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Película de juicios que despunta por la estúpida tecnología

Por Enrique Fernández Lópiz

En El jurado, una joven viuda cuyo marido ha sido asesinado por un hombre que portaba un arma automática, interpone en Nueva Orleans una demanda que va contra una potente industria armamentística. Responsabiliza a la tal empresa de la muerte de su esposo. Es un juicio en el que están en liza millones de dólares.

El abogado Wendall Rohr (Dustin Hoffman), defenderá los intereses de la viuda. Rohr es un abogado del sur, íntegro, que ha puesto todo su empeño en el caso. En tanto, como cara oculta de la defensa está Rankin Fitch (Gene Hackman), un brillante pero despiadado experto en jurados. Fitch tiene un complejo centro de mando situado en una amplia nave industrial, con todo tipo de aparatos electrónicos y un nutrido equipo de personas. Pues bien, Fitch y su equipo harán lo indecible para confeccionar un jurado a la medida de los intereses de sus clientes. Fitch conocerá todo sobre sus vidas y va a manipular estratégicamente esta información en el proceso de selección. Solo cabe un jurado que vote a favor de los intereses de sus defendidos. Pero pronto se van a dar cuenta de que no son los únicos interesados en ganarse al jurado. Nick Easter, uno de sus integrantes tiene sus propios planes para influir sobre el grupo. Y una misteriosa mujer, de la que sólo se conoce su nombre, Marlee, contacta tanto con Rohr como con Fitch, para decirles que el jurado está dispuesto a venderse al mejor postor y que el veredicto final les va a salir caro. La recta moral y la integridad de Rohr se tambalean y Fitch está tentado de elegir un jurado y comprarlo, sin reparar en las consecuencias dañinas de este plan.

Bien, contada así la cosa, la película habría dado para mucho. Pero resulta que a su mediocre director Gary Fleder, más ducho en el medio televisivo que en el medio cinematográfico, le da por mirarse a sí mismo y con esa actitud entre mentecata y narcisista echa a perder el film, entrando como un elefante en una cacharrería, tanto que incluso olvida su responsabilidad como director, dejando que la cinta transcurra de manera aleatoria e indeseable.

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Los guionistas Brian Koppelman, Matthew Chapman, David Levien y Rick Cleveland, tampoco están acertados con el libreto que adapta la famosa novela del conocido abogado y escritor John Grisham, The Runaway Jury, 1996. Así, el eje que vertebra esta película, o sea su guión, es malo de solemnidad, con unas pifias, lagunas y despropósitos que no dejan mucho margen para una obra en condiciones.

La música de Christopher Young tampoco destaca y resulta de mediana calidad la fotografía de Robert Elswit.

De esta forma sólo quedan los actores. Y vive dios que el reparto es muy bueno, pero claro, cuando el fundamento falla, los actores hacen lo que pueden y apenas logran mantenerse con la cabeza a flote. John Cusak, Gene Hackman, Dustin Hoffman, Rachel Weitz o Jennifer Beals, parecen ir cada uno por su lado y no imponen una labor conjuntada, falta de una buena dirección de actores y del mal guión. Acompañan y hacen lo que pueden igualmente Bruce Davison, Bruce McGill, Jeremy Piven, Joanna Going, Nick Searcy, Stanley Anderson, Cliff Curtis, Leland Orser, Nestro Serrano y Lori Heuring; todos ellos padecen de falta de sincronía y conjunción. Además, “una cámara desazonada y un montaje engañoso empañan el placer de contemplar a los actores” (Bermejo).

La película, adaptación de un novelista que a la vez es abogado, debía haber incidido de manera más inteligente en el papel de los jurados en los juicios, e incluso haber puesto de manifiesto el dicho de: “Trials are too important to be decided by juries”; o sea: “Los juicios son demasiado importantes como para ser decididos por jurados”. Mas lejos de esta tesis, el director está más entretenido con aspectos formales y anecdóticos para impresionar al espectador con “equipos modernísimos mucho menos útiles de lo que parecen, impunidad por doquier mucho más estúpida de lo necesaria, y encuentros fotografiados con la congelación de imagen de rigor, difuminando la verosimilitud de un argumento que, sinceramente, acaba por decepcionar” (Kurt). De esta forma lo que queda es un justito pasatiempo con un plantel de actores y actrices imponente al servicio de una historia impresionable y con poca intriga que, exceptuando Hackman, dan la sensación de que están siendo tan desaprovechados.

La película roza el desastre, de no ser por algunos momentos puntuales que entretienen. Pero poco más, pues “a Fleder le habían regalado unos actores que no se merecía, pero no estaba dispuesto a dejar de imponer su sello en un penoso ombliguismo” (Ocaña).

Yo puedo afirmar y afirmo, que esta película no hay por dónde cogerla. Todo resulta ficticio, lejano, improbable, impostado, irreal. El guión es una cascada de errores e igual la escenografía; tan es así que esto, lo peor del film, cobra protagonismo más que la propia historia. Es lamentable que una película de juicios despunte más por necios detalles de ciencia ficción que por su dirección, guión o calidad actoral. La trama, por cierto, es vacía, se ve venir a la legua y resulta bastante pesada. Y por salvar algo, tal vez sea el retrato demoledor que Grisham hace del poder, lo mejor del film. Pero para este viaje no hacen falta tantas alforjas.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=c80vGyzA0LI.

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