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Película de buenas interpretaciones

Por Enrique Fernández Lópiz

David Dobkin es un director conocido hasta ahora por comedias de enredo del tipo De boda en boda (2005). En El juez, esta especie de film judicial y romance, realiza un buen trabajo, con una narración que, como apunta Battle: “apuesta por un bienvenido clasicismo old-fashioned”, como pasado de moda, vaya, pero en bien. La película tiene un guión de Bill Dubuque, Nick Schenk y David Seidler razonablemente bueno, tal vez en exceso esquemático, que tiene empero interesantes y sugerentes subtextos. Una preciosa música de Thomas Newman, que aunque se copia a sí mismo, a mí me gusta. Y una gran fotografía nítida y luminosa con vertiginosos movimientos de cámara de Janusz Kaminski.

Excelente reparto presidido por Robert Dowley Jr. que interpreta con solvencia el papel de hermano y abogado de prestigio en Nueva York, un actor que ha crecido en edad y saber actoral, y que al igual que su padre en la película Robert Duvall, realizan papeles muy buenos e incluso de excelencia que probablemente den que hablar en los próximos Premios Oscar. Ver a Downey Jr. y a Duvall trabajar juntos resulta muy placentero, quizá el interés principal del film como luego explicaré. Ninguno trata de superar al otro, sus actuaciones sacan lo mejor de ambos. Además, no creo equivocarme si digo que un mérito del director Dobkin ha sido conseguir quitarle a Downey Jr. la armadura de Iron man y dotarlo de humanidad y sensibilidad. Vera Farmiga está esplendorosa y convincente. Billy Bob Thornton hace una gran un rol de fiscal honesto, astuto y frío, a la vez que justo y humano, que batalla con el rico y elegante abogado defensor hijo del juez; un gran trabajo, preciso, y es que Thornton añade un importante vértice de tensión al film, pero sin caer en la tentación del exceso actoral. Vicent D´Onofrio, extraordinario en el hermano mayor fracasado y truncado en su carrera deportiva por un accidente provocado por su hermano. Jeremy Strong, magnífico como hermano retrasado que, empero, es la conciencia de la familia. Dax Shepard, abogado de segunda, muy bien. Y junto a ellos un generoso equipo de reparto con Leigthon Meester (bella y sensual); David Krumholtz, Blathazar Getty, Sarah Lancaster, Ken Howard, Grace Zabriskie y Denis O´Hare. Nadie podrá decir que el reparto no es brillante. Creo que los actores sacan momentos de verdad que resuenan con emoción, en estado puro, incluso en las circunstancias que parecen más artificiales.

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Realmente esta película, al igual que uno de esos huracanes (como el sale en el film) en la zona de Indianápolis, es como una ráfaga fuerte de viento por su fascinación, su historia familiar omnipresente, y la circunstancia de que no se pueda definir estricto sensu como un thriller judicial, puesto que se intercalan aspectos y envolturas de diverso plumaje donde cabe la familia, el pueblo del que son oriundos los personajes, el poderoso mundo afectivo que rige las relaciones paterno-fliales y las relaciones entre hermanos, la propia historia de sus personajes en el reducido entorno de una pequeña ciudad de la américa del norte más tradicional y en cierto modo profunda. En fin, todo eso bien batido y mezclado, es esta película, que en ocasiones sirve también para hacer apología de los valores americanos, lo que incluye, claro está, a la justicia estadounidense y el sistema del jurado popular, argumentos con los que yo particularmente no estoy de acuerdo. O sea, que yo prefiero un juez que no un jurado, más aún si nos damos cuenta de las triquiñuelas y argucias a la hora de elegir a los miembros de estos jurados.

