mortensen, que está perfecto en su papel de ambiguo ricachón, un papel sobrio e inquietante que Mortensen interpreta sin muchos esfuerzos; Kirsten Dunst parece haber madurado en la pantalla y se agradece verla en papeles diferentes y con matices diversos a los que se adapta tipo camaleón y de manera convincente; y tenemos también a Oscar Isaac, un actor muy promocionado últimamente, convertido en un personaje que desconocíamos, hasta que fue fichado por los Hermanos Coen y le regalaron un papel en A propósito de Llewyn Davis de 2013, donde hizo una gran interpretación; Isaac es un individuo mal encarado y con expresión de amargura, y en la película hace un gran papel como joven marrullero, buscavidas y sujeto poco fiable . Otros actores y actrices redondean el reparto como David Warshorfky, Dasy Bevan, Aleifer Prometheus, Yigit Öszcener, Nikos Mavraquis, Socrates Alafouzos u Ozan Tas. Osea, que la acción actoral es bastante buena en todo sentido.

La película tiene un suspense clásico que empero, no alcanza a los clásicos ni mucho menos. Un suspense sin afectación (el suspense creo que siempre ha de ser algo afectado), en exceso ponderado a la vez que vertiginoso en ocasiones, en el que lo que realmente importa es el desarrollo psicológico de los personajes más que la trama en si. No hay manifestaciones ni subrayados, todo se sugiere. Esto, que podría ser un acierto en el desarrollo de los personajes, es no obstante un déficit en su parte de thriller, parte que nunca llega a florecer en su esplendor potencial.

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