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Película de culto y algunas reflexiones poéticas

Por Enrique Fernández Lópiz

En la película Easy Rider (Buscando mi destino), dos jóvenes melenudos y bohemios de los años sesenta se disponen a hacer un viaje en motos tipo chopper, de Los Ángeles a Nueva Orleáns. En esta genial road movie, en esta experiencia iniciática que hacen los protagonistas en busca del conocimiento de las nuevas formas de vida joven, la intención es simple: descubrir su país, Estados Unidos, haciendo kilómetros, visitando pueblos y ciudades diferentes, y conociendo gente diversa.

Al inicio, en territorio mexicano-fronterizo, en el Bar La Contenta, un mafioso mexicano les entrega “mercancía”, o sea cocaína padrísima (pura vida), y acto seguido ambos acuden a revendérsela en una estruendosa zona de aeropuerto, a un ciudadano de Los Angeles, un tal Connection (Phil Spector) a bordo de un flamante Rolls Royce negro. Tras vender la cocaína, Billy (Dennis Hopper) y Wiatt (Peter Fonda) (alias “Capitán América”) adquieren unas espectaculares Choppers (HD Hydraglides hechas artesanalmente para la ocasión) y se convierten en dos jinetes modernos. Asisten a la fiesta del Mardî Gras, para reanudar pronto el viaje en el que se van encontrando con personajes estrafalarios: un ranchero y su familia, un autoestopista de una comuna hippie, “Stranger” (Luke Askew); en la comuna convive un itinerante grupo de teatro (“Gorilla Theatre”) y allí descubrirán el término “easy rider” al comprobar cómo las mujeres comparten ratos de placer a cambio de mercancía lisérgica (LSD), de manera emancipada y totalmente libre. Cuando continúan viaje son arrestados en un pueblecito por desfilar en un carnaval del camino sin autorización. Su compañero de celda, un abogado alcohólico, George Hanson (Jack Nicholson), por influencias paternas les hace el gran favor de sacarles de la cárcel sin que los pelen al cero, para luego unirse a ellos. Los tres juntos, ya en Lousiana sufrirán la continua afrenta de los lugareños, temerosos según Hanson de lo que representan por sus vitolas: la libertad. Hanson será asesinado a machetazos durante una acampada nocturna por aquellos lares. Tras otras aventuras, rumbo a Florida ambos son atacados por dos hombres brutales, fanáticos y propiamente analfabetos del lugar, lo que podemos llamar frikis rednecks, con consecuencias dramáticas que ahora no desvelo, para quien quiera ver la peli.

Parece que recordara cuándo vi esta película en el cine, hace añares. Y cuando uno de los motoristas hippies le pregunta al otro: “¿A ti quién te gustaría ser?”; y el otro responde: “El cerdo Porky”. Y a mí todo ese rollo de hippies marihuaneros y de tripis, melenas largas, a su bola, rebeldes pero no violentos, pasando mucho y todo eso, me parecía genial. Y no digamos el fantástico viaje a bordo de aquellas dos Choppers (“vestida” entera de la bandera norteamericana una, y de color rojigualda la otra), a través del suroeste de los EEUU, hacia aquel martes de carnaval del famoso “Mardi Gras” en Nueva Orleans.

Y ahora, tras verla de nuevo transcurrido el tiempo opino así. Creo que a pesar de las fisuras que ahora le he visto, sigue siendo una película ya convertida en icono del cine underground, cine alternativo, paralelo y contrario o ajeno a la cultura oficial. Es ya una cinta emblemática. Un viaje a ninguna parte, y la crónica de varias muertes anunciadas, cuando corrían los años sesenta, cuando en la América profunda los hippies, los melenudos o quienes consumían marihuana, eran considerados indeseables e incluso peligrosos. Tal vez, como dice uno de los protagonistas, porque no pueden tolerar la libertad de la que ellos gozan.

Si la dirección de Dennis Hopper en su ópera prima fue un puntal, no menos se puede decir del propio Hopper como protagonista, junto a Peter Fonda y Jack Nicholson, que obtuvo por esa película el Oscar al mejor actor de reparto. La banda sonora con música de Steppenwolf, Mars Bonfire, Jimi Hendrix, The Byrds, The Band, Dylan, Roger McGuinn (solo) y otros tipos subversivos (destacables las canciones Born to be Wild, If You Want to be a Bird, If Six Was Nine y Ballad of Easy Rider), música propiamente de la época que resulta gloriosa a estas alturas de la vida, sobre todo para quienes vivimos aquellos años en juventud.

Guión a medio camino del lirismo y el discurso elemental de Terry Southern, Peter Fonda y Dennis Hopper más o menos improvisado pero que a mí me gusta, y una excelente fotografía de Laszlo Kovacs en color, que hace largas tomas panorámicas, que ponen en evidencia el gusto de Hopper y Fonda por el paisaje de su país; la preferencia por los espacios abiertos acusa influencias de la “nouvelle vague” francesa.