En resumen, la historia es así. Un importante abogado, Hank Palmer (Robert Downey Jr.), retorna a su ciudad, con motivo de la muerte de su madre. Una vez en su casa se entera de que su padre (Robert Duvall), con quien mantiene una relación fría y distante desde hace años, y que a la vez es el juez del pueblo, es sospechoso de haber atropellado a un hombre que circulaba en bicicleta por la carretera, justo el mismo día en que ha enviudado: un presunto crimen. Es en este punto que su hijo abogado decide hacerse cargo de la defensa de su padre, lo cual que debe permanecer más tiempo del previsto en su localidad natal. Esta circunstancia le lleva a ir restableciendo con los suyos, padre y hermanos, una relación prácticamente inexistente por su prolongada ausencia. Además, podrá igualmente retomar otras relaciones y amistades dentro de su ciudad.

La vuelta a casa por la carretera en coche del abogado de pro es digna de verse. David Dobkin ofrece toda una lección de estilo como director de cine colocando su objetivo en la ventanilla del automóvil, y en un movimiento de cámara imposible, sin duda un travelling realizado con embelecos digitales, va subiendo hasta el cielo con gran rapidez para retratar los extensos campos de maíz a ambos lados de la ruta. Las altas matas del cereal, verdes y flexibles, se mueven al compás del viento. Para mí un adelanto bello, de lo que luego habrá de venir, que no será tan bonito.

Las películas de juicios conforman un género entre mis favoritos. Y cuando aparece una como esta, no la dejo pasar ni de broma. Entonces me doy cuenta de lo fácilmente y lo rápido que te engancha toda la ceremonia legal propia de los juicios en los EE.UU., y cómo uno se deja llevar queriéndose anticipar a los acontecimientos que se suceden en el transcurso del mismo. Como señala Weinrichter: «El juez es un ejemplo canónico de ese tipo de película que casi se puede tararear, como una canción que se sabe de memoria, o como un blues (digamos) que se oye por primera vez pero del que sabemos siempre por dónde va a tirar: en este caso, sabemos que habrá testimonios imprevistos, revelaciones asombrosas, parrafadas brillantes, un fiscal odioso que manipula a quienes sube al estrado, etc. etc. La novedad reside en que aquí el protagonista debe defender a su padre, con el que hace años que no se habla.»

Tampoco hay que olvidar el tema de la vejez en este film. De una parte la madre, ya algo mayor, ha fallecido súbitamente, lo que toca el tema de las pérdidas para el esposo que enviuda y para los hijos. Luego está el afrontamiento de la inminente finitud de parte del pater familia que padece una enfermedad terminal celosamente guardada. La preocupación del honorable juez de dejar en buen lugar su reputación cuando muera y que la bandera luzca a media asta ese día. Y en una conversación con su hijo, éste le pregunta si cree en Dios, a lo que el anciano responde poco menos que qué remedio le queda. Y por supuesto, emotiva es la reconciliación a escasos momentos de la muerte, del juez con su hijo, el abogado, mientras pescan en un bote.

Transcurrido el tiempo prudencial tras haber asistido a la proyección, creo poder valorar diciendo que a esta película le falta un hervor. Es decir, no aporta grandes cosas a este tipo de obras entre judiciales, familiares y románticas. El argumento, aunque bien narrado, no tiene el atractivo que habría sido deseable. Además, deja flecos sin resolver. Pero eso sí, al manejarse con estructuras fílmicas convencionales, provoca que la gravitación del film se desplace al terreno de las interpretaciones, sobre todo las masculinas, de las que ya he hablado y que son de todo punto excelentes. Y esta cualidad, va in crescendo conforme avanza el argumento, es decir, que ya en la última parte de la película, el duelo Robert Dowley Jr. y Robert Duvall, prácticamente se ha merendado al director David Dobkin.

En resolución, una obra muy recomendable para los amantes de la interpretación. Y el resto, pues también resulta entretenido, incluyendo toques de amor y de humor bien elaborados. Yo la recomiendo sin dudar, pues además no hay mucho donde elegir en esta época del año. Al menos yo ya he visto el resto de estrenos que merecían la pena, y los he comentado en OjoCrítico.com.

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