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Película de amor trufada de arte

Por Enrique Fernández Lópiz

Estamos ante un film rodado en 1941 en la España de postguerra, un cine casi recién salido de las películas mudas, con escaso presupuesto y muy pocas expectativas de proyección fuera de nuestro país. En ese entonces, prácticamente sólo brillaba con luz propia y a gran distancia Luis Buñuel en su exilio mejicano. Por lo tanto, no hay que esperar demasiado de este film de Eusebio Fernández Ardavín, aunque la verdad, tiene sus valores innegables. Yo siempre entendí que aun tras las películas más mediocres, hay elementos aprovechables y una lección que aprender. De esta yo destacaría esa idea feliz de Fernández Ardavin (1898-1965) por poner en valor nuestro arte pictórico en general, pero también la monumentalidad de España como país cargado de un importante patrimonio cultural. Luego está el amor, claro, pero esa es otra historia.

Pues bien, en esta curiosa película Tierra y cielo, un hombre de alta alcurnia es juzgado y hecho preso en París como autor del crimen de un militar de alto rango, el General Michardin, crimen que no ha cometido. Juan Ernesto Sorin, alias Antonio Gutiérrez (Armando Calvo), es un vividor que una vez en prisión sólo le aguarda la pena capital en la guillotina, por no desvelar su relación amatoria con la esposa del tal General, lo cual le habría servido de coartada (“el caballero español”). Pero una misteriosa mano, sin duda la de su amante, le ayuda a escapar de la cárcel y acaba refugiándose en España, donde se pone a trabajar como un simple empleado para no levantar sospechas y pasar desapercibido.

En otro escenario, una bonita muchacha rica, cansada de vivir en la casa paterna, se marcha a una pensión y decide vivir como una persona normal trabajando como pintora. Clara Laurel (Maruchi Fresno) acude diariamente al Museo del Prado para copiar una Inmaculada de Murillo. Pretende así ganarse la vida con independencia de la fortuna de un padre viudo a punto de contraer nuevas nupcias.

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Estos dos personajes se encuentran y acaban enamorándose perdidamente, aunque guardando cada uno sus respectivos secretos. En un viaje a Sevilla la cosa cambia. Así, ambos, enamorados bajo una falsa identidad en la que ninguno sabe quién es el otro, viajan a la capital andaluza en busca del espíritu del arte, la belleza y el romance (con límites, claro). Las estampas de la Plaza de España y el barrio de Santa Cruz en Sevilla se suceden a modo de cuasi documental. Todo va bien hasta que un hombre que reconoce en Antonio al asesino buscado en París se cruza con la pareja. Antonio, al saber que le persiguen, escapa dejando sola y muy apenada a la muchacha. La joven pintora vuelve entonces a su ambiente y a su vida de persona rica. Pero hete aquí que en una fiesta de alto copete, vuelven a encontrarse ambos amantes y reanudan su relación. Pero como se ha resuelto el asunto del crimen quedando Antonio exculpado, el encuentro se produce de un modo diferente. Él ya puede decir quién es, pues se ha demostrado su inocencia y ha sido rehabilitado, y ella se identifica como quien es, una señorita de buena familia y pudiente.

El director Eusebio Fernández Ardavín hace en este film una obra romántica trufada de elementos artísticos y de cultura en el amplio sentido, lo cual que para la época debió ser muy novedoso. No sólo muestra nuestro patrimonio artístico nacional paseándonos por esa belleza que es Sevilla, sino que nos introduce de pleno en el gran Museo del Prado mostrándonos obras de autores universalmente reconocidos como el gran Diego Velázquez, el insigne Bartolomé Esteban Murillo, el místico Francisco de Zurbarán y sus frailes o la obra del sin par Francisco de Goya y Lucientes. Sólo eso ya le concede una excelente nota al film, desde mi parecer. Hay que pensar que estamos en 1941, en plena y misérrima postguerra, cuando era muy poca la gente que viajaba y si lo hacía no era para ir al Prado o hacer turismo precisamente, época de incultura y analfabetismo. Y hay que tener en cuenta que la película muestra lo más granado de los pintores sin par que España de forma particular a dado al mundo, sin eludir siquiera los fusilamientos de Goya, obra delicada en esos tiempos. Decía el ilustre antropólogo y psicoanalista Dr. Don Luis Cencillo Ramírez, que así como los países del centro de Europa son más dotados para la Filosofía o la Música, España y en general la cuenca mediterránea tienen una mayor dotación para la pintura y las artes plásticas. Pues bien, este film nos recuerda esta realidad, pues no sé si otra unidad biocultural como España ha dado al mundo un elenco de pintores de tanto fuste como el nuestro, incluyendo la época actual (Juan Gris, Joan Miró, Pablo Picasso, Salvador Dalí, etc.).

El guión del mismo Eusebio Fernández Ardavín está basado en una historia de los celebérrimos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, ante los que sólo cabe quitarse el sombrero, aunque no sea políticamente correcto decirlo en los tiempos que corren. El libreto tiene sus dulzonadas, cierto acartonamiento y sus toques de papel cuché. Incluso el lenguaje puede resultar empalagoso para algunas almas punzantes. Pero estamos saliendo de la década de los treinta y algunos diálogos incluso yo diría que son atractivos en ocasiones, con frases de interesantes como cuando al final ella le dice a él, ante el cuadro del Cristo de Velázquez: “Así hemos de vivir, con los pies en la tierra humilde y en el cielo la frente”.

La música de Francisco Alonso resulta bien para la temática y una fotografía en blanco y negro un tanto oscura pero aceptable para la época de Henri Barreyre.

Las interpretaciones, a pesar de que yo las veo con la perspectiva de los años y no me disgustan, he de admitir que son envaradas por parte de Armando Calvo y Maruchi Fresno y con ciertos excesos de dramatismo, aunque elogio la cara bonita y la sonrisa franca de la Fresno. Acompañan en un nivel teatral al gusto de la época Eloisa Muro (bien como madrastra de Clara), Fernando Fresno (cumple sobrado como el Sr. Balbuena), Rafael Bardem (correcto como Sabino), Amparo Saus (como marquesa de Casa Alta), Luisa Puchol, Mariano Ozores (helo aquí), Luis Llaneza, Ignacio Mateo, Consuelo de Nieva y Margarita Alexandre.

Los coloquios pueden parecer entre patrióticos, religiosos y literarios. Para mí, el punto más interesante de la película se encuentra en una escena onírica en la que los personajes de los cuadros del Museo del Prado cobran vida para aconsejar a Clara el camino que debe tomar. Interesante recurso que en su momento llamaría poderosamente la atención.

En fin, película romántica, con su dosis de intriga, el mensaje de que la justicia acaba imperando, pero sobre todo una arte, pintura, monumentos, cultura para el espectador; y una apología en defensa del amor.

Puedes ver la película entera aquí.

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