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Esta obra, en su conjunto, habla de una época que ya se fue, el tiempo de una generación libre, individuos que iban a su aire, con alguna droga encima, con sus motos de lento galope, una generación en cierto modo desconcertada, nihilista, mordaz, llena de vida también; pero este estilo de vida contrastaba con el salvajismo de una América rural y profunda, atemorizada con estos cambios provenientes de la contracultura que los nativos de las pequeñas localidades, gente ruda e inculta, consideraban un peligro. Aquella gente, aún anclada al siglo XIX poco menos, violenta e intransigente, era el contrapunto a una forma de vida emergente. En ese choque de mentalidades, la película se desliza hacia un final dramático.

Entre nominaciones y premios en 1969 tiene: 2 nominaciones al Oscar: Mejor actor de reparto (Nicholson), guión. Globos de Oro: Nominada Mejor actor de reparto (Jack Nicholson). Festival de Cannes: Mejor ópera prima. Círculo de críticos de Nueva York: Mejor actor de reparto (Nicholson) ¡Un curriculum nada pero que nada despreciable!

Yo recuerdo muy gratamente esta película, que visioné de nuevo en TV hace poco. Y la recomiendo, creo que es reflejo de toda una época que sobre todo en los EE.UU. y en el mundo anglosajón tuvo su esplendor, pero también sus importantes sombras.

Para mí esta película y sus protagonistas, son un fiel reflejo del sentir de los versos del poema de Manuel Machado Adelfos cuando escribe: Que las olas me traigan y las olas me lleven/ y que jamás me obliguen el camino a elegir.

Y dado que es una peli de juventud, y dado que me gusta la poesía, querría hacer tres reflexiones líricas, además de la anterior. La primera ya la he mencionado en otra película comentada con anterioridad en estas páginas, Esplendor en la hierba, 1961, de Elia Kazan donde se menciona al poeta William Wordsworth quien pretendía convencerse a sí mismo y a sus conmovidos lectores, de que siempre quedaría la belleza en el recuerdo aunque ya no volviera la hora del esplendor en la hierba ni la gloria en las flores (Aunque ya nada pueda devolver /la hora del esplendor en la hierba de la gloria en las flores,/ no hay que afligirse./ Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo).

La segunda reflexión a que me lleva esta peli se conecta con el director de cine francés y precursor de la “nouvelle vague” –que antes mencionaba-, Jean-Pierre Melville, que en una película sombría y profunda como es su épico film El ejército de las sombras, 1969, encabezó los créditos con esta tremenda paradoja en clave poética: Amargos recuerdos, regresad, vosotros sois mi juventud. Y por último y en tercer lugar, en tono jocoso y desvergonzado amén de nihilista, recuerdo que cuando a Groucho Marx le preguntaron sobre su juventud, respondió: Pueden quedarse con ella.

Todas estas reflexiones guardan su punto de verdad y de asiento en uno mismo: por un lado la memoria del pasado, por otro el recuerdo de lo amargo y en tercer lugar, ese no querer ni imaginar tener que pasar de nuevo por esa alocada e incluso estúpida época que en tantos aspectos fue la juventud.

Viene esto a colación porque me ha llamado la atención que un crítico de cine a quien sigo y que a veces me hace incluso gracia tras la hiel que destila, Carlos Boyero, haya dicho de esta película que comento aquí lo siguiente. Revisé la mitificada ´Easy rider´. Es mediocre, y a ratos grotesca. Lo único admirable en ella es la interpretación de Jack Nicholson y la excelente banda sonora. El resto es un tripi chungo.

Para mí, esta película fue un alegato de la libertad y la tolerancia, y una denuncia de los falsos valores en que se asentaba la sociedad norteamericana de los sesenta. Una sociedad agitada por la recesión económica, el racismo rampante (no hace mucho vi la peli Selma sobre este asunto), las tensiones internacionales –sobre todo la Guerra de Vietnam e incluso la Guerra Fría: misiles de Cuba, etc.- y la represión ante las actitudes libres de los jóvenes. De manera que lo que dice Boyero puede ser, o mejor, seguro que es así técnicamente, yo también constato tras los años, que el film ha envejecido regular, que tiene sus fisuras. Pero qué queréis que os diga, a mí me gusta y lo respeto desde lo profundo de mi corazón juvenil de aquellos años ya pasados y que no volverán. Amén.

Acabo estos comentarios, con más poesía, la de un Nobel de nuestras letras, el máximo exponente del Modernismo, el gran poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916). Espero que os guste y que lo conectéis con este film que para muchos es una film de la juventud… perdida.

Canción de otoño en primavera (A Gregorio Martínez Sierra)

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…

Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.

Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé…

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…

Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía…

En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé…
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe…

Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…

Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.

Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también…

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer.

¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín…

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…

¡Mas es mía el Alba de oro!

Rubén Darío

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